La mutación de los zoológicos: cuáles son las claves de su transformación

Lucila Pinto
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8 de julio de 2018  

En las 18 hectáreas de Palermo, la arquitectura se mantiene como emblema, con 42 edificios patrimoniales, 18 grupos escultóricos y 9 puentes históricos
En las 18 hectáreas de Palermo, la arquitectura se mantiene como emblema, con 42 edificios patrimoniales, 18 grupos escultóricos y 9 puentes históricos Fuente: LA NACION - Crédito: Martín Lucesole

Pasaron dos años desde el anuncio de que el zoológico de Buenos Aires iba a convertirse en ecoparque. El proceso de transformación –de un zoo tradicional a un espacio dedicado a la educación y con presencia sólo de especies autóctonas– está en su etapa inicial. Ya se trasladaron más de 400 animales y todavía quedan 865. Para asociaciones protectoras de animales, como SinZoo y la Asociación de Funcionarios y Abogados por los Derechos de los Animales, el anuncio llegó tarde y el proceso es más lento de lo que debería ser. Desde el ecoparque, que depende del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, responden a esas críticas con explicaciones detalladas sobre lo largo que son los procesos para encontrarle un destino nuevo a un animal exótico, llevar a cabo esa mudanza y realizar las mejoras edilicias, mientras insisten en la necesidad de tratar cada caso con el cuidado y la prudencia que amerita. Más allá de la discusión y la coyuntura de esta transformación en particular, el camino que atraviesa el exparque zoológico de Palermo no es un fenómeno aislado, sino que forma parte de una conversación global.

Existe un consenso sobre el hecho de que los zoológicos, y los circos, ya no pueden ser colecciones de animales exhibidos en jaulas según una lógica de espectáculo. Más allá de casos particulares –sin ir más profundo, sigue existiendo la caza furtiva– la conciencia ambiental y animal en las sociedades occidentales ya no permite anteponer un deseo humano accesorio con el bienestar de las especies. La relación entre los seres humanos y los animales no era la misma cuando, a principios del siglo XIX, las grandes urbes empezaron a llenarse de parques zoológicos como los que siguen en pie hasta hoy, ni cuando en 1875 abrió sus puertas el de Buenos Aires, aunque la idea de coleccionar animales como símbolo de estatus va tan atrás en la historia como hasta los faraones egipcios.

Crédito: Martín Lucesole

A pesar del acuerdo sobre que ya no pueden seguir siendo como eran, los zoológicos aún existen (la Asociación de Zoológicos y Acuarios acredita 232 en el mundo, y 40 solo en América Latina y el Caribe) y lo que sí genera discusión es la pregunta sobre qué debería pasar con ellos. Por un lado, está la corriente que dice que los zoológicos tienen que dejar de existir por completo, que para un animal no existe una situación más justa que estar libre y en la naturaleza. Un zoológico, dicen, nunca será un ecosistema. Esa es la postura de, por ejemplo, la Asociación de Funcionarios y Abogados por los Derechos de los Animales. "Todo animal tiene que gozar de libertad para desarrollar sus comportamientos naturales conforme a su especie", dice Pablo Buompadre, presidente de esa entidad.

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En el mismo sentido se expresa Born Free, una organización internacional que se opone a la explotación de animales salvajes en cautiverio. "Espero que algún día entendamos la futilidad de los zoológicos. A pesar de las declamaciones que algunos hacen, no ofrecen una solución de conservación genuina y confiable, y pueden ser una distracción de los problemas reales de conservación. Tenemos que aceptar que no tenemos derecho a ver animales exóticos a una cercanía conveniente con nuestros hogares. Además, si queremos ver esos animales, su comportamiento y su hábitat, ahora tenemos múltiples maneras virtuales e interactivas de hacerlo. Incluso un documental en la televisión puede decirnos más que una visita un zoológico", opina Chris Draper, jefe de bienestar animal de la fundación. La exigencia del cierre de los zoológicos aparece con picos de fuerza en la opinión pública cuando surgen ejemplos concretos en los que las cosas salieron mal. El ejemplo más reciente es la muerte de Pelusa, la elefanta asiática que sufría de una enfermedad en las patas producto del cautiverio y murió el mes pasado en el Jardín Zoológico y Botánico de La Plata, que también empezó el proceso de convertirse en un parque ecológico.

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Para otros, los zoológicos no tienen que cerrar sus puertas, sino cambiar de misión. El argumento de esa corriente es que, como consecuencia del crecimiento demográfico de la población humana, la sobreexplotación de recursos, la deforestación y la contaminación de ríos, lagos y mares, entre otros, la naturaleza ya no siempre es el mejor lugar para que una especie se desarrolle. "Los zoológicos modernos cumplen un rol fundamental en la conservación de las especies y sus ecosistemas, sobre todo si consideramos que la vida sobre el planeta está sufriendo una situación inédita, que distintas universidades y otras instituciones científicas del mundo han calificado como la ‘Sexta Extinción Masiva de Especies’ desde que hay vida en el planeta. Muchos de los zoológicos son los últimos reductos donde se mantienen grupos de animales que están en peligro de extinción o que ya han desaparecido de la vida silvestre. Los zoológicos, acuarios y centros de conservación son instituciones, que por la naturaleza de su actividad, reúnen a los profesionales e investigadores necesarios y competentes para hacer frente a esta situación", explica Alexandra Guerra, directora ejecutiva de la Asociación Latinoamericana de Parques Zoológicos y Acuarios. Según esa organización, en 2017 los zoológicos y acuarios miembros aportaron un total de 3.500.000 de dólares a la conservación de especies, y rehabilitaron y rescataron a 160.000 animales silvestres.

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Esta misma postura defiende, en la Argentina, la Fundación Temaikèn. Dice Darío Lareu, su director general: "Sin este conocimiento adquirido en manejo animal no se podrían ejecutar acciones de conservación más allá de los límites físicos de las instituciones, que contribuyen a la conservación de poblaciones de animales silvestres en sus áreas naturales y trabajan también con las comunidades locales en la disminución de las amenazas. El esfuerzo científico por mantener poblaciones genéticamente viables, algunas de ellas muy cerca de la extinción en la naturaleza, permite disponer de individuos en caso de necesidad de repoblación en las áreas naturales, y también con mantenimiento de bancos de material genético".

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El siguiente argumento de los que piensan que los zoológicos no tienen que cerrar, sino transformarse, es que para evitar que el hombre siga siendo una amenaza para los animales y los ecosistemas que habitan, el camino es la educación y los parques ecológicos son el vehículo adecuado para proveerla. "Pueden aportar en el contacto intrínseco de las sociedades urbanas con la naturaleza –dicen desde Alpza–, de una forma controlada y respetuosa hacia los animales, dando la oportunidad a millones de niños y adultos de desarrollar una empatía irremplazable hacia los animales, para que adopten una forma de vida sana, que se preocupa del medio ambiente".

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