
La nave de los locos
El 60 por ciento de los internos del hospital neuropsiquiátrico está en condiciones de obtener el alta. Pero se queda en el Borda, que se ha transformado en su único lugar en el mundo. Afuera no tienen adónde ir y se aferran a este universo con reglas propias, donde se cruzan la ficción y la realidad, con muy serios problemas de presupuesto.
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Hay un barrio en Buenos Aires. Dicen que es Barracas al Sur. Allí, desde 1863, está el Hospital Neuropsiquiátrico José T. Borda: un universo que se compone de casi quince hectáreas de terreno, 1258 pacientes, de los cuales el 75 por ciento fue abandonado por sus familiares o ya no los tiene. Un universo con 319 enfermeros, 320 médicos profesionales, 26 líneas telefónicas y 40 teléfonos, una ambulancia, dos camilleros, 45 camas por servicio; con suerte, un enfermero por turno por cada cuarenta enfermos.
E1 enfermero Di Lorenzo está sentado en la sala de enfermería, delante de un poster de San Cayetano y debajo del retrato de Eva Perón. Trabaja desde hace 42 años en el hospital. Tiene el pelo teñido de rojo suave.
-Cuando llega un enfermo excitado a la guardia, ya se monta un operativo con el médico. Un enfermero lo entretiene por adelante y el otro lo va a tomar. Y después inyecta lo que le dice el médico.
Pichi Di Lorenzo dice que la democracia les jugó una mala pasada.
-Nos trató de torturadores, decían que teníamos a 106 desaparecidos. Nosotros teníamos pacientes confusos, pero no desaparecidos. Ahora hay mucho análisis, que yo discutía el otro día con una psicóloga que me decía que medicar es agredir. Yo le decía que no, que si un paciente tiene delirios no hay que dejarlo delirar, hay que medicarlo. La posición analítica es medicar muy por arriba, no una farmacología a full, o sea lo que se llama el chaleco químico.
El 98 por ciento de los pacientes son internados por vía judicial y es vox populi que el 60 por ciento no necesita internación: 750 personas podrían no estar allí. Pero no se van. No tienen adónde. Catalino no tiene dientes y se alisa las arrugas del rostro con un peine chico. Setenta y tres años, mal de Parkinson. El café con leche se le derrama sobre la toalla que le cubre las piernas. Está en el servicio 5 desde 1978, cuando dejó Formosa y se vino a Buenos Aires.
-Extraño la libertad, m´hija. Afuera, por más hambre que pase, uno está libre. Está contento. Las tardes en el hospital me acobardan. Pero mi hermanito le coimeó mi alta al médico y quedé acá.
Un hospital neropsiquiátrico es una ola de dudas, un sitio donde no se sabe quién miente, quién se burla, quién es veraz. Por los pasillos alguien se ríe solo, alguien pasa masticando carne cruda, alguien camina paseando una taza en la cabeza, alguien hunde la cuchara en el guiso y se salpica y no le importa.
El hospital tiene un pabellón central con cuatro pisos, tres pabellones en el parque -uno para enfermos mentales infectados con HIV-, una iglesia, una lavandería, cocina, panadería, morgue y hasta una cárcel: la Unidad 20. El hospital se abre como una flor sin demasiados secretos. Después de varios días, ya se hace costumbre el olor rancio y se hace fácil negarse a los pedidos permanentes de cigarrillos, moneditas, una ficha de teléfono. Ese es el kit Borda: una fichita, una moneda, un pucho.
Es un lugar obvio. Los médicos y directivos dicen que, entre otros cucos, en el imaginario de la gente brilla como un témpano maldito el electroshock aplicado como castigo. En el Borda se hacen etectroshocks. Con anestesia y autorización del juez, dicen.
-El electroshock tiene dos indicaciones -aclara el doctor Fernández Amallo, director asistente de atención médica-: en las melancolías graves y en el estupor ezquizofrénico. Es un enloquecimiento del organismo que lleva directamente a la muerte. Usted le hace un electroshock y enseguida el enfermo reacciona: Hola, doctor, qué suerte, cómo le va, qué dice usted . De otra manera moriría.
Los médicos del hospital encuentran que la terapia electroconvulsiva ofrece buenos resultados terapéuticos en algunos casos.
-En el hospital se hicieron cinco aplicaciones en 1994, ninguna en 1995 y ninguna este año -ilustra el doctor Raúl Kotrva, director del hospital, en su despacho-. Para hacer una terapia electroconvulsiva es necesaria la autorización del juez. Pero creo que nos pasamos del otro lado. Porque hay situaciones en las que hasta podría convenir la terapia electroconvulsiva, pero en este hospital no se utiliza.
El doctor Matterazzi es director asistente de Atención Psiquiátrica y atiende en un despacho pequeño, húmedo, en el que una ventana detrás suyo llega hasta el cielo.
-Acá adentro hay dos visiones de cómo tratar al enfermo mental -reconoce-. Eso existe, negarlo sería una tontera. Nosotros estamos tratando de luchar con profesionales que no han evolucionado. Acá entran mil enfermos y salen mil por año. Pero hay una rémora de un treinta por ciento. Es una rémora social, porque este es un hospital para gente de bajos recursos. No tendría que tener enfermos crónicos. Pero la sociedad es muy hipócrita. Critica a una institución, pero la usa para depositar lo que no le sirve y después habla de que esto es sinónimo de tortura, de abandono, de oscuridad.
Lugar común, el Borda: 375 pacientes están internados desde antes de 1970. El resto de la población está compuesta por pacientes con internaciones más breves, que podrían hacer un tratamiento ambulatorio. Pero no pueden salir. No tienen adónde volver.
-Para que esto funcionara bien -dice Julio García, jefe de enfermería-, tendríamos que tener 400 enfermeros más. Para mí, trabajar acá es un galardón.
La morgue está en medio del parque. Es un edificio antiguo, lleno de luz, descascarado. Sobre las mesas hay frascos de vidrio sucios. Dentro hay fetas de cerebros entumecidas, enturbiadas en un formol que ya no preserva nada. "Juan Pérez - Mal de Parkinson", señalan las etiquetas. "Julio Suárez - esquizofrenia". Trocitos de cerebro inermes, inofensivos. Laberintos inmunes a toda piedad. El techo cae a pedazos sobre ellos.
-Usted se imagina: nuestra prioridad son los vivos, y si no hay presupuesto para los locos vivos, mucho menos para los locos muertos-, dice el doctor Kotrva.
En los servicios se ven estufas, televisores, personas enrolladas en frazadas como larvas de lana. Detrás de puertas de madera amarillo patito se amontonan los cuerpos flojos de treinta mujeres. Una enfermera en la puerta doble de vidrio cuida que nadie salga.
-Pobres -dice la enfermera gorda-, no sé a qué doctor se le ocurrió poner este pabellón de mujeres en un hospital de hombres. No pueden salir porque se embarazan enseguida.
Uno puede irse infinitas veces del Borda. Pero sigue existiendo. Aun de noche. Aun cuando todo se apaga, cuando nos metemos entre las sábanas tibias de algún departamento con cama bien tendida, allá, en Barracas al Sur, hay 1258 hombres que viven como el mundo los deja.
Ahora son las nueve de la noche. Los grillos aturden. Las ventanas del hospital están abiertas. No hay pacientes por los pasillos. El patio estremece con su soledad. Hay que atravesarlo para llegar al servicio 74, adornadito como para boda. E1 servicio, donde funciona la Atención Psicológica en Espacios Compartidos, está bajo las órdenes del licenciado Valenzuela y recibe todos los días en horarios matutinos, vespertinos y hasta nocturnos a los pacientes que quieran acercarse a compartir, jugar, dibujar, conversar, quejarse de las fallas del hospital.
-Acá abrimos la puerta a la noche, entran 70, 100 locos -comenta el licenciado Eduardo Valenzuela-. Es un lugar de tranquilidad, donde impera el orden. Trabajamos mañana, tarde y noche porque acá el paciente después de la una de la tarde no tiene nada más que hacer.
El servicio huele a humo. Sobre una mesa hay tabaco y papel de armar, y los pacientes se acercan y arman cigarros. Néstor es cantante y especialista en artes marciales. Tiene 36 años que dejaron huella.
-Hace dos años que estoy acá. Ya no sé si salgo. Me dan una falopa que me cae mal. Acá, para que el médico te saque la medicación es jodido. Yo estoy en un servicio que hay tipos que se hacen encima, que están relocos. Cuando vine estaba tan muerto de hambre que me comía todo. Entonces alguien me preguntó si quería vivir acá y yo dije que sí. Como vivo solo y mi familia no se quiere hacer cargo, me dicen que no puedo salir, que necesito calor de hogar. Metí la pata.
El documento de identidad de Néstor está marcado con el estigma que hace que toda posibilidad de trabajo desaparezca: Ramón Carrillo 375, la dirección del Borda. Los directivos dicen que es la única manera en que ellos pueden recibir correspondencia. De todos modos, nadie les escribe.
El servicio 30 de Admisión está a cargo del doctor Giudice, un hombre canoso, gordo y bajito. Todo paciente que ingrese en el hospital debe pasar por allí. Además, se atienden todas las crisis del neuropsiquiátrico. Giudice invita a su despacho. En la puerta del servicio, dos guardias de uniforme impiden la entrada y la salida libre.
-Este es un servicio de máxima seguridad, pero eso no quiere decir encierro. Esas dos personas de uniforme no pueden actuar sobre el cuerpo del paciente. Digamos que dos personas que están ahí diciendo: Usted no puede pasar , dan idea de cierta contención.
Giudice camina por el servicio con cierto orgullo presentando a su rebaño. En una de las camas hay un hombre atado con cintas flojas a la cama y un pie envuelto en una venda iodada.
-Este hombre ya está dormido, listo para desatar. Un paciente excitado no tiene control de sus actos. A esto se lo llama contención: se lo ata a la cama con estas cintas, se lo medica, y el cuadro cede en diez o quince minutos. De ninguna manera esto es violencia, pobrecito. La gente que no sabe habla pavadas. Los que hablan de la desmanicomialización no saben lo que dicen. No va a dejar de existir la locura porque no existan los manicomios.
Saca de su escritorio un libro de poemas propios.
-Para mí, la calle es peligrosa, porque me los manda enfermos. Ellos los transformaron en cosas. Nosotros los devolvemos con rasgos humanos. Y al poco tiempo vuelven, como dice mi poesía, con el pulso quebrado.
Calla, modesto y pudoroso, como quien ha dicho algo que debe saberse.
El hospital tiene servicios que ofrecen atención ambulatoria, rápida y sin necesidad de internación, como Consultorios Externos, Atención en Crisis. Tiene, además, servicios que apuntan a hacer más fácil el tramo entre el hospital y el retorno al mundo, como el Hospital de Día (pacientes que concurren a hacer psicoterapia y a tomar su medicación durante el día), el Hospital de Noche (pacientes que durante el día trabajan y se preparan para su próxima alta durmiendo aquí) y Casa de Medio Camino (pacientes con el alta obtenida que utilizan este sitio como hostal hasta solucionar sus problemas de vivienda). De todos modos, estas alternativas, entre todas, no juntan más de 60 plazas. La licenciada Dulce Suaya, directora del servicio de Psicología Aplicada y Orientación Profesional del hospital Borda -uno de los más prestigiosos del país-, trabaja aproximadamente con 12.000 prestaciones anuales.
-El Borda no es un hospital manicomial. Lo manicomial implica encierro y tratamiento con psicofármacos y el 99 por ciento de los profesionales no estamos en esa posición. Ponemos un gran énfasis en las externaciones eficientes, esto es, que no se dé el síntoma de la puerta giratoria: sale hoy y entra mañana en peor estado.
Pero hay quienes sostienen que, en esta época, los megahospitales neuropsiquiátricos no tienen razón de existir.
-Las patologías han cambiado -dice Roger Montenegro, presidente de la Asociación Psiquiátrica de América Latina y miembro del panel de expertos en salud mental de la OMS-. El concepto de gran hospital psiquiátrico que tenía validez hace 200 años ya no tiene sentido. Hoy hay otras patologías, temas vinculados con la violencia doméstica, social, adicciones, depresión, y las necesidades ya no se juegan en torno del hospital, sino en torno de centros de atención primaria, centros de salud mental pequeños.
En la flamante Constitución de la Ciudad de Buenos Aires, dentro del artículo 21, el inciso 12 reza: "Las políticas de salud mental reconocerán la singularidad de los asistidos por su malestar psíquico y su condición de sujetos de derecho, garantizando su atención en los establecimientos estatales. No tienen como fin el control social y erradican el castigo, propenden a la desinstitucionalización progresiva creando una red de servicios y de protección social".
Hoy día, los jueces pueden decidir la internación de un civil que consideren peligroso para sí y para terceros. Los internados en hospitales neuropsiquiátricos no tienen derecho de voto y algunos pierden el derecho sobre sus propios bienes. Silvia Chiarvetti, directora de la carrera de Especialización en Políticas y Administración en Salud Mental de la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires, dice: "La ideología del neuropsiquiátrico es una ideología de hacinamiento, de encierro. Como institución, estos lugares no van más. Pero hay gente que cuando se le habla de desinstitucionalización ve en peligro su fuente de trabajo; entonces hay también presiones sindicales para que no cierren. Nosotros proponemos un cierre progresivo y la creación de casas de medio camino en vez de los recursos que se despilfarran en el hospital".
Alfredo Moffat fue el fundador de Cooperanza, una organización parainstitucional que cumple once años trabajando dentro del hospital y que agrupa a pacientes en distintos talleres artísticos, organiza salidas y funciona como "un alivio para los muchachos".
-El hospital está abandonado, la mayor parte de los tratamientos es farmacológico, no hay rehabilitación terapéutica, pero las autoridades son más progres . No está la brutalidad del electroshock, pero sí hay impregnación medicamentosa Lo enchalecan químicamente y así no j... -comenta Moffat.
El licenciado Miguel Angel Tollo, presidente de la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires, habla en su consultorio de Almagro. El también propone internaciones de pocos días, tratamientos ambulatorios, prevención, una red más amplia de servicios psiquiátricos y descentralización.
-La psiquiatría más tradicional, más aferrada al modelo manicomial, está en el Borda y en el Moyano. Ha entrado mucha gente más progre , con otra visión de la psiquiatría, pero estos profesionales no tienen el poder dentro del hospital. Porque si vos tenés una estrategia de usar muchos medicamentos, vas a tener más poder, porque hay más plata en eso. Y si no, no.
Tollo habla lento, pesando las palabras.
-Y andá a saber lo que pasa con los medicamentos dentro de semejante hospital, qué control hay. El tipo que les da medicamentos a los pacientes... No sé si hay medicamentos ahí dentro.
El hospital gasta más del setenta por ciento del presupuesto otorgado por la Municipalidad en medicamentos. Cada paciente le cuesta más de 60 pesos por día y un sueldo profesional promedio ronda los mil pesos, que suben a dos mil si es jefe de servicio. Su director dice que, de todos modos, para poner el hospital al día faltaría una inyección monetaria de cinco millones de dólares. El Borda es insaciable.
Domingo por la mañana. Cooperanza, que ahora está a cargo de Leia Furman, ha organizado una salida en grupo al Centro Cultural de Parque Chacabuco. Cooperanza, La Colifata, Frente de Artistas y Espacios Compartidos organizan actividades casi de lunes a lunes: talleres, obras de teatro, salidas, películas en video. No se trata de entretener, sino de acompañar. De que todo esto tenga un efecto terapéutico. Alternativo, pero terapéutico al fin. Un colectivo de línea espera en la puerta del hospital. Más de cuarenta pacientes con bolsas de polietileno llenas de galletitas se preparan para salir del hospital.
-Yo les llamo normales a los que no toman pastillas -dice Miguel Rojas, siete años de internación y uno de los integrantes del Frente de Artistas del Borda, un movimiento de pacientes, psicólogos y técnicos que hacen títeres, mímica, teatro, periodismo, yoga, y que cuestionan la existencia del manicomio-. Mi hermana está afuera y está peor que yo. Yo la llamo de acá y le digo: Que te mejores, Rosita .
Miguel se escapó una vez a vender cuadros a Tandil. Volvió, hizo de Barrabás en una obra de teatro, y dice que el hospital lo está agobiando.
-Me mata volver al servicio. No sé, me está pasando algo raro. Ya no me gusta que me vean con los compañeros, no quiero subirme a cantar al escenario con todos esos tipos con cara de locos. A las coordinadoras no les importa porque ellas están del otro lado de la zanja, pero a mí sí. Es raro, antes no me importaba nada.
A las siete, cuando lleguen al hospital, los espera una cena organizada por el servicio 74. Esta tarde apenas vuelven con cinco pesos recaudados entre la gente del parque. Cada tanto, una vez por mes, los espera una salida que rompa la rutina brutal de cada día. Y así el tiempo pasa. Nadie sabe demasiado bien para qué, pero pasa.
Un alambre olímpico divide a los pabellones 14 y 22 del resto del mundo. Sentado bajo los árboles, en una mesita dominguera, recibe un guardia.
-Espere acá. Este es un servicio jorobado, advierte, amable.
Jorobado quiere decir que allí hay enfermos mentales que, además, son HIV positivo. Nadie puede salir, salvo con permiso médico. María Cristina De Marco es la jefa de servicio. Ella y el doctor Hernández son los dos únicos médicos para los 22 pacientes que alberga.
-Todos HIV positivos, con un promedio de internación de entre 30 y 300 días. Pero tenemos además personalidades de acción, pacientes con impulsos por lo general violentos. Lo ideal para ellos sería lo que se llama un hospital jurídico, intermedio entre una cárcel y un hospital psiquiátrico. Acá, apenas si tienen un patiecito para salir. Muchos se van, se escapan porque no toleran el ámbito de encierro. El AZT no nos falta. Lo que nos falta desde hace meses es DDI.
El pabellón es amplio, limpio. Calefones en los baños, camas tendidas, calefacción, televisor, cocina. Quizá sea, junto con Emergencias 1, el servicio más prolijo. En Emergencias 1, los pacientes no pasan más de cuarenta días. La idea que reina es la que defienden muchos: atención rápida y retorno urgente a la sociedad. Una fila de pacientes espera por sus medicamentos.
-Yo estoy acá por drogón y acá me la dan gratis y es legal -dice un muchacho de unos veinte años, mientras intenta sacarse de encima a otro que le pide que le haga una llamada telefónica-. Me tomo las pastas y me voy a volar por ahí...
No hay gritos ni gemidos. Todo parece sumergido en agua. Todo parece un poco irreal. En la sala de guardia, Guillermo Villalobos, a cargo de ésta los lunes, dice que desde el año pasado se incorporó el servicio de Orientación y Evaluación, con cuatro camas, en el que el paciente queda internado durante 24 o 48 horas. Si se considera que la crisis ha pasado, se lo da de alta.
-Esta es la parte más traumática del hospital, el lugar de crisis, de descompensación. El lugar donde hay que tomar decisiones rápidas. Pero no hay violencia en el hospital. Lo que puede haber es un manejo a nivel no te doy permiso para que salgas porque hiciste lío , pero eso es muy difícil de controlar.
Un día de tantos que se confunde con otro día igual, varios pacientes atraviesan el patio acarreando ganchos para levantar las ollas con la comida. En la cocina, Manuel confiesa que son apenas seis por turno para cocinar 360 kilos de comida cuatro veces al día. Una empresa lleva la comida en crudo hasta el hospital y así, sin cocinar, cada una de las cuatro comidas cuesta siete pesos y medio.
-Les damos carne, pollo, duraznos de postre, pastas -dice Manuel, como quien habla de alimentar mascotas-. Ellos tienen que venir a buscar la comida. Nosotros no se la podemos llevar.
Las figuras silenciosas, encorvadas, entran y salen con las ollas que un hombre en cueros carga con un cucharón pantagruélico. También los pacientes son los encargados de llevar 1a ropa a la lavandería, junto a la cocina. Allí, Lidia y Susana se vienen de Claypole cada mañana, desde hace más de veinte años, por setecientos pesos. Trabajan junto con otras tres personas de 7 a 13. Gritan entre los ruidos digestivos de las dos únicas lavadoras que no están rotas y la secadora que debe secar mil kilos de ropa por día.
-No, no desinfectamos nada. Así como viene, va a las lavadoras. Y acá hay muchos incontinentes, pero más que lavandina no les ponemos otra cosa a las máquinas. Encima, no hay ni agua caliente desde febrero -dice Lidia-. Dentro de todo, esta secadora con el calor mata los piojos. Encima, el otro día se incendió la ropería, que ahí hacíamos por lo menos la distribución a cada servicio. La ropa acá la trae y la lleva el mismo paciente. Acá es un abandono, un abandono.
El doctor Giudice decía en el servicio 30 que al paciente no se lo hace trabajar, pero que algunas tareas se le encargan para que se mantenga ocupado.
-Así, ya desde acá adentro logra reinsertarse en la sociedad -dice orgulloso, casi envalentonado.
Tarde radiante. Cooperanza cumpliendo su rutina de organizar, en el patio del hospital, todos los sábados talleres de plástica, dibujo, artesanías, música. Marcelo se acerca caminando por el patio. Tiene en la cabeza un almácigo de costurones, la cabeza misma torcida para siempre en un gesto que enternece. Es bajo y corpulento, y quiere besos y abrazos. Apalea un bombo sin ritmo, canta en un micrófono casi sin voz. Claudio tiene patillas a lo Elvis y un pelo largo. Tocaba el saxo, en alguna vida que dejó olvidada por allá por 1988, cuando tuvo su primera internación.
-Vuelvo acá porque se arman unos despelotes terribles en casa. La falta de laburo ya alcanza para armar un q... esdrújulo. Acá, cuando ven a un tipo lúcido lo retienen. Si estás bien, ya de hecho tenés que ayudar en el pabellón. Y te ponen en el documento la dirección de acá... como diciendo usted es de acá, porque está lo que es de acá y lo que no es de acá . ¡Qué de acá! Vos estas loco, viejo, yo no soy de acá un c..., y tené cuidado con tus mensajes, que están todos cambiados.
Desde un rincón, transmite La Colifata. Con cinco años de existencia, es la primera radio del mundo que transmite desde dentro de un neuropsiquiátrico. Los pacientes, o quien quiera o tenga algo para decir, se acercan al micrófono y hacen entrevistas, cuentan sus vidas, piensan en voz alta. Junto a un tapial, como un recorte de sombras, está el hombre pájaro. Oscuro, vestido con jeans y gorra, la piel del color del barro. Está en cuclillas porque vive en cuclillas. Hace cuatro años que no sale del hospital. Vigila la nada desde un rincón. Hunde la cara entre las manos. Nada lo toca. Todo lo separa.
-Yo pensé que era mudo o sordo -dice Leia Furman- y un día se acercó al taller de artesanías y empezó a hacer cositas con parsec, hermosas. Hoy está así porque espera el taller de artesanías. Pero no va a haber, porque no tenemos parsec. El que nos donaron se acabó.
Los voluntarios reparten cigarrillos Achalay. Félix, un provinciano morocho, aparece en camisa blanca y pantalón azul. Envarado, con pulcritud y respeto, ofrece canciones a la señorita periodista como quien ofrece joyas.
-Yo soy monedita de oro/ pa´ caerle bien a todos...
Cuando termina, cuatro o cinco pacientes tocan armónica, pandereta, bombo y guitarra. Cada uno toca como puede, como quiere, en una orquesta imposible. De los rincones de quién sabe qué memoria cantan Ella ya me olvidó, El oso, Confesiones de invierno, Mañanas campestres . El hombre pájaro seguirá esperando toda la tarde, inútilmente. Tirados en el pasto, sonriéndole al cielo, parece que no les quedara nada más en el mundo que esto: un pedazo de jardín, la música, los médicos, las enfermeras, los medicamentos. El Borda.
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