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En mi correo privado ingresó esta mañana el siguiente mail: Alejo, te extraño. No escucho tu voz. No siento el calor de tus manos sobre mi cuerpo. Te espero, siempre. Nadia. Parpadeo, y espío por el rabillo del ojo: la sonrisa cómplice de alguna compañera de trabajo, un gesto de seducción impensado. Sólo un círculo muy cerrado de personas conocen mi mail personal. Sin embargo, esta mañana, con el sabor amargo del primer café todavía en la boca y la modorra pesándome en la nuca, leo esas tres líneas de alguien que desea enviarme un mensaje agazapándose en un seudónimo. Nadia no figura entre mis contactos. Nadia me extraña. Dejo mi escritorio, camino escaneando los rostros de las mujeres de la oficina, buscos signos imperceptibles de deseo. Desde el regreso de las vacaciones llevo una barba entrecana que denuncia más de lo que deseo la llegada de los 40 años. Alguna compañera bromea, me provoca. Decidí parecerme a Sean Connery, digo con alguna resignación. Yo pensaría antes en George Clooney, me halaga una mujer de mediana edad. En el correo de esta mañana también hay un mail de Rubén que replica una nota de un periódico: una encuesta realizada entre argentinas revela que las mujeres creen tener mejor sexo a los 40 años. No creo que sea una información relevante para un cazador multitarget como vos, pero quizá te divierta saberlo, Rubén me toca con el botón de su espada. Nadia está en todos lados: en la recepcionista de gruesos labios que me guiña un ojo como no lo había hecho nunca, en la muchachita de tesorería que me regala un beso rozándome la espalda con la palma de su mano (un movimiento largo que dibuja una lenta curva desde el omóplato hasta los bajos de la cintura), en la diseñadora de largas pestañas que se toca con la lengua la comisura de la boca. Nadia me espía, y ha puesto en marcha la maquinaria del acoso sexual con astucia: sabe mover bien las piezas del ajedrez del deseo, como una cazadora sin prisa que sabe aguardar a su presa, rodearla hasta poder someterla. Está leyendo este texto ahora mismo, en las sombras, quizá humedecida por el deseo, o tal vez no: todo es un juego, una trampa, un ardid femenino que se burla de la estúpida vanidad masculina. Hola, guapo, escucho la voz de Penélope, una andaluza que está haciendo una pasantía. Es fea, pero tiene el beneficio de la simpatía y el gracejo de una voz regional llena de unos colores y un énfasis que la vuelven apasionada. Venga, te invito a almorzar. Pues claro, vamos. Camino entonces con ella hasta un barcito ambicioso, camino con la muchacha más fea que he conocido en mucho tiempo: nariz aguileña, ojos desorbitados, brazos desnutridos, un cuerpo delgadísimo sin tetas. La mujer más fea de la Tierra, y sin embargo el cazador serial que hay en mí sueña ya con ella y con su boca, su boca devoradora de dientes perfectos y labios carnosos, la única región de su cuerpo en la que Dios se acordó de ella.
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