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Historias para conocer

La vida desde arriba. Cómo es el trabajo de pintar edificios en una silleta de madera

Santiago Marini
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5 de septiembre de 2019  • 00:54

En otra época, hubiera llegado. Adrián ensancha los hombros, alarga la espalda, se estira como un arquero de fútbol que ve entrar la pelota en cámara lenta, apenas un centímetro más allá del alcance de sus uñas. En otra época, ese punto ciego, esa isla sin cubrir, la habría pintado sin preocupación y sin problema. Se habría deslizado por la pared, las puntas de las botas en el relieve de los ladrillos, y pasado el impermeabilizante por esa mancha seca. Ahora, en cambio, se queda mirándola un segundo, pone la mano en la soga, y se deja caer.

  • -Te quedó un hueco -le grita Jorge desde al lado, sonriendo.

Es que, al contrario de lo que uno vaya a suponer, a Adrián las alturas cada vez le dan más miedo.

  • -Antes me hamacaba como un loco, iba para los costados, me cagaba de risa. Después uno va entendiendo.

Si sos silletero, tener un poco de miedo, dice, te puede salvar la vida. Pintar en altura es hacer eso que nadie se imagina que alguien tiene que hacer. Para demostrarnos que podemos, que entendemos así de bien las leyes de la física y de la economía, construimos torres cada vez más altas; torres de acero y vidrio perpendiculares al suelo, miradores para ver la vida en miniatura, agujas de cien y doscientos y seiscientos metros que rascan el cielo.

Y después alguien viene, ata un cabo a un balde de cemento, pasa la otra punta por un mosquetón, se sienta en una silleta de madera y se tira para atrás, igual que un buzo apuntando a las profundidades, para cubrirlas de esmalte. Son como arañas, desde lejos, moviéndose encima de sus sogas. O caracoles: se deslizan lento, flotan encima del revoque, van dejando a su paso un blanco que brilla.

  • - Lo que sí perdí fue el vértigo. Al principio te sentás y te tiemblan las piernas, se te sale el corazón. Yo he visto chicos que se tiran por primera vez y cuando llegan al final no se pueden bajar, se quedan atornillados a la silleta. Después ya no te importa la altura, agarrás confianza, pero tenés que buscar que la confianza no te haga descuidado.

De los tres, Ernesto es el más entusiasta, el que relata los imprevistos y desajustes de su oficio con una sonrisa permanente. Todo culpa del viento: el viento porque es impredecible, porque choca contra el edificio y rebota, o porque abraza las paredes y se arremolina del otro lado, cuando se vuelve a encontrar. Por el viento, por más que prestes atención, explica, se te caen los pinceles, las lijas, los rodillos.

  • -Por eso el balde lo aseguramos el doble, porque es pesado y si se cae puede ser un problema grave. Pero sí, por ahí vos estás prestándole más atención a otra cosa y un viento te roba la gorra.

Las maniobras y percances de pintar en las alturas

Abajo la pintura cae como una llovizna sobre una lona negra. Es indispensable que, cuando tiran los cabos desde la terraza, las puntas toquen el suelo: de lo contrario, a todos les ha pasado, uno se queda suspendido a cinco metros de altura y no queda otra que treparse a algún balcón y rezar para que los dueños estén.

Pero la mayoría de las veces no pasa nada parecido. Bajar es un ejercicio de paciencia, de asimilación de la monotonía: de suspensión, en todos los sentidos posibles. Van riéndose de un chiste repetido o cantando para adentro, los pintores, que prefieren llamarse silleteros. O tarareando para afuera la música que escucha alguien que no se los espera. Porque también está eso: la maniobra de espionaje. Después de tanto contemplar las nubes y los arbolitos, las estrellas que hace el río desde lejos, lo más interesante empieza a pasar en las ventanas. Las más de las veces, nada: un tipo poniéndole más azúcar de lo permitido al café, una tostada cayendo del lado equivocado, un vapor que sale por debajo de la puerta de un baño. Aunque, por supuesto, después están las otras veces.

  • -Una vez me llamaron para pintar un hotel en Potrero de los Funes -cuenta Adrián, y se le va haciendo una sonrisa- el hotel más grande de San Luis, al lado del autódromo, y había unos brasileros que se ve que estaban de luna de miel.

Y cuenta, después, con detalle, lo que vio, los pelos y los músculos, y cómo el brasilero lo descubrió del lado de afuera, colgado de una soga con su traje de astronauta. Y lo que el otro hizo antes de remitir la queja al hotel: le sonrió con la misma sonrisa que él muestra ahora y, con la alegría del entusiasmo compartido, le levantó un pulgar.

  • -Hay cada loco -asegura- pero la mayoría son gente normal, y el día se te pasa lento y rápido a la vez. Es como manejar un camión: estás y no estás.

El trabajo suele ser tan tranquilo y seguro que, si dejaran de estudiar, Jorge se lo recomendaría a sus hijos sin problema.

  • -Una vez que agarrás el gustito no lo querés cambiar por nada. No te mandan, no te hablan, no te jode nadie. Estás despejado, con la mente en blanco, prestando atención pero sin dramas. Pareciera que la hora se te pasa más rápido, no es como estar en una fábrica. Hacés una pasada y ya es el mediodía.

Sin embargo, en ese silencio también hay una amenaza. De un segundo para otro, les ha pasado, la serenidad se puede transformar en una emergencia. Un arnés mal puesto, un cabo mal asegurado: las desatenciones quizás no se solucionen con un pedido de disculpas.

  • -Estaba bajando y la soga tenía un nudo. Lo quise hacer pasar por el mosquetón, la fachada estaba inclinada y empecé a maniobrar. Cuando el mosquetón se corrió me fui para abajo y me agarró los cuatro dedos. Eso fue lo que me salvó, que me mordiera los dedos, porque me quedé agarrado. Empecé a gritarles a mis compañeros. Les empecé a decir que se pusieran abajo mío, pisé en las piernas de uno, hice fuerza para arriba y me pude salvar la mano.

Pero hoy no va a pasar nada por el estilo; los pintores, como en una obra de expresionismo abstracto, embadurnan el edificio de un blanco absoluto, uniforme, cegador, emparejan a brochazos el revoque descascarado, escupen sus babas de caracol haciendo brillar las paredes, y por fin tocan el suelo. Entonces se desengarzan. Miran para arriba, a lo que han hecho, miran para abajo, a ver qué dice el reloj, caminan, pero no desensillan, la hamaca sigue pegada a sus caderas, y enfilan hacia el ascensor que los llevará hacia la segunda mano de pintura, de vuelta a la cima.

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