
La sensatez necesaria para preservar espacios de juego
De las 24 horas de un día, un escolar duerme entre 9 y 10 horas, destina otras 10 a la escuela y en las escasas 4 restantes, nos preguntamos: ¿caben más "deberes"?
La ingeniería de la vida cotidiana pide sensatez. Los adultos intervenimos ayudando a graduar estímulos y administrar tiempos razonables en el organigrama vital de los niños. La idea es evitar excesos y desequilibrios. Y justamente es esa distribución tan despareja la principal razón para cuestionar una asignación de más tiempo para las tareas escolares. No es que haya que proscribirlas, pero tampoco auspiciarlas como rutina.
Si la calidad del trabajo en la escuela es adecuada, los niños no necesitan agregar ejercitación domiciliaria. Bueno sería en cambio que queden motivados, inquietos y con curiosidad por aprender.
Aquello que sí falta en la infancia es tiempo de jugar, ¡que sin duda es el mejor! Al volver a casa, luego de una jornada académica extensa, hay en los chicos una fuerte necesidad de desconectarse de actividades pautadas.
Aterrados por el fantasma y el poder magnético de la tecnología, los padres buscan contrarrestarlo tercerizando los tiempos vacantes de sus hijos. Clases de idioma, canto, escuela de fútbol y otras ofertas interesantes, que responden a las leyes del mercado, aprietan el cronograma infantil.
Coordinando este complejo mapa, hay madres y padres que corren agotados para cubrir sus responsabilidades múltiples. Ellos mismos -los adultos- terminan padeciendo aquello que eligieron. En cuanto a los chicos llegan al fin del día con fastidio e insatisfechos.
¡Y aún faltan deberes! No sirve convertirse en maestra particular del propio hijo. Tampoco conviene arriesgar con tironeos miopes la precaria armonía que consigue la convivencia familiar al promediar el día. Esa tensión contamina los acotados espacios de intercambio familiar, generando malestar, irritación y salidas al paso poco productivas.
El riesgo de esta estrategia parental y escolar es que ahoga la natural disposición del niño a jugar con libertad. La experiencia lúdica y el escenario del juego necesitan en la niñez ser preservados sin tanto atropello. Tener presente la condición subjetivante del jugar de los niños quizá nos ayude a jerarquizar y propiciar su despliegue.
El atosigamiento de tareas, lejos de despertar interés, satura la genuina atracción que tienen los más chicos por el conocimiento. El motor que pone en marcha el deseo de saber habita en ellos mismos. Nos queda a los adultos descubrirlo creativamente.
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