
La libertad atrapada detrás de un muro
Sigue el frío, que es como un candado. Algo cerrado y contundente que pega fuerte en la cabeza incluso si llevás gorro de lana. hoy me toca entrar a un barrio cerrado para limpiar mi gran pileta salvadora del día, la que más platos de comida lleva a mi casa. Y como sé lo que es entrar a ese barrio cerrado, ya imagino el duro careo que tendré que pasar con el de la garita de la entrada. Sin embargo, llego y el tipo me hace pasar sin siquiera asomar la nariz por la ventanita. Es raro, porque por lo que sé no sólo este tipo me conoce poco, sino que además me odia. Es que no me gustan los garitas, y ellos, a pesar de toda mi falsa amabilidad habitual, siempre notan mi desprecio. Son gente muy atenta a esas cosas. Especialistas en simulacros. Por algo son garitas. ¿Qué puedo hacer, si no me pide nada? Pasar, lógico, hoy lo único que le importa es el frío.
Pero no todas son flores. (De hecho: el invierno, ¿qué flores trae?) Cuando llego a mi pileta salvadora encuentro un candado. Justo acá, donde siempre entro solo, donde en verano, para ganar tiempo, vengo casi de madrugada y conecto mi bomba silenciosa y cuando todos despiertan ven la magia de la pileta ya limpia. El invierno y ese candado son la gran crisis de la humanidad. Están ahí para recordarnos que las crisis son cíclicas y que hay que estar siempre preparados. Así que ahí estoy, mirando el candado. Es uno de los grandes. Y el portón es alto. Y es obvio que no voy a poder pasar. Sin embargo, la lucidez me acompaña. El frío contrae, pero deshinibe la imaginación. ¡hay una forma de entrar! Porque resulta que estoy en la casa que da al golf. una hermosa casona de inmenso quincho, inmensa pileta y sesenta metros de cerco bajo que separa todo ese paraíso familiar del otro paraíso, que es el paraíso de los golfistas. A veces los veo, cuando limpio: los ángeles golfistas pasan frente a la casona, saludan, descansan, se sientan a la sombra de los robles. una vez, recuerdo, una pelotita perdida casi me arranca la oreja. Y ese recuerdo me lleva a pensar: si una pelotita puede entrar, irrumpir en el gran jardín, en la casona, en mi pileta, yo también puedo. Y es fácil, además. Sólo hay que dar una pequeña vuelta, pasar de incógnito al campo de golf y desde ahí a la casona. El cerco, como dije, es bajo, casi a la medida del salto de cualquier piletero.
Así que ahí estoy cuando mi clienta se asoma, y se acerca. Es la más simpática y agradable de todas mis clientas.
–Te vi pasar –dice–. hiciste bien. Es mi marido que puso el candado.
–...
–Robaron. Entraron al quincho. Después me cuenta cómo varias casas del barrio fueron saqueadas en estos últimos meses.
–De este lado no tanto –dice–. Pero del lado del arroyo ya no saben qué hacer.
Y sigue. Enumera. Los XX, los ZZ, los GG, todos con alarmas y cámaras de seguridad.
–Y acá candado. Ya ves. Pero bueno, quedate tranquilo. Vos seguí pasando por el cerco. ¿Podrás, no?
–Seguro.
–Después vamos a levantar una pared y ya te doy la llave del candado –dice, y se queda de brazos cruzados, mirando cómo trabajo, y al rato se va.
Una lástima, pienso. Siempre esas paredes, esos muros. Tenés en tu casa un campo de golf y de golpe tenés en tu casa un muro.
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