La historia de Samuel, el fletero de Tilcara que se consolidó en el Barrio 31 y trabajó para el Lollapalooza
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"Yo a la villa no voy". La frase une a taxistas, remiseros y fleteros ante el pedido de un vecino que busca quien lo acerque a su hogar. Detrás, el miedo a la inseguridad. Sin embargo, en los pasillos del Barrio 31 -también llamado Barrio Mugica- dos hermanos llegados hace más de veinte años de Tilcara se pusieron al hombro -literalmente- la tarea de llevar y traer mudanzas a uno de los lugares más poblados -y vistos por encima del hombro- de la Ciudad de Buenos Aires.
Samuel y Leopoldo Cayo tienen, desde 2007, un servicio de fletes, mudanzas y cargas que empezó con un solo camión y hoy da servicios a empresas, entre las que se cuentan los organizadores del Lollapalooza. Aunque todo empezó bastante tiempo atrás.
"Llegué a Buenos Aires desde Tilcara en 1996 para trabajar en una fábrica metalúrgica", cuenta Samuel Cayo a LA NACIÓN. Tenía 18 años y, en ese momento, -y ahora también-, repetía una premisa extendida: "Dios está en todos lados pero atiende en Buenos Aires". Así que se instaló en la entonces Villa 31 donde ya vivía su hermano. "Me gustó y me quedé", explica sobre sus comienzos en el barrio.
Llegaba desde San José, un pueblo de 120 habitantes y lo único que conocía de Buenos Aires era lo que había leído en los diarios porque, como él mismo explica, allá no llegaba la señala de televisión. Por eso, pisar la ciudad fue un momento bisagra.
"Yo soy hijo de un padre que cortaba caña en Ingenio Ledesma y de una ama de casa. Vine acá porque estaba en la escuela técnica pero la dejé, entonces mi viejo me dijo: '¿Vas a trabajar o qué vas a hacer?'. Entonces vine a Buenos Aires y al principio lavé copas, trabajé en una carpintería... así que sé lo que es madrugar, viajar en bicicleta o en tren", rememora sobre esos primeros años.
En aquellos tiempos, ayudaba a su hermano los fines de semana haciendo mudanzas. Tuvieron que pasar once años para que se decidiera a renunciar a su trabajo y apostara por el proyecto propio. "Me compré un camión viejito y empecé haciendo fletes. De a poco fuimos prosperando", recuerda. El nombre era más que obvio: El Jujeño Express. Y junto al cartel ploteado a un lado del camión, una frase distintiva: "¡Viva Jujuy!". Enseguida llegaron los clientes que eran, ni más ni menos, sus propios vecinos.
"Vos cuando necesitás hacer una mudanza al Barrio 31 cualquier fletero se niega. Lo conocen por la mala fama, pero el que se contacta con la gente de ahí adentro sabe que la realidad es otra; la mayoría somos trabajadores", dice sobre los prejuicios que sobrevuelan. Y cuenta que no quedó ajeno de las miradas injustas. "Por vivir en el barrio me han dicho el famoso 'estos villeros de m...'. Yo vivo en la villa, pero no soy villero. Siempre hay alguno que se cree más. Yo soy un laburante, y laburo de lo que sea. Soy honesto y nunca le toqué nada a nadie", defiende su forma de ser y de encarar la vida.
Fue ahí, en el Barrio Mugica, donde formó una familia. A sus 43 años, Samuel tiene tres hijos: dos varones y una nena. El mayor de los chicos, de 22 años, estudia Enfermería. "Yo prefiero que estudie, que eso no se lo va a sacar nadie", subraya.
Todos arriba
"En la Argentina todo se puede. El que quiere progresar, puede; habrá momentos mejores o peores, pero se puede", dice Samuel. Es que a ese primer camión, un poco destartalado, se le fueron sumando de a poco otras unidades hasta llegar a tener cinco. Hoy, tienen tres, equipadas con carga hidráulica, herramienta fundamental para proveer a empresas de iluminación y armado de escenarios. "Si no se hubiera postergado por la pandemia, este iba a ser el tercer año que hacíamos el Lollapalooza", cuenta.
Sin embargo, la mejor anécdota que tiene en tantos años de ruta lejos está del glamour del festival de música, sino que se mezcla con su norte querido.
"Lo más increíble que pude cargar fue un flete de unos muchachos bolivianos, que estaban estudiando en La Paz. Vivían en Mar del Plata, donde criaban chinchillas, para ir hasta La Quiaca. Así que tuvimos que cargar el criadero de chinchillas entero. Fueron 1800 kilómetros parando para darles de comer", recuerda.
Su caso fue el primero de muchos: más de 12 vecinos del Barrio 31 decidieron probar suerte y se compraron un camión o camioneta, lo que fuera para sumarse a una oportunidad de trabajo. Pero había algo más: el Gobierno porteño, junto a alumnos del ITBA, les acercaron una propuesta: armar una plataforma donde todos podían ofrecer sus servicios para que vecinos que no fueran del barrio pudieran contratarlos. Así nació Flete 31, que brinda desde grandes mudanzas hasta servicios de mensajería.
El progreso de Samuel, sin embargo, no lo hizo olvidar sus raíces. Y si bien hace veinte años que vive en la Ciudad, y ya se acostumbró "al ritmo de las calles", seguía yendo con frecuencia a Tilcara.
"Antes de la pandemia iba a Jujuy una vez por mes con una mudanza. Como tengo varios conocidos, siempre publico que hago viajes para ver quién necesita el servicio", relata y cuenta que muchos como él, que vinieron a probar suerte a la Ciudad, al tiempo quieren volver a su provincia porque apuestan a que allá será más fácil. Sin embargo, no siempre es así.
"También a muchos los llevo y los vuelvo a traer, porque van con un sueño y al medio año quieren volver", señala.
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