
La decadente mansión donde vivieron las mujeres marginales de la familia Kennedy
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EAST HAMPTON.– David Bell y Tom Preston, anticuarios y decoradores de Georgetown, llegaron a Grey Gardens a las 4 de la mañana. Eran los primeros en la puerta de la mítica mansión de Big Eddie y Little Eddie Bouvier Beale, la tía y prima de Jackie Kennedy. Horas después, la casa abriría por única vez sus puertas al público para vender todos sus contenidos, y Bell y Preston suponían que así les ganarían con creces a las masas que se anticipaba que asistirían. Pero a los pocos minutos, otro auto, con patente de California, ya se estacionaba detrás de ellos.
“Nos pusimos a conversar con el conductor para matar el tiempo, básicamente sobre cuán obsesionados estábamos todos con las Beale; nosotros veníamos desde Washington, pero el recién llegado había volado desde Los Ángeles solo para ver si se podía llevar algún suvenir”, explicaron a la nacion revista.
“Pasamos toda la madrugada –agregaron– hablando con él de nuestra compartida veneración por el documental de los años 70 sobre Grey Gardens que las lanzó a la fama, y solo al despedirnos se nos ocurrió preguntarle al muchacho de qué trabajaba. “Soy músico”, dijo. ¿Tocaste alguna vez en una banda de la que podamos haber escuchado hablar?”, preguntamos con cierto escepticismo. “Soy el guitarrista de los Red Hot Chili Peppers”, nos respondió.

Desde entonces Bell y Preston se volvieron íntimos de Josh Klinghoffer. “Compartimos algo muy especial, esa pasión por todo lo que simboliza Grey Gardens que te hermana en el alma con gente que puede ser totalmente distinta”, resumieron.
En efecto, en las largas colas que se fueron formando detrás de ellos había desde el ocasional drag queen vestido con estola y turbante replicando el look de Little Eddie hasta rubias impecables del club de campo de East Hampton que habían venido después de una mañana de golf. También, hombres de mandíbula cuadrada y ademanes patricios que se bajaban del Range Rover con el Wall Street Journal, familias locales con chicos que se acercaban en bicicleta y fanáticos del cine vestidos de negro que habían decidido continuar una noche de fiestas intensas en Manhattan con un peregrinaje al santuario de las Beale.
Nadie quería perder la posibilidad de llevarse alguna silla de mimbre mordisqueda por las ratas, alguna foto sepia y arrugada. “El olor a pis de gato no lo cobramos”, bromeó la organizadora. O, ni que hablar, un espejo roto que reflejó tanto el esplendor como la decadencia mágica de las Beale que retrataron los hermanos David y Albert Maysles en el film que lleva el nombre de la casa. Este fue pionero de cinéma vérité en EE.UU., y devino una de las películas más de culto de la historia del séptimo arte.

“Había emoción, pero también tristeza en el aire”, sintetizó una señora danesa, cuya casa de veraneo está a pocas cuadras. Se rumoreaba que Grey Gardens, que se había puesto en el mercado por 20 millones de dólares, fue comprada por oligarcas rusos que la van a tirar abajo para construir algo más ostentoso y actual, lo que significaría “el último adiós a una parte de la historia y la mística americana”.
Grey Gardens fue construida en 1897 en Georgica Pond, en una de las zonas más distinguidas de East Hampton. En 1924, Phelan Beale y Edith Bouvier Beale compraron la casa de 24 habitaciones y techos de grandes tejas grises emblemáticas del balneario. Eran parte de la aristocracia neoyorquina que pasaba sus veranos aquí, pero en 1946 todo se acabó. Phelan Beale le envió un telegrama de divorcio a Eddie, y si bien inicialmente le envió dinero para su manutención y la de Little Eddie, su hija, luego ambas perdieron todo contacto con él.
La propiedad comenzó a caerse a pedazos por la falta de fondos, al punto que la junta local amenazó con demolerla si no se hacían ciertas reparaciones básicas (que fueron costeadas por Jackie). Eventuamente, las Beale se aislaron allí del resto del mundo, rodeadas de unos cincuenta gatos y mapaches, poca comida y pilas de basura. Albert y David Maysles filmaron con tapones en la nariz para poder soportar el olor. Los mapaches se comían los cables, por lo que muchas veces no había electricidad.

Pero entre toda la miseria había un esplendor único, y eso es lo que generación tras generación mantiene la fascinación de los americanos por Grey Gardens. La casa cerca del mar conservaba su majestuosidad, aunque hubieran tenido que vender cada lámpara Tiffany, cada cubierto de plata para alimentarse. Ambas eran de espectacular belleza, habían sido formadas en los mejores colegios de Manhattan y eran seres excepcionales que vivían para su música, trajes y turbantes de otra galaxia y conversación autorreferencial.
Como parte de la familia más distinguida del país y conectadas con los personajes más poderosos del momento, eran plenamente conscientes de que habían sido criadas para una vida muy distinta y que haberse jugado por ser tan auténticas les costó caro. Aún así, era esa la elección que reafirmaban, y no fue sorpresa que, tras la película de los Maysles, las Beale se volvieron íconos feministas, de la movida gay y de las tribus alternativas de los años 70. Hubo desde musicales de Broadway sobre Grey Gardens que ganaron todos los premios hasta una versión de cine con Drew Barrymore y Jessica Lange, y colecciones de diseñadores, de John Galliano a Marc Jacobs, basadas en ellas.
“Existe esta tendencia a llamar excéntricos a quienes son de clase alta en vez de locos, y aquí es evidente que había serios problemas”, dijo Lesley Blum, periodista de The Paris Review, quien pasó unas noches en Grey Gardens este año examinando los libros que saldrían a la venta. Pero quedó hechizada por las Beale. “Los libros que uno compra reflejan no solo lo que somos, sino el tipo de persona que aspiramos a ser. Y ellas, además de las guías sociales anotadas y clásicos de la literatura universal, tenían muchos títulos de fantasías sobre el espacio, otros continentes o el fondo del mar que hacían que uno compartiera su anhelo de aventuras y de una vida distinta de las convenciones de la sociedad en la que crecieron”.

A la muerte de Big Eddie en 1977, Little Eddie le vendió la casa a Sally Quinn, la mujer de Ben Bradlee, el editor del Washigton Post que destapó Watergate. La pareja restauró el inmueble y cuidó de los objetos heredados de las Beale a pesar de su mal estado. Tras el fallecimiento de Bradlee, Quinn decidió vender la casa y los contenidos, que esta vez incluían también, los del célebre periodista. Pero la gente que se agolpaba en la entrada, en su gran mayoría, solo estaba interesada en lo que había quedado del Grey Gardens original.
“Nos llevamos algunos objetos que aparecen en la película. Es una gran emoción tenerlos. Supongo que eventualmente los pondremos a la venta en el anticuario o los usaremos para una decoración, pero por ahora nos resulta demasiado difícil desprendernos. Los vemos, los tocamos y, no podemos creerlo, nos transportan a ese mundo mítico sobre el que por tantos años vivimos obsesionados”, me dijeron por teléfono Bell y Preston, ya de regreso en Georgetown.
Klinghoffer se llevó muebles de hierro del jardín de regreso a Califonia y habló con The New York Times sobre lo que Grey Gardens le significaba. “Es un estudio sobre el potencial y las expectativas –concluyó–. Sobre vivir de una manera determinada o no. La noción de fama, infamia, felicidad y miseria, está todo aquí en esta historia, la gloria, los corazones rotos, el amor, la enfermedad. Es una belleza. Es la vida”.
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