
La ciudad de las noches blancas
Construida por Pedro el Grande a orillas del mar Báltico, San Petersburgo fue soñada hace tres siglos para atraer la atención de todas las capitales de Europa. Hoy sigue siendo el escenario perfecto de lo que fue el esplendor de la antigua Rusia
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SAN PETERSBURGO.– Como una matrioshka prodigiosa y deslumbrante, esta ciudad, a medida que revela sus infinitos tesoros, transforma el ejercicio de la contemplación en un acto hipnótico.
Los magníficos palacios y mansiones levantados junto a los canales, en cuyas aguas se reflejan las fachadas de pigmento color granate, verde o lapislázuli, las cúpulas de las iglesias en forma de cebolla y recubiertas con láminas de oro, la sensación casi corpórea de que todo aquí flota un poco distraídamente sobre las aguas del río Neva y la intensa luminosidad de los días de verano, en los cuales el sol permanece 19 horas por encima del horizonte, le recuerdan a uno que ha ingresado en un mundo que seduce y confunde los sentidos. La atmósfera, por supuesto, es de cuento de hadas. Pero está impregnada por un pasado que acumula enormes conquistas, belleza, gloria, ingenio, brutalidad y tragedia.
El director Alexander Sokurov retrató con delicada maestría este universo en su película El arca rusa. Con una única toma de noventa minutos, una feliz extravagancia en la historia del cine, guía al espectador a través de treinta de las trescientas salas del antiguo Palacio de Invierno –actual sede del Museo del Ermitage– y lo confronta con la intimidad de la pompa imperial, el rumor festivo de las recepciones, dos oficiales de caballería reflejados en un espejo mientras narran cierta carga heroica contra el enemigo y, de pronto, la voz crispada que precede al disparo y al asesinato.
San Petersburgo es como la muestra Sokurov: un itinerario entre la certeza del mármol y la alucinación. Pasado y presente dialogan todavía con intensidad, sin eludir el deslumbramiento mutuo, la incomprensión, el reproche.
La Venecia del Norte
La ciudad que ordenó construir Pedro el Grande en 1703, sobre la costa y un puñado de islas ubicadas en el margen oriental del golfo de Finlandia, es decir, en la última frontera de Europa, es el escenario perfecto de lo que fue y sigue siendo el esplendor de la antigua Rusia.
Moderna, cosmopolita, armoniosa, la nueva capital fue levantada respetando un plan maestro que combinaba las ideas más avanzadas en el campo de la ingeniería y el diseño. La exigencia de construirla en piedra, no en madera, como Moscú, le permitió al zar, según sus palabras, "pisar con pie firme la costa del mar", un deseo al parecer vinculado con su gran pasión por los barcos. Estaba dispuesto a competir a cualquier costo con sus amadas Venecia y Amsterdam. Pero el destino superior de San Petersburgo fue –otra vez son sus palabras– "atraer la mirada de todas las grandes capitales europeas".
El poder de convicción de las arcas zaristas, sumado al privilegio excepcional de colaborar en una empresa única, como fue construir la sede de un imperio sobre la nada, léase, un vasto pantano cubierto buena parte del año por una profunda capa de hielo, resultaron una combinación irresistible para legiones de urbanistas, escultores, paisajistas, artesanos y pintores, muchos de ellos, los más prestigiosos del siglo XVIII.
El complejo del Ermitage (en ruso significa "lugar de descanso") es un lugar ineludible cuando se hace un rápido inventario de los atractivos de San Petersburgo.
Reúne tres millones de obras de arte, más que ningún otro museo en el mundo; acumula las mayores colecciones de pintura española y holandesa que existen fuera de esos países, y jamás, ni siquiera en sus años difíciles, resignó el orgullo de mostrarse como el eterno desafiante del Louvre. A fin de cuentas, tiene en exhibición permanente no sólo cuarenta Picasso, sino también otros tantos Gauguin, Matisse, Cézanne y Pissarro, por citar sólo la escuela impresionista.
A modo de homenaje, sus catálogos recuerdan el día preciso en que la emperatriz Catalina II ordenó a sus diplomáticos que no regresaran de Berlín sin uno de los lotes más extraordinarios jamás reunidos en la historia de la pintura. Incluía 225 telas, entre otras, La Virgen con el niño, de Leonardo Da Vinci; La vuelta del hijo pródigo, de Rembrandt, y varias obras de El Greco, Murillo, Ribera, Zurbarán, Velázquez y Goya. El monto de la operación, como era de rigor en esa época de despotismo ilustrado, se esfumó hasta el olvido en la descomunal burocracia zarista.
A escasos dos kilómetros del edificio principal del museo, en la orilla opuesta del río, los turistas, alertados por los guías, fotografían entusiasmados un barco de aspecto vetusto, pintado de gris, sobre cuya cubierta asoman tres enormes chimeneas y media docena de cañones. Es el Aurora, el crucero desde cuya cubierta se hizo el disparo que marcó el inicio de la revolución bolchevique de octubre de 1917. No existe símbolo más apropiado para recordarles a las nuevas generaciones lo caprichoso y brutal que ha sido el péndulo de la historia en San Petersburgo.
El espíritu de los Romanov
Lidia, la guía del grupo, avanza hacia el centro de la explanada que rodea la catedral de San Pedro y San Pablo con el brazo en alto y agitando un paraguas y un banderín rojo. Por momentos, parece una estatua de la Libertad a escala humana. Lucha contra las ráfagas de viento y se esfuerza para que el grupo no se disperse en medio de la multitud, que quiere ingresar como sea en la catedral donde están las tumbas de los zares rusos. Nicolás II, el último de los Romanov que gobernó Rusia, fue sepultado allí en 1991, después de que sus restos; los de su esposa, la zarina Alejandra, y los de sus hijos fueran identificados en una tumba común oculta en un bosque de las cercanías de Ekaterimburgo más de medio siglo después de haber sido asesinados.
Hace varias temporadas que Lidia recorre San Petersburgo acompañando a extranjeros, pero reconoce que aún tiene mucho que aprender de la metrópolis que más rápido crece en Rusia, la segunda en importancia, con unos ocho millones de habitantes.
Sin embargo, según ella, el mayor desafío es la multiplicación de los lugares de interés. "Todos los años se inauguran salas o ampliaciones en los museos, se restauran palacios y residencias, se abren al público nuevas galerías de arte y se hacen enormes inversiones para que San Petersburgo resulte más atractiva a públicos diferentes", explica.
"Mi impresión –dice– es que tanto nosotros, los rusos, como los extranjeros olvidamos con facilidad que esta capital fue construida por los zares para los tiempos de los zares." Sugiere, como quien pide lo imposible, que debería ser recorrida y admirada con espíritu de viajero, no de turista.
Si uno le pide que enumere los paseos irrenunciables, los que no deben faltar en la agenda de quien llega por primera vez, Lidia los recita de memoria, pero no en un orden previsible. La isla Vassilievsky, en donde están situadas la catedral de San Pedro y San Pablo y el edificio del Almirantazgo; el imponente Palacio de Catalina, en las afueras de la ciudad; el museo del Ermitage; Petergoff, el impresionante complejo de palacios de verano, parques y juegos acuáticos, también conocido como el Versalles ruso; la catedral de San Isaac, la más grande de las iglesias y desde cuya columnata se tiene una vista panorámica de la ciudad; la avenida Nevsky, la mayor y más elegante desde la época de los zares; el Jardín de Verano, con su rica colección de estatuas italianas y francesas; el célebre Teatro Mariinsky (Kirov); el "barrio de Dostoievski"; la iglesia de la Sangre Derramada, la más visitada y donde mejor se aprecia el "estilo tradicional ruso", tanto en arquitectura como en pintura; el nostálgico malecón del río Neva y el Palacio Yúsupov, que perteneció a una de las familias más poderosas del imperio y en uno de cuyos sótanos se puso en marcha el torpe asesinato de Rasputín.
La lista siempre estará incompleta. Por ejemplo, sin la imagen de los enamorados que invocan la buena suerte besándose en el momento exacto en que se elevan los enormes puentes de acero a la medianoche, sin la excitación que se apodera de los turistas cuando el barco en el que recorren los canales se desliza en la penumbra de los túneles que cruzan debajo de los palacios, sin el torbellino de aromas exóticos que asalta al extranjero cuando se aventura por los pasillos de Kuznechny, el más antiguo mercado de alimentos de la ciudad.
La sombra de Leningrado
San Petersburgo, la ciudad más europea del imperio, fue, desde los orígenes, su capital literaria y artística. Nabokov, Tolstoi, Gogol y Dostoievski, entre otros, escribieron intensamente sobre ella, aunque su hijo pródigo será siempre Alexander Pushkin, un poeta popular que fue consecuente hasta el final en su romanticismo: perdió la vida cuando, desoyendo las súplicas de sus amigos, insistió en retar a duelo a un militar francés, eximio esgrimista, para defender el honor de su esposa. A su manera, Tchaikovsky y Rimsky-Korsakov también convencieron a sus compatriotas de que en ningún otro lugar latía con más fuerza que aquí el corazón de Rusia.
Pero los sentidos necesitan de la memoria para entender la magnífica ironía que representa la supervivencia de San Petersburgo.
La capital construida para exaltar el poder, la armonía y el refinamiento de una clase social fue aborrecida por la Revolución y exhibida en una época como el máximo exponente del egoísmo, la decadencia política y el desprecio de los zares por el pueblo.
En diciembre de 1940, cuando Hitler invadió la Unión Soviética, ordenó que medio millón de sus hombres conquistaran y saquearan Leningrado (así se llamaba por entonces), pero la ciudad resistió a un costo inimaginable. Antes de que llegaran los alemanes, el Ejército Rojo puso en marcha uno de los mayores operativos jamás montado para salvar obras de arte. Millones de obras fueron embaladas y enviadas en tren a Siberia, a miles de kilómetros del frente. Miles de estatuas y monumentos fueron bajados de sus pedestales y enterrados en los bosques y en trincheras cavadas al pie de las montañas. La ciudad fue bombardeada por aire y desde tierra durante novecientos días. Entre 800.000 y 1.500.000 civiles murieron, la mayoría de hambre. Durante el bloqueo, el único camino que comunicaba la ciudad con el resto del país era una vía férrea tendida a través del hielo que cubría el lago Ladoga, bautizada "la carretera de la vida".
Los nazis nunca consiguieron izar la esvástica en el Ermitage o en la catedral de San Isaac, pero saquearon los palacios y las residencias de los alrededores. También utilizaron selectivamente la artillería para demoler las cúpulas y los edificios más conocidos con la esperanza de desmoralizar a sus defensores.
Fueron las autoridades comunistas, empezando por Stalin, quienes pusieron en marcha la "patriótica reconstrucción de San Petersburgo", que se prolongó durante décadas y ocupó a legiones de restauradores, arquitectos, carpinteros y artesanos.
Sí, también fue algo digno de Pedro El Grande.
Datos Para turistas
Es la segunda ciudad rusa, después de Moscú. Tiene acceso al mar Bálticopor la desembocadura del río Neva. Se ubica a 650 kilómetros de la capital de Rusia, desde la que se puede llegar en tren (entre 5 y 8 horas de viaje). También hay trenes desde Helsinki, Finlandia, distante 420 kilómetros. El subterráneo en San Petersburgo es el más profundo del mundo, pues pasa por debajo del río Neva, y en sus 100 kilómetros de recorrido atraviesa estaciones creadas en los años 50. Para viajar desde la Argentina, hay vuelos semanales de Lufthansa que llegan a San Petersburgo vía Francfort.





