
La eleccion de los elegidos
Estas líneas son un extracto del libro Los herederos (Siglo XXI editores), que el sociólogo francés escribió en colaboración con Jean-Claude Passeron, y que señalan con implacable lucidez la forma en que el sistema escolar ayuda a fortalecer las divisiones sociales
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Los estudiantes más favorecidos no deben sólo a su medio de origen hábitos, entrenamientos y actitudes que les sirven directamente en sus tareas académicas; heredan también saberes y un saber-hacer, gustos y un "buen gusto" cuya rentabilidad académica, aun siendo indirecta, no por eso resulta menos evidente.
La cultura "libre", condición implícita del éxito universitario en ciertas disciplinas, está muy desigualmente repartida entre los estudiantes provenientes de medios diferentes, sin que la desigualdad de ingresos pueda alcanzar para explicar las diferencias. El privilegio cultural se vuelve evidente cuando se trata de la familiaridad con las obras que sólo puede dar la frecuentación regular del teatro, de los museos o conciertos (frecuentación que no es organizada por la escuela, o lo es sólo de modo esporádico). Y es más evidente aun en los casos de las obras generalmente más modernas, que son las menos "académicas".
En cualquier terreno cultural que se los mida -teatro, música, pintura, jazz o cine-, los estudiantes tienen conocimientos mucho más ricos y más extendidos cuando su origen es más alto.
(...) La mayor parte del tiempo, la acción de privilegio se percibe sólo bajo sus formas más brutales: recomendaciones o relaciones, ayuda en el trabajo escolar o enseñanza suplementaria, información sobre las carreras y sus perspectivas. En realidad, lo esencial de la herencia cultural se transmite de manera más discreta y más indirecta e incluso con ausencia de todo esfuerzo metódico y de toda acción manifiesta. Es tal vez en los medios más "cultivados" donde hay menos necesidad de demostrar devoción a la cultura o de tomar en serio, deliberadamente, la iniciación en la práctica cultural. Por oposición al medio pequeño burgués donde la mayoría del tiempo los padres no pueden transmitir otra cosa que su buena voluntad cultural, las clases cultivadas manejan estímulos difusos mucho mejor pensados para suscitar, por medio de una suerte de persuasión clandestina, la adhesión a la cultura.
Pero si las diferencias que separan a los estudiantes en el terreno de la cultura libre remiten siempre a los privilegios o desventajas sociales, no tienen siempre el mismo sentido cuando se las refiere a las expectativas de los profesores: en efecto, los estudiantes más desfavorecidos pueden, a falta de otro recurso, encontrar en las conductas más académicas, como la lectura de obras de teatro, un medio de compensar sus desventajas. Del mismo modo, si la erudición cinematográfica está distribuida de acuerdo con la lógica del privilegio que brinda a los estudiantes provenientes de medios acomodados el gusto y el placer de transferir a terrenos extraacadémicos los hábitos cultos, la frecuentación de cineclubes, práctica a la vez económica, compensatoria y cuasi académica, parece ser sobre todo un hábito de los estudiantes de sectores medios.
Para los individuos provenientes de sectores más desfavorecidos, la educación sigue siendo el único camino de acceso a la cultura y esto en todos los niveles de enseñanza. Podría ser entonces la vía regia de la democratización de la cultura si no se dedicara a consagrar -por el simple trámite de ignorarlas- las desigualdades iniciales ante la cultura y si no soliera llegar -por ejemplo, reprochándole a un trabajo académico que sea demasiado "académico"- hasta desvalorizar la cultura que se transmite en beneficio de la cultura heredada que no lleva la marca del esfuerzo y, de ese modo, favorecer a quienes aparentan facilidad y gracias. Difiriendo por completo en un conjunto de predisposiciones y presaberes que deben a su medio, los estudiantes sólo son iguales formalmente a la hora de la adquisición de la cultura académica. En efecto, están separados, no por divergencias que podrían establecerse por categorías estadísticas y que difieren por una relación diferente y por razones diferentes, sino por sistemas de características culturales que comparten en parte, aunque no se lo confiesen, con su clase de origen.
En el contenido y la modalidad del proyecto profesional tanto como en el tipo de conducta universitaria que se pone al servicio de esa vocación o en las orientaciones más libres de la práctica artística; en resumen, en todo lo que define la relación que un grupo de estudiantes tiene con sus estudios se expresa la relación fundamental que su clase social tiene con la sociedad global, el éxito social y la cultura.
Toda enseñanza, y más particularmente la enseñanza de la cultura (incluso la científica), presupone implícitamente un cuerpo de saberes, de saber-hacer y sobre todo de saber-decir que constituye el patrimonio de las clases cultivadas. Educación ad usum delphini, la enseñanza secundaria clásica transmite significaciones de segundo grado, dando por adquirido todo un tesoro de experiencias de primer grado, lecturas suscitadas tanto como autorizadas por la biblioteca paterna, espectáculos elegidos que no se ha elegido, viajes en forma de peregrinaje cultural, conversaciones alusivas que sólo esclarecen a las personas ya esclarecidas. ¿No resulta de esto una desigualdad fundamental ante este juego de privilegiados al que todos deben entrar pues se les presenta repleto de los valores de la universalidad?
Si los niños de las clases desfavorecidas suelen percibir la iniciación escolar como aprendizaje del artificio y del discurso a la usanza de los profesores, ¿no es precisamente porque la reflexión académica debe preceder para ellos a la experiencia directa? Tienen que aprender en detalle el plano del Partenón sin haber salido jamás de su provincia y disertar a lo largo de todos sus estudios con la misma insinceridad obligatoria, sobre no se sabe qué y las lítotes de la pasión clásica o sobre los matices infinitos e infinitesimales del buen gusto.
(...) Creer que se da a todos iguales posibilidades de acceder a la enseñanza más alta y a la cultura más elevada cuando se aseguran los mismos medios económicos a todos aquellos que tienen los "dones" indispensables es quedarse a medio camino en el análisis de los obstáculos e ignorar que las aptitudes medidas con el criterio educativo se deben, más que a los "dones" naturales (que siguen siendo hipotéticos en tanto que se puedan adjudicar a otras causas las desigualdades educativas), a la mayor o menor afinidad entre los hábitos culturales de una clase y las exigencias del sistema de enseñanza o los criterios que definen el éxito en él.
(...) Para los hijos de campesinos, de obreros, de empleados o pequeños comerciantes, la adquisición de la cultura educativa equivale a una aculturación. Si los propios interesados viven raramente su aprendizaje como renuncia o renegación es porque los saberes que deben conquistar son altamente valorados por la sociedad global y porque esta conquista simboliza el acceso a la elite.
(...) Pues la cultura de la elite está tan próxima a la cultura educativa que el niño proveniente de un medio pequeñoburgués (y a fortiori campesino u obrero) no puede adquirir sino laboriosamente lo que le está dado al hijo de la clase cultivada, el estilo, el gusto, el espíritu; en resumen, ese savoir faire y ese savoir vivre que son naturales a una clase, porque son la cultura de esa clase. Para unos el aprendizaje de la cultura de la elite es una conquista, pagada a alto precio; para otros, una herencia que encierra a la vez la facilidad y las tentaciones de la facilidad.
El autor fue uno de los intelectuales franceses más influyentes de los últimos años. Nació en 1930 y murió en 2002. En 1981 fue designado en el sitio académico más prestigioso de su país, el College de France, como titular de Sociología.






