La isla del miedo

Convertida en Museo de la Humanidad, la cárcel de Robben Island, donde Nelson Mandela estuvo 18 años detenido, guarda la memoria del apartheid, uno de los grandes flagelos de la historia mundial
Hernando De Cillia
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2 de diciembre de 2012  

CIUDAD DEL CABO.– La escenografía estremece de sólo pensar que fue el centro de detención más importante de un país que separó la vida y la muerte por el solo hecho de tener distinto color de piel. Y aunque Sudáfrica dejó de lado el sistema más perverso de segregación racial que se recuerde, el silencio y un aire especial circulan por todo el ambiente que rodea a la famosa isla de Robben Island, un lugar con una geografía parecida a la de Malvinas, por sus calles angostas y las rocas bien pegadas a las costas.

El apartheid impuesto en Sudáfrica fue uno de los grandes flagelos de la humanidad y tuvo su epicentro en Ciudad del Cabo: la presión internacional a fines de la década del 90 y la llegada al poder de Nelson Mandela evitaron una guerra civil que parecía imposible detener.

Tata o Madiba (como llaman a Mandela los sudafricanos) unió al país con un mensaje de paz y dejó atrás 27 años de privaciones. Mandela pasó 18 de ellos detenido en Robben Island, en una celda de 2 x 1,5 metros, en la prisión que el régimen construyó a 12 kilómetros del continente para llevar a los más peligrosos oponentes de su política de máximo aislamiento.

Hoy Robben Island es un Museo de la Humanidad, con los recuerdos vívidos en los sonidos huecos de los pájaros que sobrevuelan y emulan a aquellas más de 1200 almas que llegó a albergar por la década del 60.

Esa isla dentro de la isla, que el apartheid construyó en 1962, cerró sus puertas en 1990. Mandela estuvo detenido allí desde 1964 hasta 1982, luego pasó a una prisión cercana a las Fincas de Steenberg (allí se encuentran los viñedos de Constantia, los más añejos de Sudáfrica), y terminó con reclusión domiciliaria hasta su liberación. En la isla sólo hubo detenidos negros y de color (así llaman a los malayos e indios) y por supuesto nunca hubo blancos ni mujeres; los únicos blancos eran los carceleros.

Curiosamente, Ciudad del Cabo es la única ciudad del país en la que todavía está permitida la bandera del apartheid en el castillo de la plaza principal de la ciudad, en la que también flamean las insignias de Holanda, Gran Bretaña y Sudáfrica, como testigos fieles de los que gobernaron a través de la historia. Como paradoja, a pocos metros se encuentra la catedral, lugar en el que dio su primer discurso Mandela luego de su liberación.

Un guía espiritual

Jama Mbatyoti recibe a la Revista cuando está finalizando su comida, un guiso de maíz tamizado de color marrón. Viste pantalón blanco y un buzo azul, y su rostro denota un arduo paso de los años, aunque su tono de voz es suave y transmite una paz interior acorde con el silencio que domina el lugar.

Así como Mandela es considerado el guía espiritual de Sudáfrica, Jama es el encargado de hacernos saber todo lo que ocurrió en Robben Island. Prisionero entre 1977 y 1982, desde hace dos años trabaja como guía y aunque resulta muy duro para él, por todos los recuerdos que le trae, lo hace para contar la verdad y que el mundo conozca lo que sucedió.

Señala la entrada de la cárcel. "Era una puerta que estaba cerrada en todo momento y en la que había siempre un hombre que la controlaba. Si no era un preso, era muy difícil entrar. El área de recepción –prosigue Jama– estaba a pocos metros de la puerta de entrada y era el lugar donde se les daba la ropa a los convictos, con número seleccionado y una carta de identidad. Esto servía, porque si alguno era considerado culpable, de allí se lo llevaban a una sección especial para castigarlo."

Una fortificación destinada a los que pensaron diferente y la postergación para miles de individuos que tuvieron que padecer la desigualdad. Jama cuenta: "Por la década del 60 estuvieron presas 1220 personas, la máxima cantidad que hubo en la isla." Y agrega: "Había otra oficina donde los prisioneros podían recibir y mandar cartas. Pero para poder enviarlas debían ser chequeadas por oficiales que controlaban que no tuvieran nada sospechoso".

El recorrido sigue por el resto de la prisión, que estaba dividida en siete secciones: tres de ellas constituidas únicamente por celdas, del mismo tamaño que donde estuvo Mandela. Las restantes eran los pabellones grandes en los que había alrededor de 50 personas. Una de las razones por las que Mandela estaba confinado a una de máxima seguridad fue porque tenía carácter de líder. A la mayoría de los hombres que lideraban grupos se los encerraba en celdas pequeñas e individuales. "También varios fueron castigados, algo que no ocurrió con Mandela", advierte Jama, mientras nos conduce por los pasillos más largos.

La sección D fue la que ocupó durante 18 años el hombre que trajo la paz a Sudáfrica. En el Sector C estaba la sala de castigos y torturas, que se diferenciaba de las restantes. Desde la oficina de recepción se dictaba si un hombre era culpable de algo y se decidía si lo mandaban a la sección de castigo, cuenta Jama.

Al llegar a la zona de los baños, el panorama es desolador. Tres duchas y tres retretes, demasiado poco para imaginar a 1200 almas desprotegidas de comodidades. Da escalofríos sólo imaginar cómo sobrevivieron al frío y a la falta de trato humano. "Al principio los prisioneros dormían en el piso porque en la cárcel no hubo colchones hasta 1978. Las celdas de máxima seguridad tampoco tenían baños, y los presos estaban 23 de las 24 horas encerrados, ya que tenían media hora a la mañana para salir al patio a hacer ejercicios y otra media hora por la tarde", grafica Jama.

El emblemático número 46664

Mandela fue privado de su libertad por 27 años, pero en Robben Island vivió 18, entre 1964 y 1982. Fue el prisionero 466 del año 1964, por eso le asignaron el número 46664. Cuando Jama entró en la cárcel cuando ya estaba detenido, pero nunca tuvo la oportunidad de conocerlo y sólo lo hizo cuando estuvo en libertad. "Todos los detenidos llegaron por asuntos políticos", dice.

La visita nos lleva por los pabellones, la cancha en la que los presos jugaban al fútbol y al rugby –lugar al que no podía concurrir Mandela por su espíritu de liderazgo– y el patio contiguo a las celdas principales en las que tenían una hora del día para reflexionar.

Allí, sobre uno de los paredones, quedan tres fotos testimoniales en las que se ven a los convictos trabajar en el piso y a Mandela con algunos visitantes.

La historia pasa frente a uno a ritmo vertiginoso. El relato del guía continúa, aunque no llega a explicar lo injustificable: "En un principio hubo prisioneros blancos, pero sus sentencias fueron absueltas. A los presos políticos blancos los llevaron a la Prisión Central de Pretoria. También hubo mujeres, pero a ellas las destinaron a Constant. Los policías eran todos blancos y por supuesto imponían el lenguaje inglés, y no el sudafricano". Consultado sobre el porqué de su detención, Jama contesta sin dudar: "En nuestro colegio nos obligaron a hablar el idioma afrikaans y nosotros protestamos, por eso estuve detenido 5 años". El afrikaans es una lengua que evolucionó del neerlandés, que hablaban los primeros colonos holandeses. Es una lengua que siguen hablando, por supuesto, sólo la hablan los blancos.

El trato del poder blanco sudafricano fue tan duro que las huellas siguen vigentes en los recuerdos: "Los prisioneros eran agredidos y torturados. En la década del 60, la Cruz Roja visitaba la cárcel pero no servía de mucho, porque el resto de los días los policías torturaban y agredían a cualquier prisionero. Recién en 1977 y gracias a la intervención del Comité Internacional de la Cruz Roja esto se terminó", rememora Jama.

La visita finaliza. Una hora de recorrido con un cielo celeste y limpio, sin nubes. El paisaje que contrasta con las sombras que transmitía el lugar en el momento de más siniestra actividad.

Las últimas palabras de Jama no hacen más que ratificar su relato: "Ningún prisionero podía pisar una sección de la cárcel a la que no pertenecía. Cada una estaba dividida por paredes y ninguno de los prisioneros conocía a otro preso de otra sección".

La despedida es en silencio. Subimos a la lancha y los recuerdos y las imágenes de la isla se deshacen como los 12 kilómetros que la separan del continente.

Un mensaje de paz y un hombre llamado Nelson Mandela le devolvieron la fe a un pueblo que sufrió y conoció lo peor de un régimen. Queda Robben Island, símbolo de una barbarie que nunca olvidarán.

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