
La isla de la suegra
En el nordeste brasileño, el estado de Sergipe cuenta con un banco de arena que devino uno de los paseos preferidos de la región, hasta que sube la marea, porque entonces desaparece
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Sergipe es el estado más chico de Brasil. Está en el Nordeste y lo rodean Bahía, Alagoas y el mar. Como toda la atención la acaparan los carnavales, las mujeres, el aroma a aceite de dendê de Bahía y los resorts cinco estrellas de Alagoas, Sergipe va quedando suspendido en el tiempo. Igual que los banderines de São João, fiesta que aquí le gana al carnaval.
Son las ocho de la mañana y el sol calienta como si fueran las dos de la tarde. Desde Aracajú, la capital, habrá que atravesar el río Vaza-Barris en balsa y seguir por tierra hasta Porto dos Cavalos para embarcar. A bordo de la escuna, como se llama a este tipo de veleros de dos mástiles, ya están apiladas las frutas para las caipirinhas, junto a un barril de cachaça y vasos de vidrio diminutos para los que prefieran un shot a secas de la bebida nacional. Apenas se zarpa, las bandejas con tragos empiezan a circular.
El agua mansa acompaña el viaje, a veces de río, a veces de mar. Nada de aguas turquesas al sur de la región. La arena sí es blanca y fina. A los lados se ven manglares interminables, hogar de los aratú, un cangrejo chiquito y rojo cuya carne es deliciosa. El chico que repartía caipirinhas ahora sirve aratú envuelto en hojas de banana. Su carne es deliciosa. El cocinero troza una tilapia, hierve langostas y prepara los camarones para fritarlos con ajo. En Sergipe, el agua no será turquesa, pero la comida puede encabezar un ranking nacional. Ése será el recuerdo que permanecerá en el visitante con los años. Y la isla da Sogra –de la suegra–, hacia donde navega el barco.

En realidad se trata de un banco de arena que aparece cuando baja la marea. Se formó hace varios años y empezó a ser frecuentado por los vecinos del litoral. El islote era famoso por los maçunim, un marisco que se cocina en agua de mar y se come con limón.Y no tenía nombre hasta que sucedió la historia de Pedro Marcelo, un pescador. Parece que la suegra de Marcelo siempre le pedía que la lleve al islote y él nunca la invitaba. Hasta que un domingo, la señora se puso firme, juntó dos nietos, los subió al bote y dejó al pescador sin opción. Como en el banco de arena no había nada para comprar, Marcelo pidió permiso a su suegra para ir hasta Mangue Seco a buscar unas gaseosas para los chicos. Mangue Seco está en Bahía, pero pegadito a Sergipe. Allí fue donde Jorge Amado escribió la novela Tieta do Agreste. Fueron los tres y la abuela se quedó tomando sol. En Mangue Seco el pescador encontró unos amigos que estaban festejando un bautismo y lo invitaron a tomar unas meladinhas, como una caipirinha, pero con miel. Meladinha va, meladinha viene, se hicieron las cuatro de la tarde y la marea empezó a subir, hasta que por fin uno de los chicos preguntó por la abuela. Volvieron a toda velocidad, pero lo único que se veía era mar y cielo. Nada de arena, nada de suegra. No quedó otra que volver al poblado, donde toda la gente estaba reunida en la casa del pescador. La multitud se le vino encima. Una señora le gritaba barbaridades. Era la suegra furiosa que se abría paso. Dos pescadores que pasaban por el islote habían visto que la mujer pedía socorro con el agua por la cintura. La historia se hizo famosa y el lugar fue nombrado Ilha da Sogra.

El muchacho de las caipirinhas y los aratú, ahora arrastra un ancla sobre la arena y baja tres mesas. Hay tiempo para recorrer y bañarse en el mar tibio antes de que empiece el festín de comida. Llegan bandejas de langostas, camarones, pescados rellenos con atarú. Y más caipirinhas. En el barco empieza luego a sonar un forró, la alegría brasileña toma cuerpo, o mejor dicho, toma los cuerpos, que ahora bailan agarraditos al son del dos por dos. La escuna, que ahora es una fiesta, avanza hacia Mangue Seco para ver el atardecer. La marea ya va subiendo y la isla da Sogra está a punto de desaparecer. En media hora sólo habrá cielo, mar y el recuerdo perenne de una isla brasileña intermitente.






