
Lejos de los estadios, la escena porteña vibra en reductos donde la experiencia musical es un descubrimiento de todas las semanas
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Más allá de recintos que ya son clásicos de la cartelera porteña, como Niceto, el Konex, La Trastienda o el Salón Pueyrredón, en la última década la ciudad encontró en espacios más o menos pequeños (casi nunca superan las mil butacas) la dimensión adecuada para disfrutar de la música en vivo. En la intimidad con los artistas, en esa proximidad que permite apreciar detalles y en altos estándares de sonido están las claves para hacer de esta selección de venues un circuito de calidad para apreciar y descubrir la música en vivo en Buenos Aires.
<b><i>Samsung Studio</i> | Pasaje 5 de Julio 444 </b>
Dentro del multiespacio M (donde durante años funcionó el emblemático reducto tanguero Michelangelo) se encuentra este salón para recitales, con el escenario a la misma altura que el resto de la sala y donde artistas consagrados como Fito Páez o Catupecu Machu brindan shows con la intimidad y la excelencia acústica (el patrocinador tecnológico no es casual) como argumentos principales.
<b><i>Boris </i>| Gorriti 5568 </b>
Concebido originalmente como un club de jazz, este boliche de Palermo se transformó, gracias a su cocina elaborada, en una buena carta de tragos y en una programación que les hace lugar al blues, a la música cubana, al rock y al pop, en un sitio donde el maridaje entre música y gastronomía funciona casi como religión.
<b><i>Zaguán Sur</i> | Moreno 2320 </b>
Una actualización reducida de Cemento, o un Salón Pueyrredón adaptado, el Zaguán Sur es uno de los boliches que definen al under 2014. La cerveza y el fernet son las bebidas oficiales. Y la cartelera ofrece grupos de rock salvaje como El Perrodiablo y eventos como el Festipulenta, que en su edición número veintidós convocó a revelaciones más o menos recientes como Valentín y los Volcanes, Bestia Bebé y Viva Elástico.
<b><i>La Usina del Arte</i> | Agustín Caffarena 1 </b>
A un paso de Catalinas Sur, el casi centenario edificio de la Compañía Ítalo-Argentina de Electricidad, ahora recuperado por el Gobierno de la Ciudad, es la sede de festivales porteños (tango, jazz), propuestas de música clásica y contemporánea, y plataforma y también artistas emergentes del rock, como los del sello Geiser. Por fuera, la estructura arquitectónica es elegante, anacrónica e imponente. Por dentro, un auditorio construido a nuevo con 1.200 butacas y un confort para volar al ritmo de la música.
<b><i>Club Cultural Matienzo</i> | Pringles 1249 </b>
En el tránsito de la vieja sede de Colegiales a este multiespacio con terraza, tienda y mediateca en Almagro, el Matienzo sumó butacas, una buena oferta gastronómica (tapas, cazuelas, hamburguesas), y se transformó en uno de los centros neurálgicos de la escena emergente porteña. Del rock y el pop a la cumbia o la psicodelia experimental, por su escenario circulan, entre otros, Ezequiel Borra, Los Coming Soon y Kris Alaniz.
<b><i>Sala Siranush</i> | Armenia 1353 </b>
Los aires señoriales que una araña imponente y ciertos detalles decorativos "de época" le dan a este salón integrado a la iglesia armenia no son intimidantes. El piso de madera y una serie de sillones entremezclados con las mesas lo transforman en una suerte de living lujoso pero acogedor, donde artistas de géneros diversos (tango, boleros, pop) potencian su elegancia.
<b><i>Ultra </i>| San Martín 678 </b>
En este reducto del centro porteño, curado por los responsables del sello Ultrapop, es probable encontrarse con Richard Coleman y Daniel Melero. Y es, también, terreno propicio para auspiciosos cruces artísticos: Sebastián Rubín, por ejemplo, reunió a figuras de la escena independiente local para revisitar el cancionero de Abba; Flopa Manza Minimal recrearon su trío en una serie de conciertos memorables, y Manuel Moretti, de Estelares, y Acho Estol, de La Chicana, compartieron escenario por primera vez.
<b><i>Café Vinilo</i> | Gorriti 3780 </b>
Todo eso que podemos englobar bajo el rótulo de "música popular" (canción de autor, tango, proyección folclórica, jazz) convive en este reducto de Almagro, donde la calidez de sus paredes con ladrillo a la vista se refleja en una programación curada con un genuino amor a la música y en un menú que incluye guisos (para el invierno) y picadas.
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