
Un grupo armado incendió un refugio de montaña en Bariloche y reavivó las llamas del viejo conflicto entre blancos y comunidades indígenas. Las tensiones de una Patagonia en disputa
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Una mezcla de sol y aguanieve enrarece la devastación en esta mañana a cinco grados. Entre lengas y pájaros carpinteros, los restos del refugio más popular de Bariloche son un trauma fragmentado en paredes chamuscadas, ventanas estalladas y botellas de cerveza con una ranita que todavía sonríe desde la etiqueta. Con el vidrio fundido a seiscientos grados y el esqueleto ocre de lo que alguna vez fue una moto, la foto del después del Refugio Neumeyer luce como un set patagónico de El Eternauta. Salvo por esa pintada que dejó un excursionista fumado: "¿El duende dónde está?".
A las tres de la mañana del 12 de octubre, al menos seis hombres encapuchados y armados rociaron con gasoil el edificio, la leñera y la retroexcavadora estacionada a pocos metros. Ya habían encendido el fósforo cuando los refugieros Marcelo e Ingrid salieron del dormitorio y preguntaron si los iban a matar. "Con los laburantes no nos metemos", respondió el menos enardecido. "Ahora se van a caminar. Si vuelven en dos horas, no van a tener problemas", ordenó antes de quitarles los celulares.
Mientras las llamas empezaban a tragarse todo, la pareja evitó la hipotermia caminando durante tres horas por los senderos que habían mantenido durante las últimas dos temporadas. Cuando bajaron ya estaba todo quemado. A unos metros de los restos humeantes, una pila de volantes reivindicaba el atentado: Fuera huinca capitalista de Wallmapu, fuera represas de Kintuante y el Puelwillimapu. Fuera petroleras, mineras, latifundistas. Todo el territorio libre y recuperado para nuestro pueblo. Firmaba el Movimiento Mapuche Autónomo Puel Mapu.
Los jóvenes refugieros –se habían conocido mientras él administraba y ella guiaba– bajaron hasta el complejo recreativo para egresados, a mitad de camino entre el Neumeyer y la ruta. El servicio de Incendios, Comunicaciones y Emergencias del Parque Nacional Nahuel Huapi recibió el aviso de auxilio a las 8.30. Los bomberos activaron la guardia de cenizas y Bariloche empezó a procesar la escala más violenta de un conflicto que se le va de las manos.
Las primeras miradas acusatorias se dirigieron a la comunidad Maliqueo, instalada en el valle desde hace ocho años, que se despegó enseguida. "Las personas que actuaron en estos hechos no tomaron conciencia de que sus mismos hermanos podían verse perjudicados", decía el comunicado que ratificaba la vía dialoguista y reivindicaba los derechos territoriales. Las demás organizaciones habían respondido en la misma línea.
El blanco fue bien elegido. A dieciocho kilómetros del Centro Cívico, el Valle del Challhuaco tiene acceso sencillo, vistas subyugantes y una presión social creciente: entre los barrios desfavorecidos de la zona de El Alto y el popular Lago Gutiérrez, lleva dos décadas de incendios naturales e intencionales, una pérdida silenciosa que abastece a los pobres y enriquece a los vivos. En los últimos años se volvió habitual chocarse con la postal discordante de vacas y caballos interviniendo el bosque, o escuchar el filo de la motosierra contra la corteza de las lengas.
Hasta que el hombre lo permita, el Challhuaco seguirá alojando al Atelognathus nitoi, la rana verde oliva que solo habita la Laguna Verde, a 1.550 metros de altura. Desde su descubrimiento en 1973, el anfibio casi invisible fue convirtiéndose en metáfora de la unicidad del valle. La laguna se congela en invierno, los renacuajos sobreviven bajo una capa de hielo y eclosionan en primavera. Llegar a ese espejo sin peces, donde no se puede nadar ni pisar fuera del camino, siempre fue el premio silencioso a una subida extensa y una medida de las posibilidades de convivencia del Homo sapiens con las demás especies.

Clemente Arko tenía seis años y tomaba la mano de su padre esloveno el día en que los integrantes del Club Andino Bariloche decidieron armar el refugio. Abierto el 19 de diciembre de 1971 sobre una lomada del valle, le pusieron Juan Javier Neumeyer, por el médico en cuyo consultorio se había creado el club hacía cuatro décadas. Después de aquella excursión iniciática, llevaría una vida de montaña, trekking y kayak. Creó un centro de deportes invernales en el cerro Otto y en noviembre de 1995 cerró el círculo volviendo al Neumeyer, esta vez como concesionario. A los dos meses tuvo el bautismo de fuego: las llamas avanzaban a 16 metros por minuto y tardaron 16 horas en apagarse. Entonces entendió que había llegado a un lugar potente pero frágil.
Con los años, el valle se consolidó como un entorno ATP. Llegaban familias sin experiencia de montaña, brasileños vestidos como muñecos de nieve y militares que jugaban al grupo comando con las caras doradas de spray. En el 2000 una investigación de marketing confirmó las sospechas del concesionario: la mayoría de los visitantes –parejas universitarias, niños y ancianos– nunca usarían el refugio como tal; preferían una hostería. Entonces Clemente dio un volantazo. "El mundo se está quedando chico: hay demasiados seres humanos y las naciones tienen que poner a producir cualquier espacio posible. La única posibilidad en un área protegida es hacer ecoturismo", explica con las erres arrastradas y su fenotipo de gringo hacedor, mientras maneja su 4x4 por un camino polvoriento.
En dos décadas construyó 14 puentes y 35 alcantarillas, abovedó el camino, despejó la nieve, trazó los seis senderos interpretativos. En temporada alta comandaba un equipo de treinta personas y ocho vehículos. Empezaban a las 7 de la mañana y se acostaban a las 2. Clemente aprendió que el turismo era "un papelito que te doy con la promesa de una vivencia". La del Challhuaco incluía caminatas a la luz de la luna, música de los arroyos y vino caliente en la llegada al refugio.
–Te llevábamos a un lugar prístino, donde el ser humano todavía no había destruido nada. Te regalábamos una experiencia tan fuerte que a mucha gente había que cuidarla porque se asustaba con sus emociones. Eso es lo que está en juego.
Clemente también fija el inicio del conflicto en la llegada de los Maliqueo. Está ofuscado con el Estado en general y con Parques Nacionales en particular, porque "en vez de evitar la extracción de leña y sacar a los animales domésticos, alambraron las aguadas donde está la rana. Los que están ocupando tienen más poder que las instituciones". En julio de 2013 le habían cortado el camino. Fueron tres días, pero se perdieron diez de reservas. El invierno anterior, un transportista se encontró con una persona apuntándole con un arma larga. Se tiró abajo y manejó cien metros a ciegas, hasta encontrar una curva.
Mientras se toma unos días para decidir qué hacer con su vida, Clemente muestra un Excel con lo que perdió. Entre muchas otras cosas, 85 tablas de esquí, 115 pares de botas, dos estufas, 12 mesas, veinte bancos, dos grupos electrógenos, una heladera, un termotanque, 15 colchones, diez matafuegos. La suma da $2.686.512. El costo simbólico fue más alto: la pérdida de un punto de referencia básico en la relación de hombres, mujeres y niños con la Patagonia andina.
"Amo el Challhuaco. Fue mi primer lugar de montaña. En febrero, con las lengas y las flores de amancay, me sentía Heidi. Todo lo que sucedía ahí era lindo", recuerda Berta Sebastián. Hoy gerencia el Club Andino: escuela de nenes que aprenden a esquiar antes que a patear, liga de rescatistas de riesgo, clave del Bariloche blanco. Entre expedientes y raquetas de nieve, cuenta que "durante muchos años los concesionarios le ponían mucha energía, pero el Neumeyer era antieconómico. Clemente le encontró la vuelta: gracias a la salida de la convertibilidad, vino mucho turismo y se convirtió en un éxito". Y en una sociedad provechosa para el club, que cobraba $100.000 anuales y se aseguraba el acceso a un lugar que se volvía imposible en invierno.
Berta tampoco da vueltas para explicar la crisis:
–Fue la crónica de una muerte anunciada. Desde que Parques decidió tener otro trato con los pueblos originarios, empezaron a aparecer muchos que se endilgaron tierras. Entregó el lugar, lo dio por perdido, les dijo "instálense". Había asaltos y caza de ciervos. Un día, mientras subía una picada con una amiga y un bebé, bajaban tres tipos a caballo, superamenazantes. Nos decían: "¿Qué hacen acá? Este es nuestro lugar".
Un concejal de la ciudad reconoce que "hemos avanzado en una línea dialoguista, incluso con comunidades dudosas que hacen destrozos y tampoco son originarias. Quizás haya un doble juego de la comunidad Maliqueo, que tiene muchos problemas de adaptación y convivencia". La Sociedad Rural de Bariloche apunta a "una alianza entre activistas y chorros comunes". Su presidente Santiago Nazar describe un circuito de cuatreros que roban vaquillonas en Río Chico (al sur de Ingeniero Jacobacci) y usan al Challhuaco como punto de "aguante" y engorde, antes de vender la carne en la ciudad. "Son arreos de dos o tres días: van con caballos y perros, para trasladar unas veinte vacas y doscientas ovejas por mes. Las carnean de a poco, abajo de los árboles".
El Challhuaco está en el límite de una ciudad que se extiende sin control y que tiene cada vez más problemas en las zonas de ingreso a la montaña. "Bariloche se está transformando en la ciudad de los fuegos; todo se resuelve quemando", se inquieta Berta (solo en los primeros tres días de 2015, distintos focos consumieron una casa en un barrio humilde, 12 colectivos en medio de un polémico cambio de concesión y casi novecientas hectáreas de monte camino a Villa La Angostura). En abril de 2012 se había quemado una seccional de Parques al otro lado del valle, en el Ñirihuau, con reclamos de otra comunidad y cazadores y pescadores que corrían guardaparques a los tiros.
Mientras espera por el cobro del seguro, Berta sueña con un refugio más cómodo, más soleado y con otro pacto social:
–Se supone que tu vecino es el que te cuida, no esto que está pasando. Queremos que la montaña vuelva a ser un lugar tranquilo, de encuentro y para todos. Tenemos que llevarnos de manera diferente como comunidad.
Y ahí está la palabra clave. Bariloche se construyó como comunidad a partir de algunos valores compartidos: el amor por la Naturaleza, la heroicidad de los pioneros centroeuropeos, el emprendedurismo, el trato cordial aunque distanciado hacia el forastero. Desde que "comunidad" también nombra a los pueblos originarios, esa identidad está conflictuada.
Las lengas cambian el aire y la montaña se regenera camino al Neumeyer. No hay signos de conflictividad en el barrio cerrado Dos Valles ni en el complejo que vende días de pileta y cabalgata a los chicos de quinto año. Tampoco en la comunidad de 17 familias rodeadas por 360 grados de verde. Desde una cuesta que domina la visual del valle, Patricio Maliqueo lidera a un grupo de mapuches acriollados: hombres que rodean siete corderos en cruz, mujeres que preparan ensaladas, niños que doman toros en un corral.

Patricio le da un sorbo al mate amargo y asegura sin pestañear que el incendio los perjudicó, porque fue en su casa, y que el culpable no puede ser mapuche, porque demostró cobardía. Que su gente no anda armada, que sabe lo que está llevando adelante y que jamás quisieron cerrar el acceso, aunque sean los que mejor cuidan el lugar. Fiel al guión de la cosmovisión mapuche, aclara que el valle no es suyo; forma parte de él. Pero también dice:
–Perdimos la batalla del pasado, con toda la gente nuestra que masacraron, pero ahora estamos ganando la guerra. Levantamos la voz y el Estado nos está escuchando.
Los Maliqueo trabajan de recicladores, hacen changas de construcción y conocen los secretos del piqueterismo. El corte de 2013 fue "por las trabas para construir en el lugar y las deudas que tenía Parques con la comunidad, cuando cobra más de $50.000 para autorizar filmaciones en el valle", una medida simultánea a la ocupación de sus intendencias en Bariloche y San Martín de los Andes. Cuando terminó, lograron la aprobación de planes turísticos que venían demorados y una renta de $5.000 para cada integrante del Consejo Intercultural de Comanejo, donde blancos y mapuches comparten la gestión de zonas en disputa.
Patricio dice que el primer Maliqueo en el Challhuaco fue su abuelo Antonio, echado de Casa de Piedra, a 12 kilómetros de la ciudad, porque era una zona destinada al Ejército.
–Le exigieron que se buscara un lugar para estar con sus animales y así llegó acá, donde ni siquiera había camino. Volvieron a correrlo en los cincuenta, cuando empezaron a armarse los circuitos turísticos. Quedaba mal la gente que no se condecía con eso.
Antonio crió a su hijo Roberto, que crió a su hijo Patricio, que dice que volvieron al valle cuando escucharon rumores de que un magnate europeo le había echado el ojo ("En realidad, nunca nos fuimos; durante muchos años mantuvimos los animales a escondidas de Parques"). Patricio opina que las cosas no han cambiado desde los días de su abuelo. Pero en 2006 la ley 21.160 declaró "la emergencia en materia de posesión y propiedad de las tierras que tradicionalmente ocupan las comunidades indígenas originarias del país" y fijó un relevamiento territorial de los espacios reclamados.
Patricio guió a los antropólogos por el valle y las coordenadas del GPS. Si la nación aprueba el mapeo, el próximo paso es la propiedad comunitaria. Entonces los Maliqueo insistirán en mantener sus vacas, cogestionar un nuevo refugio e incluso cobrar el ingreso.
–Sería una forma de desarrollo para los jóvenes. No queremos volver a la Edad de Piedra, somos gente con la que se puede dialogar. Por suerte, Parques se acostumbró a que en la zona hubiera indios.
La institucionalidad barilochense está hecha de piedra y madera: una promesa de estabilidad y calidez contra el tedio de la burocracia. El centro de esa promesa es el Centro Cívico. Allí descansa el monumento a Julio Argentino Roca, artífice del huinca implantado y el aborigen exterminado. Este verano, Bariloche cubrió a su antihéroe con un árbol de Navidad gigante que de noche brillaba con colores fluorescentes.

La oficina de Damián Mujica mira hacia la estatua, pero el intendente del Parque Nacional Nahuel Huapi se inspira entre fotos familiares y mapas con lagos y montañas, mientras busca una explicación para el fuego que chamuscó su gestión. "No estamos preparados para enfrentar a grupos terroristas que desestabilizan una idea de Estado y te llevan a replantear todo", dice el hombre que pasó 12 años como guardaparque de la icónica Isla Victoria.
Mujica gestiona otros tres reclamos en Bariloche: Ñirihuau, norte del lago Mascardi y confluencia de los ríos Manso y Villegas. Revisados los casos y definidos los límites, el Estado Nacional deberá fijar su posición.
BRANDO ¿En Challhuaco se podría llegar a un título comunitario?
MUJICA Claro, pero no podrían vender ni transferir. Lo digo para ahuyentar los fantasmas de negocios inmobiliarios.
BRANDO ¿Pero cualquiera podría transitar libremente?
MUJICA Tendría el estatus de una propiedad privada. Estamos haciendo un trabajo de base para que no estén los impedimentos que hoy tenemos en otras.
BRANDO Entonces el valle podría convertirse en propiedad privada de los Maliqueo.
MUJICA Podría. Pero hay que definir jurídicamente situaciones como las del refugio, o las hosterías y seccionales que hay en otros territorios en conflicto.
BRANDO ¿En qué términos se hizo la recuperación de la comunidad Maliqueo?
MUJICA Todas las recuperaciones se hacen de forma unilateral, pero la cosmovisión del pueblo mapuche y los objetivos del Parque Nacional son lo mismo.
BRANDO ¿Son responsables del incendio?
MUJICA No. Hicieron presentaciones reconociendo a Parques y al Club Andino como operadores del refugio. Lo único que solicitan es que en el nuevo planteo de una actividad turística se los tenga en cuenta. Es la oportunidad que tenemos para instalar un refugio inclusivo.
BRANDO ¿Qué opina de las críticas por haber "entregado" la zona?
MUJICA Es una visión simplista ante un reclamo que puede ser legítimo o no, en un área de suma importancia, con dos endemismos (la ranita y el arbusto Senecio carbonensis) y la población más oriental del huemul (ciervo andino en peligro de extinción). Nosotros no entregamos nada. Estamos poniendo mucho esfuerzo en balancear las pretensiones de la comunidad con respecto a la actividad turística y el medioambiente.

No es una ecuación que cierre en Bariloche, donde nunca hace falta demasiado para profundizar la fractura entre descendientes de los pioneros (con mayoría de profesionales y empresarios turísticos) y de los aborígenes (empleados de acuerdo con el termómetro de cada temporada). Una brecha que se ensancha después de episodios como el de octubre último, cuando se reactiva la discutida idea de que los mapuches tienen poco de pobladores originarios y son más bien los victimarios –para peor, llegados desde el otro lado de la cordillera– de sus predecesores tehuelches.
Un mes después del atentado, un comunicado denso y pirotécnico anunció nada menos que la guerra contra Argentina y Chile. Esta vez firmaba Resistencia Ancestral Mapuche (RAM), brazo operativo de Puel Mapu, "un movimiento y una línea política filosófica, autónoma e independiente, que con diferencias y acuerdos continúa desarrollándose entre Neuquén, Río Negro y Chubut". El texto empezaba así:
Nos adjudicamos de manera digna y responsable la última operación pública ejecutada por weichafes de la RAM en el Valle del Challwako, la cual obedece a una visión estratégica del conflicto. Es un mensaje para todo nuestro pueblo mapuche, comunidades, organizaciones, los enemigos huinca capitalistas, sus empresas y el Estado opresor, ya que el refugio Neumeyer representa intereses de la burguesía y el fascismo local a través del Club Andino Bariloche coludido con Parques Nacionales.
La RAM aclaraba que el objetivo de sus weichafes –guerreros– era la devolución del territorio usurpado, aunque no precisaba límites. Con lógica binaria ("los que no formen parte deben admitir su posición contraria") y dialéctica guerrillera ("nuestros militantes no se amoldan a estructuras occidentales"), reivindicaba su clandestinidad y el compromiso de resistir a sangre y fuego.
Algunas organizaciones negaban conocerla; otras dudaban de su existencia. Pero había antecedentes. Entre 2009 y 2012 había aparecido y desaparecido fugazmente para responsabilizarse por incendios en La Angostura, para acusar a Emanuel Ginóbili –con intereses inmobiliarios en la zona– de "no cesar con la usurpación y destrucción del Wallmapu" (todos los territorios mapuches del Cono Sur) y para declarar la autonomía en Chile, "desde el río Bio Bio al sur". A ese lado de la cordillera reivindicó otros dos operativos: la quema de un helicóptero y un camión de dos forestales, dos bulldozers y una retroexcavadora, en conmemoración del asesinato del estudiante Matías Catrileo a manos de un carabinero. "Por nuestros weichafes y ancestros muertos, ni un minuto de silencio; toda una vida de combate", arengaba la organización.
El comunicado pos-Challhuaco también se adjudicaba el incendio de plantaciones de pinos de Luciano Benetton (en conflicto con la comunidad chubutense de Santa Rosa de Leleque por su propiedad de quinientas hectáreas) en diciembre de 2013 y un operativo en el consulado chileno de Bariloche, donde en noviembre de 2012 tres personas dejaron miguelitos en la vereda, tiraron dos bombas molotov y pintaron el edificio con la leyenda "Resiste mapuche" y el meli witran mapu, que representa la tierra y sus puntos cardinales.
El 29 de diciembre de 2014, otros tres hombres armados y encapuchados dejaron piedras en la ruta, frenaron un camión a la entrada de El Maitén (Chubut) y tiraron una molotov contra el parabrisas. Mientras el chofer dejaba la cabina en llamas, lo golpearon con la culata de un revólver. Le dijeron que eran de la Resistencia Mapuche y lo acusaron de llevar mercadería para los ricos de las estancias. Antes de escaparse, pintaron un cartel con la misma leyenda y el mismo dibujo del consulado.

Casi nadie recuerda el operativo que se adjudicó la RAM en la Catedral Nuestra Señora del Nahuel Huapi, de Bariloche. "Los mapuchistas se mandaron una macana de esas", dice su rector Pascual Bernik para referirse a las pintadas anónimas –la misma combinación de los episodios previos– de 2013 en la entrada del templo neogótico. El padre las atribuye a los vitrales que representan a Roca y su campaña, pero enseguida aclara de qué lado de la historia se para: "Rechazamos la Conquista del Desierto, pero es un hecho. Y sobre ese hecho hay que trabajar".
Con reserva de identidad, dos entrevistados vinculan con el incendio del Neumeyer a Francisco Facundo Jones Huala. "Es un anarco que no se encuadra con nada y tiene un estilo igual al de los comunicados, además de relaciones concretas con la RAM", aporta el concejal. Huala es barilochense, tiene 30 años y está acusado de atacar la estancia Pisu Pisué, en la comuna chilena de Río Bueno, la noche del 9 de enero de 2013. La fiscalía reconstruyó una escena con tres jóvenes mapuches "con ropas oscuras de tipo militar y premunidos de armas de fuego, con las cuales intimidaron al grupo familiar, compuesto por seis adultos y cuatro menores". También encapuchados, los sacaron a punta de pistola y les quemaron la casa.
"Facundo Jones Huala nos asedió en nuestro terreno en La Angostura durante meses incendiando, destruyendo alambrados, cercos, portones y autos", se quejó tres semanas después uno de los afectados por la temporada de furia de la RAM. Huala ya acumulaba causas por tenencia ilegal de armas de fuego, infracción a la Ley de Extranjería, Usurpación y Daños a la Propiedad. En septiembre de 2013, después de visitarlo en la cárcel, su hermano Fernando dijo que le habían plantado pruebas y que, en realidad, estaba preso por oponerse a la central hidroeléctrica que se construiría sobre un complejo ceremonial –el Kintuante que mencionaban los panfletos de Challhuaco– en la zona de Pilmaiken. También denunció que los terratenientes armaban grupos parapoliciales para atacar a los mapuches, dueños de un territorio que "se extiende de mar a mar y es preexistente a ambos Estados".
El 7 de enero de 2014 Facundo Jones Huala escuchó un dictamen de libertad condicional por no haber sido juzgado en un plazo razonable. De camisa verde y vincha ceremonial sobre el pelo rapado, dejó la sala con el puño derecho en alto, tomó un trago de agua y se abrazó con sus familiares. "Soy de la tierra del Nahuel Huapi y soy un prisionero político mapuche", declaró antes de exigir la reconstrucción y la liberación nacional. Cuando esperaba el juicio por el incendio en Chile, violó su libertad condicional. Estaba prófugo la noche del atentado al Neumeyer.
Las cenizas no se habían enfriado todavía cuando el Club Andino convocó a una reunión de emergencia con las autoridades locales y con los senadores que hacen de nexo con la Casa Rosada: Silvina García Larraburu y Miguel Ángel Pichetto. El bonaerense fue poco sutil:
–Hay que ir a buscarlos y mandarles a Gendarmería. ¡La estatua de Roca debería medir mil metros!
Su primer deseo se cumplió nueve días después del incendio. El juez federal Leónidas Moldes ordenó el allanamiento de la casa de María Nahuel, huarken (jefa) de Colhuan Nahuel, una comunidad de veinte personas instaladas a siete kilómetros del centro.

"Queremos un lugar autónomo, no las pedreras que nos dan los huincas", dice María desde su casa en el barrio Virgen Misionera, bajo una cornamenta de ciervo y con la tele clavada en Telefe.
"Nos allanaron porque somos los únicos que no repudiaron la quema del refugio", agrega su hija Betiana.
A las cuatro de la tarde del 21 de octubre del año pasado, treinta militares y policías cortaron la cuadra, bajaron de sus autos polarizados y se metieron adentro. "Era como si fuéramos terroristas –se queja María–. Decían que a los indios nos iban a eliminar uno por uno". En un descuido de los uniformados, Betiana leyó lo que buscaban: una mochila roja y negra, panfletos, armas de fuego, un celular con linterna, un auto. "Como no encontraban nada, dijeron que también necesitaban el pañuelo que tenía en la cabeza". Defendió ese símbolo de protección hasta que se lo arrancaron, después de arrastrarla siete metros por la tierra.
"Habían pasado como cinco horas", dice su hermano Cristian. Los minutos siguientes transcurrieron entre forcejeos, piedrazos hacia los gendarmes y perdigonazos hacia los Nahuel, que en medio del caos empezaron a hablar la lengua mapudungun, a batir palos ceremoniales y a tocar el kull kull, una trompeta que llama a los guerreros. Los Nahuel niegan cualquier relación con el atentado, pero son claros en su intención de convertirse en punto de referencia de la causa.
Acá también, dicen los Nahuel, se está levantando el pueblo. O un pueblo. "No discriminamos como ustedes", apunta María. Su hija confirma la distancia: "Los huincas siempre quieren más de lo que tienen. ¿Para qué fueron a la Luna?".





