La traición del miedo escénico

Hernán Iglesias Illa
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15 de agosto de 2015  

Una noche de 1989, mientras hacía de Hamlet en el National Theatre de Londres, Daniel Day-Lewis se dio media vuelta en medio de la función y se fue a su casa. "Sentí que ya no tenía nada dentro mío, nada para decir, nada para dar", explicó después. Con los años, Day-Lewis se convirtió en uno de los actores de cine más prestigiosos. Pero jamás volvió a pisar un escenario de teatro.

Después de 60 años de carrera, Martha Argerich todavía sufre de un terrible miedo escénico. Hace mucho tiempo que trata de no estar sola durante la función y dice que ha hecho las cosas más improbables, como cortarse un dedo a propósito, para cancelar conciertos que la aterrorizaban especialmente. A principios de los 80, estuvo varios años sin tocar en público por el miedo que le daba enfrentarse a la dura mirada de la platea.

En un recital en el Central Park de Nueva York, en 1967, frente a más de cien mil personas, Barbra Streisand se olvidó varias veces las letras de las canciones. Estuvo más de dos décadas sin cantar en vivo. El año pasado, Joaquín Sabina abandonó por la mitad un recital en el Palacio de los Deportes, en Madrid, porque no aguantaba el pánico que le producía seguir cantando.

Podría seguir con estos ejemplos hasta el infinito, porque me parecen paradójicos -uno espera de las personas exitosas que se sientan cómodas haciendo aquello que las ha hecho exitosas- y porque, un poco venenosamente, me reconfortan: me recuerdan que al final nadie está demasiado seguro de nada, que todos tenemos miedo de ser un fraude (o de ser descubiertos como fraudes) y que, como en el patio del colegio, la aprobación de los demás y el miedo al ridículo son cosas de las que uno casi nunca logra liberarse del todo.

Hace poco la vi a Argerich en el Colón, en un dúo con Daniel Barenboim. Llegó, se sentó y se puso a tocar, más como un tornado que como una brisa, sacudiendo las teclas con una fuerza, una autoridad y una velocidad tremendas. En una primera reacción, me cuesta pensar ahora que esa misma Argerich, tan elocuente y soñadora, tan distinta a los demás humanos, probablemente, haya sufrido mareos, ansiedad o vómitos en las horas anteriores a la función: que me haya tenido miedo a mí. Y, sin embargo, pensándolo un poco más, imagino que puede haber una conexión entre su inseguridad y ese estado tan milagroso de conexión entre técnica, cuerpo y sentimiento. Es tan difícil lo que hace, y tan improbable, que quizá teme que el milagro se va a terminar y que esta noche es, por fin, la noche del desenmascaramiento.

En los últimos meses, tuve que hablar varias veces en público, algo que no había hecho antes. Aunque voy mejorando, sigo poniéndome muy nervioso antes de empezar, tengo miedo de ser un desastre, de que el público descubra que soy un impostor. Pero después empiezo a hablar, las palabras empiezan a salir como si las dijera otro (me cuesta acordarme de qué dije y qué no) y logro salir vivo de la trampa. Incluso a veces alguien viene y me felicita, lo que me deja absolutamente perplejo. Me consuela sentirme como Cicerón, el gran orador romano, a quien le preguntaron si se ponía nervioso antes de hablar, y contestó: "Me pongo pálido antes de cada discurso, me tiemblan las extremidades". Si a Cicerón le pasa, si Day-Lewis dejó de hacerlo, si Barbra Streisand tardó 20 años en reponerse de un mal día, si a Martha Argerich, después de medio siglo, todavía le pasa -si Messi a veces vomita en la cancha-, entonces cómo no me voy a poner nervioso yo, que soy un fraude, un recién llegado, un impostor.

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