La conmovedora historia de Pablo Ramírez: "De chico era amanerado, siempre había burlas e insultos."
Paredes blancas inmaculadas. En contraste con el negro de su atuendo y en concordancia con su arte. Un arte teatral. Con atmósfera de tango refinado. Cosmopolita. Pablo Ramírez hizo de la alta costura una manera de decir y decirse. De mostrarse al afuera para contradecir a su brutal timidez. Esa timidez que no le impidió ejercer la libertad de elegir. De ser devoto de su anhelo. De romper mandatos, atravesar geografías y barreras físicas. Se construyó. Se hizo a sí mismo siendo fiel a eso tan personal y, a veces, inasible para el afuera, llamado identidad. Alejado de una paleta de colores confusa. Atento a los valores cromáticos que definen sus creaciones. Colocó su deseo en blanco sobre negro. Así en la pasarela como en la vida. ¿O al revés? Y no se apartó de allí.
Una actividad frustrada
"Soy un bailarín frustrado. Una vez Cecilia Roth me dijo: ´Me pongo tu ropa y me dan ganas de bailar, porque cuando uno se pone algo tuyo hay algo en la manera de pararse y en el movimiento que se activa´. Cuando le conté mi deseo, me sugirió que, por lo menos en la intimidad, me pusiese un vestido mío y bailase. Es que siempre me fascinaron el cine y el teatro. Son fuente eterna de inspiración", explica Pablo Ramírez a LA NACION mientras se instala en su cómodo escritorio, enmarcado por una enorme biblioteca con libros de diseño. Acaso de allí salieron algunas de sus colecciones más emblemáticas como Tango, ofrecida en aquella edición embrionaria del Bafweek. O los trajes que impactaron en los escenarios porteños y parisinos dirigidos por Alfredo Arias gracias a títulos como Divino Amore, Cinelandia, Cabaret Brecht Broadway Tango o Tatuaje. Se dio el lujo de vestir a uno de los personajes en aquella Muerte en Venecia ofrecida en el Colón y a la exótica Marilú Marini, quien en su web reza una plegaria a la inmaculada organza y a la sagrada seda natural. Y no se privó de diseñar el famoso tapado del Cerati Sinfónico.
Cinelandia

Navarro, el terruño bonaerense de esencia agrícola ganadera donde nació hace 47 años, significaba para su alma libre y sensible un espacio de opresión. Buenos Aires, a tan solo 125 kilómetros, se visualizaba como esa meca donde era posible sentir y vivir con modo propio. "Mi papá era mecánico y mi mamá, ama de casa. Desde chico tuve una compulsión por dibujar, leer y ver películas. Además de bailar, aunque soy un Billy Elliot con mal final. Fui a una escuela de baile, pero, después de un tiempo, mi papá no me dejó ir más. Por eso, en el dibujo siempre estuvo presente el tema del teatro y del cuerpo humano, la figura. Hay en mí una obsesión puesta en estilizar, en embellecer, en marcar el cuerpo, en mejorar".
-¿Por qué?
-Soy una persona que tiene una mirada bastante clásica sobre la belleza. Para mí la belleza responde a los cánones que se manejaban en lo greco romano. Me interesa el equilibrio y la simetría. Por eso, cuando muchos años después comencé con mi marca, me propuse rescatar la elegancia. Me interesa mucho transitar el estilo de los años ´30, ´40.
-¿Cómo tomaron tus padres esa afición por dibujar?
-No lo comprendían. Me decían: "Basta de boludear, todo el día con la pavada". De grande los entendí. ¿Qué hacés en un lugar tan pequeño con alguien con mis inquietudes?
-¿Cómo era la vida escolar y social con esas inclinaciones?
-Era el que hacía las escenografías de los actos del colegio, diseñaba los vestuarios, decoraba los pizarrones y actuaba. En el verano, preparaba las carrozas para los corsos. De chico, me compraban autitos de colección y simulaba desfiles, marchas, coreografías. Eran puestas en escena.
-¿Padeciste bullying?
-Por supuesto. En el colegio sufrí bullying y la pasé muy, muy, mal.
-¿Qué sucedía con tu entorno?
-En un pueblo estás estigmatizado, marcado como el raro. Mi papá quería que fuese al club a hacer algún deporte y yo no quería saber nada. Me encerraba en la biblioteca pública. Ahí descubrí a Manuel Puig, a Silvina Ocampo, a Federico García Lorca.
-Te estallaría la cabeza con esas lecturas.
-Esos libros y el cine eran lo único que me interesaba.
-¿Cómo se manifestaba la discriminación?
-De chico era amanerado, así que siempre estaba presente eso. Había burlas e insultos.
-¿Y tus padres cómo lo tomaban? ¿Buscaban una forma de contrarrestarlo?
-No, porque yo no decía nada.
-¿Por qué?
-Si contaba algo, hubiese ido mi papá a enfrentar esa situación y para mí hubiese sido peor pasar esa vergüenza. Prefería callarme. Lo pasé tan mal en la primaria que, cuando terminé séptimo grado, le pedí a mis padres ir a un colegio de curas pupilo. No pensaba en el pupilaje, sino en la salida de Navarro. Sabía que me tenía que escapar del pueblo y la única forma era ir a un internado.
-Imagino que sin tener demasiada conciencia de lo que significaba ese tipo de vida.
-Cuando llegué al pupilaje me quería morir. Eran todos varones, tenía que dormir con chicos que no conocía. Los primeros tiempos fueron una pesadilla. Ni bien llegué, me quería volver.
La estadía en el Champagnat de los Hermanos Maristas duró un año. Allí, en Luján, lo que se inició como un escape y se inauguró como un disgusto, se terminó convirtiendo en una experiencia de madurez y crecimiento. "Al año, hubo una denuncia de un chico respecto a un incidente con un cura, así que el pupilaje cerró. Fue algo así como La mala educación de Pedro Almodóvar".
-¿Tuviste que atravesar alguna situación incómoda?
-No. Había mucho compañerismo entre los internados. Cuando sucedió este caso, los chicos de quinto año, sabiendo de mi condición, vinieron a protegerme, a decirme que si me sucedía algo se los contase.
-Decís "mi condición".
-Siempre supe que era gay.
-No era necesario aclarar nada para el afuera.
-Estaba implícito. Nunca tuve que salir del closet.
-¿Cómo fuiste naturalizando esa clara definición sexual?
-De chico, lo llevé para el lado místico. Como siempre fui a colegios de monjas, les preguntaba a Dios y a la Virgen por qué era distinto. No sabía qué era eso que me pasaba. Cuando entendí la situación, comprendí que no tenía que dar una explicación por eso.
-El heterosexual no aclara y la sociedad no lo presiona para que cuente sobre sí mismo.
-Mi pareja es divorciado. Valentín, nuestro hijo, es suyo pero también lo siento mío, tiene 19 años y cuando tenía cinco o seis nos encaró y nos dijo: "Les tengo que decir algo y espero que no se desilusionen: No soy gay". Hizo una salida del closet inversa.
Divino Amore

Paredes blancas inmaculadas. En contraste con lo que se presume de un taller de creación permanente. Afuera, la avenida Santa Fe es un hervidero. Pablo Ramírez tiene una cadencia propia al hablar. Una inflexión que hace aún más poderosas sus confesiones porque son el fruto del esfuerzo por construirse. De diseñarse a sí mismo como si él fuese su propio satén. Con ese decir, entrecortado por momentos, es el que enfrentó al mundo. Con el que tuvo que pedir permiso. Con el que se definió ante los otros. Con el que se dijo ante los prejuicios.
-¿Cuánto hace que estás en pareja?
-Con Gonzalo estamos juntos desde hace 17 años.
-¿Cómo se construyó la familia ensamblada?
-Siempre fui muy idealista y romántico y, hasta ese momento, nunca había logrado tener una pareja, algo muy buscado por mí. Cuando apareció Gonzalo tuve una sensación muy extraña, muy difícil de explicar. Sentí que esa era la persona para mí. Pero él tenía novia. Así que nos hicimos amigos, aunque yo siempre conservaba las ilusiones.
-Ilusiones truncas ante el noviazgo de Gonzalo.
-Gonzalo se casó y fui a su casamiento. Luego nació Valentín, y fui a su bautismo. A medida que pasaba el tiempo, mis expectativas iban retrocediendo.
-Aquellas serían experiencias muy dolorosas para vos.
-Mi terapeuta me decía que tenía que entender que yo no era el objeto de deseo de él. Había que procesar eso. Así que Gonzalo se convirtió en un amigo más. Y, cuando lancé mi marca, comenzó a trabajar conmigo.
-Habías claudicado en el deseo, al menos desde un estadío racional.
-Para mí, él siempre lo supo, pero no se hizo cargo.
-¿Cómo llegás a formar pareja con alguien que trabajaba para vos, casado con una mujer y con un hijo?
-Él tuvo una crisis con su esposa y decidió separarse. Así que, como no tenía donde vivir, le ofrecí que se viniese a vivir a mi casa.
-Ofrecimiento con doble intención. Fuiste por todo.
-Para nada, lo hice como amigo. En ese momento, yo estaba interesado en otra persona. Tenía puesta la libido en otra parte.
-¿Cómo fue esa convivencia?
-A los nueve meses de convivir, se me declaró. Me dijo que estaba enamorado.
La declaración de Gonzalo sucedió en el pasillo de un shopping luego de una proyección de cine. Y, como suelen ser de laberínticas las decisiones de los seres humanos, la respuesta de Pablo fue negativa.
-¿Cómo siguió la relación?
-Con el tiempo, comenzó a resurgir todo aquello que estaba dormido.
-Hay que creer en el destino.
-Supongo que sí.
-¿Valentín siempre vivió con ustedes?
-No, también vivió con la mamá. Pero cuando ella se fue a vivir a Estados Unidos, él se quedó con nosotros. Estudia cine y es una gran persona.
-¿Cómo era tu relación con él cuando era un niño?
-Cuando la mamá vivía acá, mantuve cierta distancia porque no me interesaba invadir. El nene tiene madre y padre. Yo sólo cumplía el rol de pareja del papá. Pero, cuando la mamá se radicó en el exterior, pasé a ocupar un lugar importante.
-¿Tu vínculo con la mamá cómo es?
-Muy bueno. Está muy agradecida. Además, por Valentín, sabe el lugar que ocupo.
-¿Qué sucedió con Valentín en el colegio? ¿Hubo discriminación?
-Sí, sufrió bullying por tener dos papás.
-En cierta medida, repitió tu historia de sufrimiento escolar.
-Valentín era un chico con dos papás y una madre negra. Era mucho prejuicio junto.
-¿Cómo manejaron con Gonzalo el vínculo de pareja ante él?
-Nunca le dimos más información que la que necesitaba de acuerdo a su edad. Jamás le contamos nada que él no estuviese capacitado para recibir. Pero, por ejemplo, íbamos en taxi los tres y él nos juntaba las manos. O unía los teléfonos sobre la mesa formando pareja. A los siete años le preguntó a Gonzalo si era gay y si tenía novio. Y Gonzalo le respondió: "¿Vos qué pensás?". Y el, inmediatamente, le dijo: "Pablo es tu novio". Y lo contó en el colegio, se expuso. El secundario fue diferente.
-Había cambiado la sociedad.
-Cuando se promulgó la Ley de Matrimonio Igualitario, Valentín me consultó qué le iba a regalar a Gonzalo para su cumple y me sugirió que le regalase un anillo de compromiso. Yo no sabía dónde meterme.
-El casamiento es una asignatura pendiente. ¿Piensan casarse?
-Sí.
Cabaret Brecht
Paredes blancas inmaculadas. El taller podría ser una verdadera mesón. Aunque tiene su showroom a metros del Alvear Palace Hotel, este taller lo define en su exquisitez por las armonías. Rodeado de telones, el teatro se funde en cada rincón. En su escritorio habla con tal fluidez y necesidad de repasar su vida que todo suena a catártico. Ramírez. El de la elegancia cromática binaria. El que hace de la pasarela un relato. El que transita la vida en blanco y negro. Épico, como el poeta del distanciamiento alemán.
-De Navarro al internado. Del internado a Buenos Aires. ¿Cómo llegás al mundo de la moda?
-En el ´90 ingresé en la carrera de Diseño de Indumentaria de la UBA. Antes me había presentado en concursos de la empresa Alpargatas, pero no podía ganarlos por ser menor. Hasta que finalmente, ya mayor, logré mi premio en 1994. Hacía un año que había fallecido mi papá y que no tenía trabajo. Me dije: "Esta será mi fuente laboral". Me presenté con la certeza absoluta que iba a conseguirlo. Me gané un contrato y un premio especial que permitía ir a estudiar a París. Fue mi primer viaje a Europa. Cuando regresé, trabajé como diseñador para varias marcas. Luego llegó un concurso de diseño en la ciudad y el primer Bafweek.
-¿Cómo nace la identidad en blanco y negro?
-Me propuse hacer algo que la gente al verlo me reconociera. Un atrevido.
-Una manera de mostrarte.
-Me fui de mi pueblo para no ser conocido. Y, por mi trabajo, terminé siendo conocido. Creo en el hacer y en el trabajo, no en la repercusión. Todo se logra haciéndolo. Hoy estoy gordísimo, pero, hace dos años, estaba en mi peso óptimo y salía a correr dos veces por día. Es el hacer.
-Los vaivenes en tu peso son un desafío para tu afición por las proporciones. Casi un acto de rebeldía. ¿Se puede hacer esa lectura?
-La primera vez que adelgacé, bajé 50 kilos con el tratamiento del Dr. Máximo Ravenna. Ahí aprendí que lo que a uno lo define no es lo que uno dice o lo que dicen sobre uno, sino lo que uno hace. Haciendo uno se puede definir.
-El propio relato también puede ser mentiroso.
-Uno puede relatarse, pero lo que vale es lo que uno hace, las acciones propias.
-Tus colecciones abrevan en una particular sensualidad. ¿Qué lugar ocupa en vos el erotismo?
-Me parece más erótico sugerir que mostrar. Un cuerpo cubierto es más erótico, más fetichista. Me seduce eso.
-¿Qué importancia le das al sexo? ¿O todo se sublima en la pasarela?
-Soy muy monotemático y workaholic. Y mi pareja trabaja conmigo, así que no cortamos nunca.
-¿Desean ser padres?
-No, ya no. Con Valentín ejercí una paternidad inesperada. Y tengo a mis sobrinos con los que la paso muy bien.
1Tiene 22, es campeona argentina de oratoria y sueña con representar al país: “Del otro lado del miedo”
2El truco de la cebolla para sacar toda la grasa de la parrilla y dejarla lista para el próximo asado
3Primera Luna nueva del 2026: los tres rituales recomendados para darle la bienvenida
4El plan que la rompe en Playa Grande: música y bienestar frente al mar








