
La veleta loca
La nostalgia por tiempos idos hace rememorar infancias felices, cuando sin tanto conocimiento teórico los ahora analistas severos reían a carcajadas desde sus butacas
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La valoración de obras artísticas está sujeta a factores objetivos y subjetivos, a modas, preceptos, cánones y corrientes de opinión que giran cual veletas locas en medio de los vendavales de la historia y a veces de la histeria colectiva.
No es ninguna novedad el hecho de que muchos genios del arte hayan muerto en la miseria porque sus obras fueron rechazadas por sus contemporáneos y revalorizadas muchos años más tarde. Es clásico el ejemplo de Van Gogh cuyos cuadros se cotizan en millones de dólares hoy, hecho que nunca pudo imaginar el maestro hundido en la pobreza, la incomprensión y la locura.
Desgraciadamente esto se ha dado y se sigue dando aún en los géneros más populares, en los que se supone que el reconocimiento debería ser mucho más inmediato. Si bien lo es en lo que al público concierne, en estos casos son los críticos los que marginan y destrozan a esos productos desde la indignación hasta la burla feroz y la diatriba más severa. Se nota esta tendencia en el cine y la televisión. Productos que en el momento de su estreno son fulminados por la crítica se convierten veinte años después en obras de culto. Los que defienden esas producciones ponen el acento en el toque bizarro de lo que "es tan malo que de tan malo cruza la raya y se convierte en genial, pues hay que ser un genio para hacerlo tan mal". El razonamiento puede ser muy discutible, pero tiene su lógica y su explicación. Las películas cómicas de los años 40 y 50, rutinarias, simplonas y de bajo nivel intelectual, acusadas en su época de burdas y torpes, son, por oposición a las de los 80 y 90, mucho menos agresivas en lenguaje e imagen, no tienen chistes escatológicos y carecen de escenas lindantes con la pornografía. Por lo tanto, se hacen acreedoras a un cierto respeto moral por críticos más mojigatos que objetivos.
La nostalgia por tiempos idos hace rememorar al observador infancias felices cuando sin tanto conocimiento teórico de cine club los ahora analistas severos reían a carcajadas desde sus butacas de cine de barrio. Hay, además, evoluciones en las sociedades que llevan a descubrir valores ocultos, ingeniosas gambetas a las censuras de algunas épocas o sucesos históricos que ayudan a la revalorización de creadores incomprendidos en su momento porque se adelantaron demasiado a su época.
En el cine cómico norteamericano, y desde allí hacia el mundo, los hermanos Marx o Charles Chaplin, distintos entre sí pero igualmente geniales, tenían prestigio, mientras que Abbot y Costello, a pesar de su éxito masivo, eran considerados como bufones de tercera categoría, cultores de humor primario y repetitivo. Al igual que los inefables Tres chiflados, años más tarde sin que Chaplin y los Marx fueran olvidados, los otrora burdos entraron en la categoría mitológica de los grandes generadores de risa y diversión.
Nuestros maravillosos Cinco grandes del buen humor (Jorge Luz, el Pato Carret, Guillermo Rico, Zelmar Gueñol y Juan Carlos Cambón), arrasaban en la radio y el cine como Pepe Iglesias, el Zorro, o Alfredo Barbieri, Pelele, Stray y Marrone en el teatro de revistas, pero eran mirados de reojo por los exquisitos. Más tarde, Porcel y Olmedo también fueron ninguneados, pero hoy nadie los discute.
El hecho de haber vivido siete décadas y conservar la memoria permite al que esto firma registrar estas idas y vueltas de la siempre bienvenida opinión crítica y por lo tanto no quedar fijado en los lapidarios comentarios del hoy que pueden, al cabo de un tiempo, ser revertidos por el elogio del mañana. Y a lo mejor, uno puede llegar a la conclusión de que no eran tan justificados los palos y, quizás, también haya un poco de esnob exageración en las flores, elogios y ditirambos de hoy día.






