En su segundo opus, Santiago Mitre entrega una remake de La patota, el clásico thriller de Daniel Tinayre, ambientado ahora en una zona carenciada de Formosa.
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Empecemos por lo evidente: salvo cuando se trata de comedias anodinas, es poco frecuente que el cine argentino haga remakes de sus propias películas. En algún punto es una falencia, dado que las remakes vuelven a poner en circulación y en discusión los clásicos. Las versiones y reversiones de un mito lo fijan, aunque esto pueda parecer paradójico en un arte que fija –en imágenes– las ideas.
Santiago Mitre –director y guionista– y Mariano Llinás –guionista y productor– tomaron un hiperclásico de Daniel Tinayre, La patota, y lo rehicieron. Ayer fue Mirtha Legrand, hoy es Dolores Fonzi. Aquella vez, una profesora de psicología era atacada, encapuchada y violada –por error– por sus alumnos. Aquí es distinto: una chica que trabaja para un proyecto social del Estado viaja a una zona carenciada de Formosa, es violada por otra patota, pero decide volver a trabajar mientras el clima a su alrededor se tensa. En ambos casos, se trata de un thriller en el sentido más literal del término: el asunto causa escalofríos y mantiene tenso al espectador.
Pero en el largometraje de Tinayre, si bien sabíamos que era Buenos Aires y que el barrio donde ocurría el drama era pesado, y si bien figura en la película la diferencia de clases (ella es hija de un juez, sus atacantes son hijos de trabajadores que van a "la nocturna"), el ambiente no era del todo explícito. En el cuento había algo también de La letra escarlata, la novela clásica de Nathaniel Hawthorne: la mujer, por quedar embarazada, es repudiada por su propio entorno y eso la va empujando a la tragedia. Tinayre hablaba de algo más universal y no denunciaba un estado de cosas puntual de aquellos años. En La patota (de Mitre) todo es diferente en ese sentido. Sabemos dónde estamos, sabemos de qué se trata; incluso conocemos esos planes de educación democrática y a quienes con no poco idealismo se dedican a ellos. Sabemos, también, que la sociedad es violenta en más de un sentido. Y la Argentina que nos rodea está presente con nombre y apellido.
Pero la operación sigue siendo la misma que en El estudiante, el film que nos dio a conocer a Santiago Mitre. De tan puntual y tan conocido el ambiente, se puede contrabandear algo universal. En aquella película era la naturaleza del poder. Y La patota recurre a la misma estrategia y discurre sobre el poder y sobre cómo ese poder envilece. También aborda el desconcierto, cómo seguir adelante cuando la realidad crea en la propia carne las huellas de las contradicciones en las que no queremos creer. Y tanto en La letra escarlata como en La patota original, el asunto gira alrededor de la justicia. De su naturaleza, sus posibilidades y probabilidades.
El film incluye en el elenco a Esteban Lamothe, a Oscar Martínez como el padre de Paulina, la protagonista de la historia, y a Verónica Llinás. Para cuando lean este texto, la película ya habrá pasado por la Semana de la Crítica del Festival de Cannes y estará a punto de estrenarse en nuestro país. Seguramente no va a pasar inadvertida, y es probable que desate polémicas extracinematográficas. Aquí diremos que lo que más importa es que se trata de cine y que el juego de las diferencias le juega a favor: lo universal permanece más allá de cualquier contexto. Y La patota es una película universal, de las que uno recuerda no como documento del mundo que fue, sino como recordatorio del que sigue siendo.










