La madurez afectiva, clave durante los procesos de escolarización

Nora Koremblit de Vinacur
Nora Koremblit de Vinacur PARA LA NACION
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9 de abril de 2016  

Mucho se viene discutiendo acerca del momento ideal de inicio de la escolaridad en los niños. Según Winnicott, durante el primer año de vida, la díada madre-bebe constituye una unidad. La madre debe ilusionar al bebe para irlo desilusionando gradualmente, disponiéndolo a entrar en contacto con la realidad y su subjetividad. Gracias a ese equilibrio, el niño puede ir percibiendo su dependencia y adquiere la capacidad de hacer notar sus necesidades.

Según Piaget, el período sensorio-motriz ocurre de manera gradual, de los 0 a los 2 años de edad. El niño adquiere la capacidad de organizar actividades en torno a su ambiente mediante habilidades sensoriales y motoras.

De todo esto se puede conjeturar la necesidad que el niño tiene de su ambiente y su familia en todo este período evolutivo. Apurarlo en su crecimiento implica exigirle en su desarrollo de forma prematura.

Si bien la edad de inicio de la escolaridad se fue modificando, idealmente no debe comenzar antes de los 2 años. Muchos argumentos de los padres sostienen que si concurren tempranamente, tendrán una mejor estimulación intelectual y social. Considero que es falso.

Antes de los 3 años, el niño necesita de su entorno familiar y de quienes, de un modo directo o indirecto a través de los diferentes integrantes, lo acompañarán en su maduración afectiva.

En la actualidad se observa que muchos niños inician muy tempranamente la escolaridad, alrededor de los 18 meses, aun cuando las causas no sean económicas. La argumentación es que va a estar mejor estimulado que en la casa y se tiene la fantasía de que va a ser "más inteligente". Pero poco se piensa en su madurez afectiva. La escolarización a tan temprana edad implica una sobreexigencia para el aparato psíquico del niño, que en lo inmediato no se alcanza a percibir. Implica un enorme esfuerzo emocional adaptarse a tan temprana edad en ámbitos fuera de la casa, compartiendo espacio físico con otros niños y una única maestra, a diferencia de lo que ocurre en su ambiente familiar.

Entonces, en muchos casos la sobreexigencia en los niños está comprobada en las diferentes manifestaciones que presentan, tales como conductas de rebeldía, malestar, o cuando el propio niño es el problema en muchas ocasiones.

Estar en casa, hacer programas con otras familias, ir a la plaza, visitar abuelos son actividades que sostienen y ayudan a que paulatinamente se logre una buena maduración. Compartir espacios de juego en familia es fundamental para lograr un sujeto armonioso, seguro y autónomo. Empujarlo desde chico no da garantías de lograrlo.

Secretaria del Departamento de Niños y Adolescentes de la APA

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