
La figura ideal
La delgadez extrema, sobre todo de las mujeres, es una moda impuesta, a veces peligrosa, que poco tiene que ver con lo que dicta la naturaleza
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Una reciente visita a la asombrosa exposición del Museo de Arte de Brooklyn, Expuesto: el desnudo victoriano, dejó a una espectadora con la clara impresión de que las representaciones actuales de la figura ideal femenina tienen escasa semejanza con la forma que la naturaleza quería que tuviesen.
Todas, salvo dos pinturas, mostraban mujeres bien formadas y redondeadas: no obesas –al menos no bajo los cánones victorianos–, pero tampoco flacuchas como las modelos de moda y las estrellas de cine que se ven hoy día.
Las dos pinturas de mujeres flacas y huesudas de la exhibición sobresalían por su apariencia enfermiza. De hecho, una era presentada como una viuda que daba la impresión de no haber comido en varias semanas.
Para coincidir con esta visita al museo se realizó la presentación de la comedia televisiva Less than perfect, con una protagonista que busca pareja y usa talla 12, como la popularidad constante del film Mi gran casamiento griego, con su infantil estrella rubenesca, Nia Vardalos.
Algo me dice que un sutil giro está en proceso, lo cual podría dar como resultado un ideal femenino más razonable –una figura que más del uno por ciento de la población tenga esperanzas de lograr– y mujeres más saludables.
Muy pocos dudan de que el énfasis en los cuerpos que puedan servir como lecciones de anatomía sin disección ha ocasionado odio generalizado hacia la propia persona entre muchachas en crecimiento y mujeres de todas las edades, produciendo a veces desórdenes alimentarios que surgen a partir de una pobre imagen corporal.
Con todo, aparece otro aspecto negativo del ideal actual: dificultades para tener hijos. Como destaca Joann Ellison Rodgers, corresponsal médica de los Institutos Médicos Johns Hopkins y autora de un nuevo libro, Sexo: una historia natural: “En el curso de la evolución, el cuerpo femenino considerado como el más atractivo ha sido el que tiene más éxito en términos reproductivos. Esto es, una mujer que no es demasiado delgada ni demasiado excedida de peso”.
La evolución, explica, favoreció a los hombres para que pudieran evaluar, en esos primeros momentos, la probabilidad de que una mujer lograra superar el alumbramiento y transmitir buenos genes para mezclarse con los suyos. La infertilidad es común entre mujeres que son muy delgadas y carentes de grasa corporal, una fuente de estrógeno. Con frecuencia presentan deficiencias en las hormonas necesarias para la ovulación y el estrógeno necesario para preparar el útero para un óvulo fertilizado. Según destacó la doctora Rose E. Frisch, catedrática emérita en la Facultad de Salud Pública de Harvard, en Fertilidad de la mujer y la conexión grasa corporal, “algo tan insignificante como la pérdida o aumento de 2,2 kg alrededor del peso límite puede activar o desactivar los ciclos menstruales. El cerebro manda la orden de no producir las hormonas necesarias para la ovulación –explica Frisch–, porque mujeres con bajo peso no tienen la grasa relativa que se necesita para tener un infante viable”.
Psicólogos que atienden desórdenes alimentarios, particularmente el síndrome de comer excesivamente y después vomitar –bulimia–, informan que a menudo éstos surgen de intentos infructuosos para reducir peso hasta llegar a un ideal buscado. Las personas que hacen dieta y no pueden tolerar la prolongada privación recaen en la compulsión de comer y acuden a la purga –la regurgitación forzada o el ejercicio excesivo– para impedir que el consumo exagerado de alimento se convierta en grasa corporal.
De modo similar, el odio a uno mismo es una consecuencia de esfuerzos fallidos por lograr una figura esquelética. Expertos que estudian la imagen corporal informan que entre muchachas preadolescentes y adolescentes –así como entre mujeres jóvenes– existe una creciente inconformidad con la apariencia, que relacionan en parte con el desfile de cuerpos sumamente flacos que aparecen en revistas, films y comedias televisivas. Las personas que poseen una pobre imagen corporal tienen también mayor probabilidad de carecer de autoconfianza, que a su vez puede impedir el éxito social, académico y vocacional.
“En el pasado, los ideales de belleza expresados mediante el arte fueron romantizados y no se esperaba que fueran asequibles”, destacaron tanto el doctor James Clairborn como Chearry Pedrick en su extenso libro sobre los desórdenes relacionados con la imagen propia del cuerpo. “En los últimos años –escriben–, las técnicas fotográficas y el aerógrafo han borrado la línea entre fantasía y realidad, ocasionando que los ideales den la impresión de ser más inalcanzables. Muchas empresas tienen un gran interés en mantenernos disconformes con nuestros cuerpos. Las empresas no invierten en publicidad para decirle a usted que se ve bien.”
Los autores hacen énfasis en que la definición del cuerpo ideal cambia con el tiempo y la cultura. Cuando los recursos escaseaban, agregan, “una figura llena estaba en boga porque indicaba la capacidad de comer bien”, amén de sugerir la “probabilidad de riqueza, salud y fertilidad”.
Pero actualmente, en una tierra de abundancia engañosa, la delgadez está de moda. Con las normas vigentes, que son impulsadas por los medios de comunicación, se consideraría que Marilyn Monroe –con 1,67 m de altura y 59,4 kg– estaba excedida de peso para ser actriz, igual que Mary Campbell, la única mujer que logró ganar el título de Miss Estados Unidos en dos ocasiones (1922 y 1923), que medía 1,73 m y pesaba 61,6 kg.
Las modelos solían pesar 68 kilogramos o más: obesas bajo los parámetros actuales. Las modelos y actrices modernas “se ven de ese modo debido al maquillaje, la ropa de diseñador, dietas especiales, así como el ejercicio con la ayuda de entrenadores personales –escribieron los autores–. No deseamos pasar tanto tiempo pensando en nuestra apariencia, pero quizá sintamos que, de cualquier forma, deberíamos tener la misma apariencia que una supermodelo”.
“Los mensajes culturales sobre la belleza sientan las bases para la disconformidad con la imagen corporal, pero es la importancia que nosotros les damos a estos mensajes lo que contribuye a la ansiedad, tensión y depresión asociadas con problemas de imagen corporal”, escribe Clairborn, psicólogo en Manchester, New Hampshire, y Pedrick, enfermera registrada.
“Es hora de aceptar y dar la bienvenida a muchas variaciones maravillosas de los cuerpos, en vez de luchar por adaptarse a los ideales irreales determinados por las industrias de los cosméticos, la moda y las dietas –escribieron–. Somos más valiosos que nuestros empaques exteriores.”
Los autores insisten en que mejorar la autoaceptación y la autoestima, y no el lograr la “clase correcta de cuerpo”, es lo que nos hace sentir más atractivos, con mayor confianza y comodidad con nosotros mismos y otros. Sugieren a las personas cambiar su respuesta, conscientemente, a la cultura de belleza y centrarse mejor en sus “mentes y corazones, habilidades y talentos” para encontrar la realización.
Un enfoque más práctico para el bienestar físico y emocional consiste en ignorar dictados culturales y más bien concentrarse en cuidar de nuestro cuerpo.
“Edúquese a usted mismo para estar en forma. No para estar delgado, sino en forma”, destacan los autores, prestando atención a medidas como hábitos alimentarios y ejercicio moderado, suficiente sueño, relajación, recreación y actividades que animen el espíritu.
Y es bueno recordar que, de la imagen de los ricos y famosos, es muy difícil emular al demasiado rico, aunque se puede llegar a ser demasiado delgado. Tanto como para ni siquiera poder transmitir sus genes a la próxima generación.
Ni tan flacos ni tan gordos, la medida de la belleza saludable
Rosita Varín es argentina, psicóloga social y creadora, entre 1997 y 2000, de Paréntesis, un espacio de reflexión grupal de la conducta frente a la ingesta. A partir de su conflictiva experiencia personal y su difícil relación con la comida, escribió el libro El lunes empiezo, que publica el Grupo Editor Latinoamericano y que es a la vez libro de autoayuda para bajar de peso y relato pormenorizado de su transformación personal respecto de su relación con la comida. Es que, tanto como aceptar la propia imagen, y dejar de obsesionarse con unos pocos kilos de más, también es cierto que la obesidad es un padecimiento que mata gente alrededor del planeta . La autora del libro, portadora ella misma de un importante sobrepeso, cuenta cómo devino una persona bulímica que estuvo años sin saber que era una enfermedad con nombre y apellido. En el primer capítulo del libro, Varín repasa cómo era de diferente la percepción social de la gordura cuando era pequeña: “Cuando a los 15 años las chicas pesaban 65 kilos, yo pesaba 67. Medía un metro setenta, y esos dos kilos de más me obsesionaban. Otra creencia que estaba en auge era que un bebe, cuanto más gordito, mejor. Los flacos eran considerados enfermos. Un bebe gordito era la satisfacción de cualquier madre. Como yo era una beba delgada, alrededor del año, mi mamá me daba de comer y yo vomitaba la comida. Entonces el médico le había recomendado que tuviese un plato adicional preparado, y que me lo diese inmediatamente después. Ser gordo era sinónimo de una buena y próspera vida". Ya casada, empezó a comer y vomitar. Sólo años después llamó al doctor Cormillot, se enteró de que su vergüenza era una enfermedad extendida y se atendió en la clínica como paciente ambulatoria. De esa experiencia salió, dice, distinta, y escribió este libro en el que recoge conceptos aprendidos por experiencia propia –el más importante, que la obesidad es una enfermedad-, y entre otras cosas, escribe: "Solamente se puede combatir la obesidad con educación. Los dietólogos no educan, solamente dan dietas; entonces el obeso, cuando baja de peso, no sabe cómo lo hizo. Y vuelve a subir por falta de información".
"Decir soy un gordo feliz es poner una cortina de humo, creando una explicación lógica, para no tener que enfrentar el problema."
"Cuál es el punto que hace que los llamados milagros no funcionen: justamente que no se cambian las conductas. Si la motivación no es mejorar la calidad de vida y todo el esfuerzo se realiza sólo por estética, se hace como dicen los franceses: Pour la galerie. Entonces, cuando la galerie se termina y volvemosde las vacaciones con cuatro kilos de más, nos sentimos frustrados y les echamos la culpa a las golosinas de los chicos, a los antojos del marido y, sobre todo, a nuestra manera de vivir las vacaciones."





