
¿Nos pondremos alguna vez de acuerdo?
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"Desvestite": el imperativo, en boca de un organismo oficial, puede conducir a la confusión: ¿se alienta a la orgía pública? Los afiches gubernamentales que se exhiben en las calles porteñas este verano muestran al hombre de panza chatísima en el acto juguetón de sacarse la remera y a la mujer de intención pícara mientras retoza en la cama ("Destapate", se le ordena a ella). Pero ahí donde no se promueva el nudismo indiscriminado sino que se prevenga el corte de luz estival, el Estado toma partido en una discusión histórica:"Poné tu aire acondicionado siempre en 24 grados", se concluye.
La eterna guerra de los sexos podrá declarar un ganador el día en que alguien triunfe en la lucha por la temperatura del dormitorio. Convertida en un nuevo derecho humano, la potestad del control remoto marcará la ampliación del campo de batalla: cada verano, él querrá vivir dentro de una heladera y ella se quejará del frío persistente. Y si hubiera que zanjar la discusión con una decisión salomónica, que el eslogan oficial tenga peso de ley: "El clima lo hacés vos". Archívese.
Con una ilusión de cuero curtido, el hombre fantasea con ser un incongelable guardián de Invernalia, el mítico territorio helado de Game of Thrones, donde la advertencia se repite como una premonición agorera: "El invierno está llegando". Si en ninguna fantasía infantil el Capitán Frío fue más seductor que el Guasón, en la adultez el hombre necesita el aire acondicionado como un motor el líquido refrigerante y a 17 grados.
Una peculiar noción de hombría se impone en aquel que transpira demasiado: aunque sea un ratón de oficina, el varón promedio se imagina como una masa de músculos en combustión que necesita del frío para funcionar, sin temblores ni sentimentalismos: ¿acaso una antigua novia no lo había acusado de "ser un témpano"? Al llegar de la calle, querrá entrar en su departamento como un fiambre va derecho al estante superior de la heladera: ambiciona el golpe de aire como un soplido del inclemente Bóreas, dios griego del frío, sin temor a la contractura o al bizqueo permanente. Solo el débil andará moqueando. "Soy un hombre libre y soberano… siempre y cuando mi mujer me lo permita", era el chiste que hacía mi abuelo para cada sobremesa: en la pelea por el aire acondicionado siempre perdía.
Aun en la fantasía heroica, el varón evitará la rencilla nocturna con la misma convicción con que un soldado de Invernalia le escapa a la guerra que intuye perdida: lo importante es servir para otra batalla. En la noche llena de estío, concederá unos grados como quien resigna Kamchatka: en cualquier caso, y aunque su panza sea mucho más ancha que la de aquel modelo nacional y popular, podrá hacer caso de la orden, sacarse la ropa para apagar tanto fuego y, por fin, alcanzar el clímax.





