La desinformación tiene patas largas (y rápidas)

Diego Golombek
Diego Golombek LA NACION
Crédito: Enríquez
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4 de agosto de 2019  

¿Verás que todo es mentira? ¿Verás que nada es amor? ¿Qué al mundo nada le importa? ¿Yira, yira? Y sí: la vida es como un tango y cada vez resulta más difícil saber en qué creer. Noticias, tuits, campañas. La falsedad -o, al menos, la verdad edulcorada- es claramente un mal de nuestros tiempos. Como no podía ser de otra manera, la ciencia está allí para defendernos y, sobre todo, para entendernos.

Por ejemplo, un estudio que analizó unos 126.000 rumores desperdigados en Twitter por alrededor de 3 millones de usuarios. Esos rumores podían ser clasificados fácilmente como noticias ciertas o noticias falsas, de acuerdo con lo que evaluaron seis organizaciones independientes de chequeo de información. Y ahora vienen las noticias preocupantes. Resulta que los datos falsos se difundieron mucho más y más rápido que los verdaderos: la falsas llegaban a entre 1000 y 100.000 personas, mientras que la verdad, pobrecita, no solía alcanzar a mas de 1000 tuiteros. Los efectos resultaron más importantes para noticias falsas políticas que para aquellas relacionadas con desastres naturales, terrorismo, ciencia o finanzas. Y los falseadores fueron claramente humanos: los robots twitteros parecen desparramar información real o mentirosa de la misma manera. Según los autores de este trabajo publicado en la revista Science, la información novedosa y el tipo de emoción inspirada por las noticias pueden ser responsables por este fenómeno. ¿Y por qué la novedad? Es posible que lo nuevo tiende a ser más falso que aquello que ya circuló durante un buen tiempo y ha tenido oportunidad de ser verificado por distintas fuentes.

Otros trabajos recientes analizan la desinformación pública -generada tanto intencional como accidentalmente- sobre todo en temas de ciencia, como función de la habilidad y la motivación de los individuos de descubrir engaños y mentiras en medios y redes sociales, pero siempre dentro de un contexto social que favorece estas manipulaciones. En otras palabras: siempre hay alguien que gana algo con las noticias falsas, aunque a veces cueste descubrirlo.

¿Por qué somos tan susceptibles a las noticias falsas? Quizás haya algo evolutivo en nuestra vulnerabilidad, en ir a contar en la fogata del pueblo el último chisme que circula, aunque sea de cambio climático, transgénicos o, ay, vacunas. Y con la salud pública no se juega: aquí es donde los científicos, y todo aquel que tenga información basada en evidencia, y no en mitos, creencias o disparates, debemos salir de nuestras corazas y participar activamente. Se ha generado un movimiento que propone desconfiar de la evidencia científica, quizá como una muestra del sesgo de confirmación, aquel que afirma que cuando la evidencia no está de acuerdo con nuestras creencias previas, se desecha la evidencia. Está claro que es un mal de nuestros tiempos, pero que resulta eminentemente humano.

¿Es una epidemia? ¿Es realmente una novedad, que nuestros antepasados cercanos o lejanos no sufrieron? Seguramente, no: lo verdaderamente innovador podría ser la velocidad a la que se propagan la falsedades contemporáneas.

Como sea, si de información científica se trata, es hora de recordar que, parafraseando a Patricio Rey, toda ciencia es política. La producción de conocimiento confiable sobre el mundo siempre tuvo un costado político y social. La novedad es que la producción de des-conocimiento no confiable sobre ese mismo mundo también es, en el fondo, un asunto político. No es por nada que las falsedades florecen en tiempos de campaña. La verdad en los tiempos de Internet es cosa seria.

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