La trampa del cambio climático: ¿quién se hace responsable?

Frente a los discursos vacíos, la salida está en la figura del "ambientalista imperfecto": aquel que simplemente elige una causa y aporta lo que está a su alcance
Frente a los discursos vacíos, la salida está en la figura del "ambientalista imperfecto": aquel que simplemente elige una causa y aporta lo que está a su alcance
Manuel Torino
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10 de agosto de 2019  • 00:00

Si todos somos responsables de algo, nadie lo es. Esta generalización nos libera de culpas cuando hablamos de los grandes temas, como la educación o la democracia. Pero también del cambio climático.

La crisis ambiental global es la mayor amenaza de nuestra era. Sin embargo, es un hecho tan abrumador -aquello de arruinar el único planeta que tenemos y de eventualmente extinguir al propio ser humano- que la gran mayoría no hace nada para evitarlo.

A esta paradoja, autores como Jonathan Frazen, uno de los novelistas estadounidenses vivos más aclamados pero también una de las voces ecologistas más lúcidas, la llaman "la trampa del cambio climático". Para ponerlo de otro modo: acciones ínfimas como dejar el agua corriendo mientras nos lavamos los dientes o no desconectar la PC durante la noche no están ligadas directamente al aumento de la temperatura global. Ni al sufrimiento del oso polar. Así que para qué cambiar de hábitos.

Como reacción a esta inacción, el ecologismo más radical propone imponer medidas drásticas. Por ejemplo: dejar de comer carne. Al respecto, todavía siguen los coletazos -por no decir rebencazos- de la guerra gauchos vs. veganos en La Rural, un diálogo de sordos que, sin embargo, permitió visibilizar a una figura que suma cada vez más adeptos: el ambientalista imperfecto.

"No necesitamos un ambientalista perfecto. Necesitamos millones de ambientalistas imperfectos tomando acción todos los días", explica Dafna Nudelman, especialista en sustentabilidad y activista por el consumo responsable. "Creo que es necesario que alguien levante la voz ante la emergencia climática. De hecho, los científicos de los años 80's se arrepienten de no haber tenido el sentido de la urgencia para comunicar los primeros estudios sobre cambio climático con más vehemencia. Pero está claro que el activismo radical no es extensible a toda la población. Lo que se necesita es un cambio cultural masivo, que está lejos de la perfección".

Ni yihadistas ambientales ni negacionistas climáticos: el camino, como de costumbre, parece ser la avenida del medio. Volviendo a la carne, quizás la respuesta en el país del asado sea el flexitarianismo. Esta variante propone seguir una dieta esencialmente vegetariana y sólo una vez por semana disfrutar un buen bife de chorizo.

Si el lector se sintió identificado con esta dieta, deberá saber que no está solo: es una práctica cada vez más extendida en los países desarrollados. De hecho, según una investigación de la Universidad de Oxford publicada en 2018, si todos adoptáramos este hábito, las emisiones de gases de efecto invernadero provenientes de la agricultura, que hoy aportan el 23% del total, se reducirían a más de la mitad.

"Como dice el refrán, 'lo perfecto es enemigo de lo bueno'. La radicalización puede ser una herramienta para instalar una temática que es urgente en la agenda, pero las soluciones se construyen a partir de la negociación y el consenso", aporta Manuel Jaramillo, director ejecutivo de Fundación Vida Silvestre.

Protegé lo que amás

Sin dudas, quienes levantan la bandera del ambientalista imperfecto en la Argentina son las nuevas generaciones. Un reciente trabajo de la consultora Ipsos titulado "Generación Z: Hacia una política de la sensibilidad", señala que este grupo etario que va de los 16 a 24 años -y que representa el 22% del padrón electoral, por cierto- tiene a la crisis climática como una de sus principales causas.

¿De dónde surge este interés ambiental? Para Máximo Mazzoco, fundador de EcoHouse, una ONG que promueve el desarrollo sostenible, "en realidad son nativos digitales y por ende son más conscientes de los problemas ambientales. Lo que los distingue de la generación anterior es que hay mucha más información disponible. Eso hace que muchos chicos se despierten".

A la hora de pasar a la acción, el ambientalista imperfecto lo hace sin culpas. Simplemente elige una causa y aporta lo que está a su alcance: algunos deciden usar la bicicleta para moverse en la ciudad, otros prefieren consumir menos plástico, plantar árboles o bien proteger a especies en peligro de extinción.

"Cuando una persona que ignoraba el problema ambiental finalmente lo entiende, es habitual que se asuste, porque es tan grande que lo excede", opina Charly Alberti, ex baterista de Soda Stereo y activo divulgador del paradigma sustentable desde su fundación R21. Y agrega en diálogo con LA NACIÓN: "La solución pasa por una sumatoria de pequeñas acciones de gente protegiendo lo que ama. Si te gusta la montaña, entonces focalizá ahí y encontrá la forma de defenderla. Si te gusta la playa, lo mismo".

Se trata, al fin de cuentas, de ser más conscientes de nuestro impacto ambiental y de darle importancia a los pequeños actos. De ser mejores, no perfectos.

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