
La democracia es un emoji caliente
"Daniel, ¿en qué te han transformado?" La pregunta que le hizo Macri a Scioli en el debate de la semana pasada, dicha en el tono de un Obi-Wan Kenobi formado en management, podría ser utilizada como frase comodín para cualquier conversación política de estos días. ¿En qué nos han transformado, compañeros?
"Nace un nuevo sujeto social: el enemigo de Facebook", tuiteó recientemente el poeta Santiago Llach. Y está en lo cierto. Hasta hace poco, Twitter era el reducto favorito para la guerra de nervios de la discusión pública, mientras que Facebook era el collage utópico de la conciliación, el amor parental, la ternura felina y el emprendedorismo bienintencionado. Algo cambió en los últimos meses, al menos transitoriamente. Desde que a mitad de año se lanzó la campaña presidencial hasta la semana previa al debate de los dos finalistas, los cuarteles porteños de la red social reportaban un crecimiento meteórico del contenido electoral. Unos 12 millones de usuarios argentinos, casi el 50% de los registrados y algo así como una cuarta parte de la población del país, tuvo al menos una interacción con los 170 millones de publicaciones políticas subidas entre junio y noviembre.
Los números constatan lo que era evidente: Facebook se convirtió en el centro de gravedad de una discusión condenada a girar sobre sí misma, y que hoy bordea el abismo de una temporada proselitista demasiado larga, en la que predominaron la cristalización de arquetipos, informaciones engañosas y una cháchara de lo más inclusiva. Hicimos uso como nunca del derecho a sulfurarnos por el voto del otro, de interpretar sus intenciones secundarias, sus miedos y sus traumas ideológicos. Vimos a aquel conocido que vive hace más de una década en Williamsburg predicar sobre la importancia de defender "el proyecto" como si escribiera desde una asamblea en Parque Centenario.
A todo esto, "la política emoticón" (Gabriela Azzoni dixit) tuvo su gala en la Facultad de Derecho, en la contienda entre el rictus tenso de Scioli y la sonrisa zumbona de Macri, ambos iluminados por los haces violáceos de un dancefloor estático. Pro, en ese aspecto, parece haber captado bien el clima de época: en la misma semana en que el emoji "lágrimas de felicidad" fue elegido "palabra del año" por el Diccionario de Oxford, el gobierno porteño inauguró la que tal vez sea la última obra de magnitud en la gestión municipal del ingeniero: el viaducto de avenida de los Constituyentes, decorado en sus paredes internas con una serie de caras felices, cancheras, estupefactas, locas de amor.
Así, la recta final al ballottage pareció más un duelo expresivo de estados de ánimo que una batalla de propuestas. Scioli hizo lo que pudo con su reserva de fe y esperanza tras absorber la toxicidad interna de su partido, y Macri se paseó por las provincias y los canales como un coach de la nueva espiritualidad, entre el Arte de Vivir y la Cientología. Es fácil prever lo poco que va a importar este sistema de símbolos que alumbró la campaña en el amanecer del lunes, cuando el presidente electo tenga que cambiar promesas de felicidad por planillas de Excel y nosotros sigamos adelante con nuestras vidas.
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