
La medida de las cosas: ¿cuáles son los parámetros que usamos para sopesar el énfasis de nuestra vida?
Las cosas en su justa medida. Son estos años adultos y me sigo preguntando cuál será la medida de la vida, la que a lo largo de los tiempos fue torneando mis pasos por cómodos valles y escarpadas cornisas.
Sólo puedo acertar que soy medido para el alcohol, unas copas de vino y un Negroni ocasionalmente llenan mi alma de paz. Más aun cuando la compañía es grata y las conversaciones se hacen extensas y verdaderas. La embriaguez no me sienta. Es tan linda la vida cuando estoy consciente de que no la necesito.
Por lo demás, mi entusiasmo y optimismo son desmedidos, y me han llevado por ciertos caminos adversos y también por muchos días de gloria, allí, en las fronteras de los abrazos y las lágrimas.
Qué frágil es el límite entre el menos, lo justo y el por demás. ¿Quién da las coordenadas para estas sumas y restas? ¿Cuáles son los parámetros que usamos para medir el énfasis de nuestra vida? Dicen que debemos aprender de nuestros errores, pero muchas veces debemos sumar tantos errores para comprender.
Además, acertar tantas veces convive con el riesgo, con esa línea finita entre el golpe y la gloria, y reconozco que la gloria más bella es la que disfrutamos solos, en la caminata del bosque o cuando le hacemos el amor a una ola oceánica, sin el aplauso ajeno.
Todos somos tan distintos, nuestras educaciones fueron moldeando nuestros anhelos y sus consiguientes medidas. El rigor de la niñez deja marcas profundas para luego andar por los días y las noches que nos pertenecen, escribiendo nuestra historia. ¿Somos libres? ¿Somos verdaderamente libres? La libertad de acción y elección la podemos ejercer hasta el limite que deseamos, aunque muchas veces nos dejemos acunar por la comodidad. ¿Por qué arriesgar, si este sillón es tan cómodo y seguro?
Fumé puros tantísimos años, tres por día. El mejor, el más deseado, el de las nueve de la mañana, solo, con café. Ahora fumo cuatro por mes. Pero cuando enciendo un tabaco de la vuelta abajo siento las venas de Cuba, sus habaneras que los enrollan en la parte interior de los muslos, pegándolos con saliva, al menos así me lo hicieron soñar Bizet con su ópera Carmen y Carlos Saura con su fantástica película del mismo nombre, con Antonio Gades, Paco de Lucía y Laura del Sol. La pasión lleva al drama, y éste ha sido el motor de la humanidad. No me canso de pensar y decir que tanto sufrimiento ha inspirado algunas de las más bellas obras de los seres humanos, los poetas rusos con sus destierros en Siberia, Van Gogh con su andar errático, Mahler con su quinta sinfonía, Wagner, Borges, Whitman...
Creo que la alegría y la tristeza duermen juntas. Íntimas, abrazadas en una cama de seda, las dos nos acechan con sus abrazos llevándonos al cielo y al infierno, dos bienes que pertenecen al arte de vivir, a la inmensidad de lo posible.
Ahora, muy callado, en la calma de la Patagonia, solo, me cocino unas papas hervidas sobre un pequeñísimo fuego. Tengo como aderezo sal de mar, una cebolla colorada, el mejor aceite de oliva de mis sierras y un vinagre de tinto añejo. Una vez cocidas las aplasto ligeramente y las hago absorber el vinagre primero, generoso, sin medida, luego el perejil arrancado con las manos y la cebolla picada, y finalmente el aceite de oliva, como si fuera oro, en este atardecer helado. Las como tibias dentro de la cacerola y recuerdo, cuando las comía así, en París, pero con un arenque encima.
Extraño esa ciudad siempre, y las películas de Claude Lelouch Un hombre y una mujer; Los unos y los otros, con el magnífico baile de Jorge Donn en El bolero de Ravel, y La aventura es la aventura. Él dijo: " Todos somos cineastas, nuestros ojos son la mejor cámara del mundo".
Al menos nuestros ojos no tienen medida, lo abarcan todo.
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