La Paternal

Albergue de tango y futbol

Con su añejo encanto, La Paternal es como un álbum de fotografías: lleva a la nostalgia, genera alegrías y tristezas, apura exclamaciones y nunca deja de sorprender
(0)
5 de noviembre de 2000  

Si es cierto eso de que uno es dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras, el barrio bien puede ser dueño de sus secretos y esclavo de su historia. ¿Por qué no?

¿Por qué no aplicar, con una mínima variante, aquel dicho popular a un trazo geográfico, a un pedacito de mapa que, sin embargo, lo presentamos como un mundo, el mundo propio, íntimo, razón de nuestro orgullo y nuestras quejas, pero insustituible al fin?

El barrio porteño es un estilo de vida. Es tango y fútbol; es pasión y rivalidad; es arrogancia y misterio; es identidad y apariencia. Es dolor, placer, risas y lágrimas. Es verdad y mentira: son 47, en realidad, pero, quién se atreve a discutirle a Alberto Castillo "cien barrios porteños, cien barrios de amor, cien barrios metidos... en mi corazón".

Un barriólogo de alma es, sin duda, el periodista Norberto H. García Rozada. Esto escribió alguna vez, en las páginas de La Nacion: "El barrio es, en definitiva, tan intangible como el amor, por mucho que burocráticas exigencias le hayan fijado límites y nombres oficiales. Es el imprescindible escalón intermedio entre el afecto por la casa en que se vive y el orgullo que suscita la ciudad, que es patrimonio de cada uno de sus vecinos ya sea por nacimiento o por adopción. Es recuerdos del pasado, vivencias del presente y esperanzas de futuro. Es el personalísimo sentimiento de cada uno de sus vecinos, voluntaria o involuntariamente trasvasado y asimilado a la vida en comunidad".

Hay quienes dicen que La Paternal lleva ese nombre por influencia de una compañía de Seguros, propietaria de varios terrenos. Y hay quienes dicen que surgió de una pulpería, parador obligado de las carretas que rumbeaban, penosamente, hacia Luján.

Por aquellos tiempos, alrededor de 1850, empezaba a tomar forma lo que medio siglo después, con los primeros adoquines de granito, iba a convertirse, ciertamente, en uno de los iconos de Buenos Aires.

Si el origen de La Paternal -su nombre, en realidad- se cuenta con más dudas que certezas, una vez iniciados los dibujos del incipiente barrio, nada iba a detener su marcha.

Empezó a crecer, codeándose con barrios que ya eran, o pronto serían: Agronomía, Villa del Parque, Villa general Mitre, Villa Crespo, Chacarita y Villa Ortúzar; y le pusieron límites: San Martín, Alvarez Jonte, Gavilán, Arregui, Chorroarín, Del Campo, Garmendia, Warnes y Paysandú.

Como en todas las historias, hay capítulos imborrables, y hay otros, ciertamente olvidables.

De los varios orgullos que pueden enumerar los vecinos de La Paternal, uno de los más preciados es, justamente, el puente de la avenida San Martín, entre Chorroarín y Punta Arenas, sobre las vías del ferrocarril San Martín. Se trata de uno de los primeros puentes construidos en Buenos Aires. La obra, que arrancó en 1906, permaneció inactiva hasta 1923, cuando fue reiniciada. En 1994 se lo rebautizó con el nombre de Puente Julio Cortázar.

En la otra vereda de la historia, donde se amontonan las cosas olvidables, el Albergue Warnes fue también un símbolo de lo peor de Buenos Aires.

El 16 de marzo de 1991, quinientos kilogramos de gelinita convirtieron en polvo un mamotreto de cemento que había sido construido en 1950 por la Fundación Eva Perón para que funcionara como hospital de niños y de epidemiología infantil.

La sinrazón se impuso, y terminó siendo un vaciadero de basura y reducto de delincuentes. Ahora, hay un hipermercado. La Paternal, con su añeja fascinación, es como un álbum familiar de fotografías: lleva a la nostalgia, provoca alegrías y tristezas, apura exclamaciones y nunca deja de sorprender. Los tablones de la vieja cancha de Argentinos Juniors le están cediendo paso a las tribunas de cemento.

Warnes, desde Paysandú hasta las vías del ferrocarril San Martín, la avenida de los repuestos de automóviles, late como siempre, con sus ofertas y sus sospechas. El hospital Dr. Torcuato de Alvear, antiguo ejemplo de un país generoso en presupuestos para la salud, sigue aguantando sobre sus cimientos noventa años de existencia.

De casas bajas y calles tranquilas, adoquinadas, todavía, muchas de ellas, La Paternal evoca en silencio a quienes alimentaron una buena parte de su bohemia. A Osvaldo Fresedo se lo recuerda tanto por su famosa orquesta como por su apodo, el Pibe de La Paternal; Favaloro organizó y dirigió durante mucho tiempo el servicio de cardiología del hospital Alvear; Maradona fue primero un cebollita de Argentinos Juniors y, enseguida, a los 16 años, debutó en la primera, sumándose al plantel de los bichitos colorados de La Paternal; Alfredo Bufano tiene una chapa en una de sus calles; César Tiempo gastó cantidades de tinta escribiendo en su casa de La Paternal, y Julio Cortázar no desaprovechó el paisaje barrial para contar que "... el Cuyano pasó bajo el puente de la avenida San Martín, y oímos sus pitadas de desollado vivo" Se afirma, y no sin razón, que el fileteado, junto con el tango, el obelisco y el mate, es un símbolo de nuestra identidad nacional.

Surgió en Buenos Aires, allá por 1900, y sus raíces están en la bohemia porteña. Y si La Paternal es bohemia, el fileteado, allí, tiene mucho que ver con sus reductos tangueros y sus viejos adoquines.

Aunque no existe un registro que pruebe de manera fehaciente quiénes fueron los precursores del fileteado, los borradores de la historia hablan de tres inmigrantes italianos, Cecilio Pascarella, Vicente Brunetti y Salvador Venturo, como los iniciadores de esta llamativa y silenciosa técnica.

Nacido en La Paternal hace 34 años -vive allí desde entonces-, Alfredo Genovese, egresado de la Escuela Nacional de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón y que desde 1998 dicta cursos en el Centro Cultural Ricardo Rojas, es uno de los más reconocidos fileteadores argentinos. Discípulo de León Untroib y de Ricardo Gómez, cuenta lo que sabe acerca de aquellos inmigrantes: "Vicente Brunetti, según cuenta su hijo Enrique, fue el primero que aplicó un color alternativo al gris municipal que se usaba siempre en los flancos de los carros, dando así el primer paso de toda la decoración que luego se desarrolló. Cecilio Pascarella se caracterizó por incorporar las leyendas escritas con letras góticas, que en la jerga filetera se llamaba ergóstrica, imitando a los costosos letristas franceces de la época. Y Miguel Venturo, hijo de Salvador, fue el que diseñó por primera vez las flores características del género, además de incorporar toda una serie de nuevos elementos decorativos. Cada cultura tiene su pintura decorativa, y muchas en los vehículos. Pero el fileteado tiene características absolutamente argentinas".

El fileteado porteño es un arte decorativo que estalló en los arrabales y en las fábricas de carros -carros que chirriaban lastimosamente sobre los adoquines de todos los barrios del viejo Buenos Aires-, como respuesta a los aburridos grises que profundizaban aún más los ojos tristes de la ciudad.

Durante décadas se lo tomó al fileteado como un género menor de las artes plásticas. Igual que el tango, carece de una fecha precisa que determine su aparición.

Como delgadas venas multicolores -filete significa línea, en latín-, el fileteado no es sólo ornamentación; es un estado de ánimo que el artista plasma en lo que tiene por delante, y es, sin duda, una manifestación de los valores socioculturales del hombre de Buenos Aires: el cartel de un bar, la trompa de un colectivo, las puertas de los camiones, muebles, marquesinas, portadas de discos y libros son algunos, tan sólo algunos, de sus escenarios.

El fileteado porteño nació sin estridencias; se popularizó en la década del 40; tuvo su primer intento serio de valorización en 1970 con la muestra realizada en la galería Wildestein por Esther Barujel y Nicolás Rubió; llegó al cuadro de caballete de la mano de Arce en 1971, cuando pinta y firma cuadros con el maestro Antonio Berni exponiendo las obras en numerosas galerías de arte y museos de la Argentina y del exterior; vio su ocaso en 1975, cuando una ordenanza municipal prohibió el fileteado de los colectivos en la ciudad de Buenos Aires, provocando su desaparición casi definitiva en los medios de transporte, y languideció por fallecimiento de muchos maestros y por ausencia de discípulos.

"Tal vez -razona Genovese-, esta desaparición fue necesaria para que el fileteado comenzase a ganar otros lugares. Como consecuencia de esta revalorización, y paralelamente a ella, fue adquiriendo otra significación al convertirse en emblema de la ciudad junto a su género musical característico, el tango. Este proceso no ha sido muy documentado, pero desde hace aproximadamente diez años el fileteado se unió al tango como reconocida manifestación de la identidad porteña."

Ya no quedan arrabales ni fábricas de carros. Pero hay un lugar en Buenos Aires que si uno cierra los ojos, por ahí, quién le dice, vuelve a escuchar el repicar agudo de las herraduras de los caballos sobre los adoquines.

Si uno entra a tomar un café en el bar El taxi, enfrente del Alvear, y a un costado de lo que fue el albergue Warnes, y se acomoda sobre el ventanal de la esquina, y lo ve a don Iglesias, el dueño, barriendo las hojas de la vereda, si uno cierra los ojos, por ahí, quién le dice, vuelve a escuchar el pitazo de una máquina de vapor avisando la llegada a la estación.

Si uno se mete a hablar con don Ernesto, el dueño de la ferretería Tito, en El Cano al 4000, en el corazón de un conjunto de manzanas que los vecinos bautizaron La Isla, si uno cierra los ojos, por ahí, quién le dice, vuelve a escuchar el ruidito de las fichas de dominó desparramándose sobre una mesa de madera, en el Club Floreal, trinchera de jubilados a la hora del copetín.

Si uno cierra los ojos, La Paternal, dueña de sus silencios, le dará más de una sorpresa. Seguro que sí.

ADEMÁS

MÁS LEÍDAS DE Lifestyle

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.