
La comedia del estilo: reencarnaciones de la moda con variaciones, atractivos y también con farsas
Fue Hegel, señala Karl Marx en un texto célebre, quien escribió que “todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces”, y de inmediato el revolucionario socialista completa la afirmación con aquella frase suya tan abusada: “una vez como tragedia y la otra como farsa”. Que ninguno de los dos grandes pensadores alemanes tuviera in mente a la moda en estas importantes elucubraciones, no nos impide a nosotros hacerlo –y sin tener que dejarnos crecer la barba para ello.
Desde hace unos cuantos decenios, en la burbuja de la moda, irisada y oronda, situaciones y figurones, y ni qué decir vestidos y peinados y maquillajes y ornamentos, vienen reiterándose o siendo reiterados de manera alarmante no ya dos sino docenas de veces. La diferencia con el planteo del autor del 18 Brumario reside en que en la moda la primera vez tuvo el tono de comedia mundana, ligera, graciosa, encantadora, deslumbrante, o antipáticamente elitista, según las convicciones de cada cual, mientras que las reencarnaciones se están volviendo cada vez más variadas y más atractivas, aunque de la farsa, como se verá, no escapamos.
Hay un arquetipo en particular, el de la mujer de estilo que, tras haber representado al punto máximo los atributos que la moda acostumbró situar en la cúspide de su jerarquía, a saber la riqueza como credo y la elegancia como disciplina, hoy se ve desplazada por una serie de alternativas, no tan implacablemente impecables como supo serlo, pero sí estimulantes y divertidas.
Aunque no siempre. Hay una versión descaradamente comercial de la mujer de estilo que sintetiza lo menos imaginativo de nuestro tiempo. Son las chicas autotransformadas en marcas cuyo único producto son ellas mismas y su actividad central, el registro permanente actualizado de sus numerosos cambios de ropa. Sostenidas por la prensa del rubro, se las conoce como It Girls hasta sus veintialgo de años; tras lo cual, si no se las traga alguna alfombra roja, se consagran como fashion icons, escalafón superior de la burocracia fashionista. Pero hay también ráfagas de inventiva que nos mantienen frescos. Pienso en Michelle Obama, que negoció un rol imposible con ese chic especial que poseen las mujeres inteligentes. Pienso en una rockera como Róisin Murphy, tan innovadora, vital y autónoma en materia de estilo como en su música de grandes alturas. Pienso en esas chicas y esos chicos que salen a mostrarse, soberbios de imaginación, por las calles de Tokio y me digo que hoy, mujer u hombre, joven o adulto, para marcar estilo sólo hace falta sentirse libre.
Persisten las reglas de juego del esnobismo que ordenaron la moda durante decenios, pero andan vapuleadas por el ánimo ásperamente igualitario que domina en el nuevo escenario central: las redes sociales. Poco importa que esa igualdad sea virtual salvo las transacciones comerciales de las que la moda vive. La categoría del gusto que las mujeres de estilo coronaban representa hoy apenas una opción más y no ya una línea directriz.
Paradoja, o señal del malestar de la época: la gente rica, que hoy lo es más allá de todo superlativo, no parece para nada interesada en cultivar un estilo amable con el medio ambiente. A las maisons especializadas en atuendos decadentes dignos de una o dos coronaciones de Popea se han sumado unos couturiers rusos y chinos adictos a un lujo heavy duty con ambición de féerie, como venido de los placards de una Cenicienta ya princesa y de sus hermanastras redimidas. ¿Farsa? Caramba, cuánta razón, después de todo, tenía el Karl aquel.
El autor ha colaborado en Vogue Paris, Vogue Italia, L'Uomo Vogue, Vanity Fair y Andy Warhol's Interview Magazine, entre otras revistas
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