
La vida de Gabo
En forma exclusiva, adelantamos aquí pasajes del libro más esperado de la década: el primer tomo de las memorias en el que el gran escritor colombiano describe los intensos y asombrados años de su infancia y juventud con la gracia atrapante de un maestro
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“La vida de uno no es lo que sucedió, sino lo que uno recuerda y cómo lo recuerda”. Así advierte al lector Gabriel García Márquez en Vivir para contarla, su último libro y el primer tomo de los tres en los que cuenta sus tan anunciadas memorias, que comenzó a planear hace más de diez años y a escribir hace cuatro, y que Editorial Sudamericana publica en la Argentina. Casi 600 páginas que son compendio fascinante de un tiempo fundamental en la vida de su autor, la infancia y juventud, durante el que se fundó todo el imaginario que, con los años, dio lugar a algunos de los relatos y las novelas que hoy son clave en la literatura en lengua española del siglo XX.
A continuación, se reproducen estupendos pasajes del tercer capítulo, en los que Gabo recuerda y explaya mitos de la infancia, su iniciación sexual y su primer viaje, en barco, a Bogotá.
El crimen de la Mujer X
Papá se las arreglaba para no dejarme solo de noche en la farmacia de Barranquilla, pero sus soluciones no eran siempre las más divertidas para mis doce años. Las visitas nocturnas a familias amigas se me hacían agotadoras, porque las que tenían hijos de mi edad los obligaban a acostarse a las ocho y me dejaban atormentado por el aburrimiento y el sueño en el yermo de las chácharas sociales. Una noche debí quedarme dormido en la visita a la familia de un médico amigo y no supe cómo ni a qué hora desperté caminando por una calle desconocida. No tenía la menor idea de dónde estaba, ni cómo había llegado hasta allí, y sólo pudo entenderse como un acto de sonambulismo. No había ningún precedente familiar ni se repitió hasta hoy, pero sigue siendo la única explicación posible. Lo primero que me sorprendió al despertar fue la vitrina de una peluquería con espejos radiantes donde atendían a tres o cuatro clientes bajo un reloj a las ocho y diez, que era una hora impensable para que un niño de mi edad estuviera solo en la calle. Aturdido por el susto confundí los nombres de la familia donde estábamos de visita y recordaba mal la dirección de la casa, pero algunos transeúntes pudieron atar cabos para llevarme a la dirección correcta. Encontré el vecindario en estado de pánico por toda clase de conjeturas sobre mi desaparición. Lo único que sabían de mí era que me había levantado de la silla en medio de la conversación y pensaron que había ido al baño. La explicación del sonambulismo no convenció a nadie, y menos a mi padre, que lo entendió sin más vueltas como una travesura que me salió mal.
Por fortuna logré rehabilitarme días después en otra casa donde me dejó una noche mientras asistía a una comida de negocios. La familia en pleno sólo estaba pendiente de un concurso popular de adivinanzas de la emisora Atlántico, que aquella vez parecía insoluble: «¿Cuál es el animal que al voltearse cambia de nombre?» Por un raro milagro yo había leído la respuesta aquella misma tarde en la última edición del Almanaque Bristol y me pareció un mal chiste: el único animal que cambia de nombre es el escarabajo, porque al voltearse se convierte en escararriba. Se lo dije en secreto a una de las niñas de la casa, y la mayor se precipitó al teléfono y dio la respuesta a la emisora Atlántico. Ganó el primer premio, que habría alcanzado para pagar tres meses del alquiler de la casa: cien pesos. La sala se llenó de vecinos bulliciosos que habían escuchado el programa y se precipitaron a felicitar a las ganadoras, pero lo que le interesaba a la familia, más que el dinero, era la victoria en sí misma en un concurso que hizo época en la radio de la costa caribe. Nadie se acordó de que yo estaba ahí. Cuando papá volvió a recogerme se sumó al júbilo familiar, y brindó por la victoria, pero nadie le contó quién había sido el verdadero ganador.
Otra conquista de aquella época fue el permiso de mi padre para ir solo a la matiné de los domingos en el teatro Colombia. Por primera vez se pasaban seriales con un episodio cada domingo, y se creaba una tensión que no permitía tener un instante de sosiego durante la semana. La invasión de Mongo fue la primera epopeya interplanetaria que sólo pude reemplazar en mi corazón muchos años después con la Odisea del espacio, de Stanley Kubrick. Sin embargo, el cine argentino, con las películas de Carlos Gardel y Libertad Lamarque, terminó por derrotar a todos.
En menos de dos meses terminamos de armar la farmacia y conseguimos y amueblamos la residencia de la familia. La primera era una esquina muy concurrida en el puro centro comercial y a sólo cuatro cuadras del paseo Bolívar. La residencia, por el contrario, estaba en una calle marginal del degradado y alegre Barrio Abajo, pero el precio del alquiler no correspondía a lo que era sino a lo que pretendía: una quinta gótica pintada de alfajores amarillos y rojos, y con dos alminares de guerra.
El mismo día en que nos entregaron el local de la farmacia colgamos las hamacas en los horcones de la trastienda y allí dormíamos a fuego lento en una sopa de sudor. Cuando ocupamos la residencia descubrimos que no había argollas para hamacas, pero tendimos los colchones en el suelo y dormimos lo mejor posible desde que conseguimos un gato prestado para ahuyentar los ratones. Cuando llegó mi madre con el resto de la tropa, el mobiliario estaba todavía incompleto y no había útiles de cocina ni muchas otras cosas para vivir.
A pesar de sus pretensiones artísticas, la casa era ordinaria y apenas suficiente para nosotros, con sala, comedor, dos dormitorios y un patiecito empedrado. En rigor no debía valer un tercio del alquiler que pagábamos por ella. Mi madre se espantó al verla, pero el esposo la tranquilizó con el señuelo de un porvenir dorado. Así fueron siempre. Era imposible concebir dos seres tan distintos que se entendieran tan bien y se quisieran tanto.
El aspecto de mi madre me impresionó. Estaba encinta por séptima vez, y me pareció que sus párpados y sus tobillos estaban tan hinchados como su cintura. Entonces tenía treinta y tres años y era la quinta casa que amueblaba. Me impresionó su mal estado de ánimo, que se agravó desde la primera noche, aterrada por la idea que ella misma inventó, sin fundamento alguno, de que allí había vivido la Mujer X antes de que la acuchillaran. El crimen se había cometido hacía siete años, en la estancia anterior de mis padres, y fue tan aterrador que mi madre se había propuesto no volver a vivir en Barranquilla. Tal vez lo había olvidado cuando regresó aquella vez, pero le volvió de golpe desde la primera noche en una casa sombría en la que había detectado al instante un cierto aire del castillo de Drácula.
La primera noticia de la Mujer X había sido el hallazgo del cuerpo desnudo e irreconocible por su estado de descomposición. Apenas se pudo establecer que era una mujer menor de treinta años, de cabello negro y rasgos atractivos. Se creyó que la habían enterrado viva porque tenía la mano izquierda sobre los ojos con un gesto de terror, y el brazo derecho alzado sobre la cabeza. La única pista posible de su identidad eran dos cintas azules y unapeineta adornada con lo que pudo ser un peinado de trenzas. Entre las muchas hipótesis, la que pareció más probable fue la de una bailarina francesa de vida fácil que había desaparecido desde la fecha posible del crimen.
Barranquilla tenía la fama justa de ser la ciudad más hospitalaria y pacífica del país, pero con la desgracia de un crimen atroz cada año. Sin embargo, no había precedentes de uno que hubiera estremecido tanto y por tanto tiempo a la opinión pública como el de la acuchillada sin nombre. El diario La Prensa, uno de los más importantes del país en aquel tiempo, se tenía como el pionero de las historietas gráficas dominicales -Buck Rogers, Tarzán de los Monos-, pero desde sus primeros años se impuso como uno de los grandes precursores de la crónica roja. Durante varios meses mantuvo en vilo a la ciudad con grandes titulares y revelaciones sorprendentes que hicieron famoso en el país, con razón o sin ella, al cronista olvidado.
Las autoridades trataban de reprimir sus informaciones con el argumento de que entorpecían la investigación, pero los lectores terminaron por creer menos en ellas que en las revelaciones de La Prensa. La confrontación los mantuvo con el alma en un hilo durante varios días, y por lo menos una vez obligó a los investigadores a cambiar de rumbo. La imagen de la Mujer X estaba entonces implantada con tanta fuerza en la imaginación popular, que en muchas casas se aseguraban las puertas con cadenas y se mantenían vigilancias nocturnas especiales, en previsión de que el asesino suelto intentara proseguir su programa de crímenes atroces, y se dispuso que las adolescentes no salieran solas de su casa después de las seis de la tarde.
La verdad, sin embargo, no la descubrió nadie, sino que fue revelada al cabo de algún tiempo por el mismo autor del crimen, Efraín Duncan, quien confesó haber matado a su esposa, Ángela Hoyos, en la fecha calculada por Medicina Legal, y haberla enterrado en el lugar donde encontraron el cadáver acuchillado. Los familiares reconocieron las cintas color azul y la peineta que llevaba Ángela cuando salió de casa con su esposo el 5 de abril para un supuesto viaje a Calamar. El caso se cerró sin más dudas por una casualidad final e inconcebible que parecía sacada de la manga por un autor de novelas fantásticas: Angela Hoyos tenía una hermana gemela exacta a ella que permitió identificarla sin ninguna duda.
El mito de la Mujer X se vino abajo convertido en un crimen pasional corriente, pero el misterio de la hermana idéntica quedó flotando en las casas, porque llegó a pensarse que fuera la misma Mujer X devuelta a la vida por artes de brujería. Las puertas se cerraban con trancas y parapetos de muebles para impedir que entrara en la noche el asesino fugado de la cárcel con recursos de magia. En los barrios de ricos se pusieron de moda los perros de caza amaestrados contra asesinos capaces de atravesar paredes. En realidad, mi madre no logró superar el miedo hasta que los vecinos la convencieron de que la casa del Barrio Abajo no había sido construida en tiempos de la Mujer X.
Páginas 195-198
Mis primeras vacaciones en Sucre empezaron un domingo a las cuatro de la tarde, en un muelle adornado con guirnaldas y globos de colores, y una plaza convertida en un bazar de Pascua. No bien pisé tierra firme, una muchacha muy bella, rubia y de una espontaneidad abrumadora se colgó de mi cuello y me sofocó a besos. Era mi hermana Carmen Rosa, la hija de mi papá antes de su matrimonio, que había ido a pasar una temporada con su familia desconocida. También llegó en esa ocasión otro hijo de papá, Abelardo, un buen sastre de oficio que instaló su taller a un lado de la plaza mayor y fue mi maestro de vida en la pubertad.
La casa nueva y recién amueblada tenía un aire de fiesta y un hermano nuevo: Jaime, nacido en mayo bajo el buen signo de Géminis, y además seismesino. No lo supe hasta la llegada, pues los padres parecían resueltos a moderar los nacimientos anuales, pero mi madre se apresuró a explicarme que aquél era un tributo a santa Rita por la prosperidad que había entrado en la casa. Estaba rejuvenecida y alegre, más cantora que siempre, y papá flotaba en un aire de buen humor, con el consultorio repleto y la farmacia bien surtida, sobre todo los domingos en que llegaban los pacientes de los montes vecinos. No sé si supo nunca que aquella afluencia obedecía en efecto a su fama de buen curador, aunque lagente del campo no se la atribuía a las virtudes homeopáticas de sus globulitos de azúcar y sus aguas prodigiosas, sino a sus buenas artes de brujo.
Sucre estaba mejor que en el recuerdo, por la tradición de que en las fiestas de Navidad la población se dividía en sus dos grandes barrios: Zulia, al sur, y Congoveo, al norte. Aparte de otros desafios secundarios, se establecía un concurso de carrozas alegóricas que representaban en torneos artísticos la rivalidad histórica de los barrios. En la Nochebuena, por fin, se concentraban en la plaza principal, en medio de grandes controversias, y el público decidía cuál de los dos barrios era el vencedor del año.
Carmen Rosa contribuyó desde su llegada a un nuevo esplendor de la Pascua. Era moderna y coqueta, y se hizo la dueña de los bailes con una cauda de pretendientes alborotados. Mi madre, tan celosa de sus hijas, no lo era con ella, y por el contrario le facilitaba los noviazgos que introdujeron una nota insólita en la casa. Fue una relación de cómplices, como nunca la tuvo mi madre con sus propias hijas. Abelardo, por su parte, resolvió su vida de otro modo, en un taller de un solo espacio dividido por un cancel. Como sastre le fue bien, pero no tan bien como le fue con su parsimonia de garañón, pues más era el tiempo que se le iba bien acompañado en la cama detrás del cancel, que solo y aburrido en la máquina de coser.
Mi padre tuvo en aquellas vacaciones la rara idea de prepararme para los negocios. «Por si acaso», me advirtió. Lo primero fue enseñarme a cobrar a domicilio las deudas de la farmacia. Un día de ésos me mandó a cobrar varias de La Hora, un burdel sin prejuicios en las afueras del pueblo.
Me asomé por la puerta entreabierta de un cuarto que daba a la calle, y vi a una de las mujeres de la casadurmiendo la siesta en una cama de viento, descalza y con una combinación que no alcanzaba a taparle los muslos. Antes de que le hablara se sentó en la cama, me miró adormilada y me preguntó qué quería. Le dije que llevaba un recado de mi padre para don Eligio Molina, el propietario. Pero en vez de orientarme me ordenó que entrara y pusiera la tranca en la puerta, y me hizo con el índice una señal que me lo dijo todo:
-Ven acá.
Allá fui, y a medida que me acercaba, su respiración afanada iba llenando el cuarto como una creciente de río, hasta que pudo agarrarme del brazo con la mano derecha y me deslizó la izquierda dentro de la bragueta. Sentí un terror delicioso.
-Así que tú eres hijo del doctor de los globulitos -me dijo, mientras me toqueteaba por dentro del pantalón con cinco dedos ágiles que se sentían como si fueran diez. Me quitó el pantalón sin dejar de susurrarme palabras tibias en el oído, se sacó la combinación por la cabeza y se tendió bocarriba en la cama con sólo el calzón de flores coloradas-. Éste sí me lo quitas tú -me dijo-. Es tu deber de hombre.
Le zafé la jareta, pero en la prisa no pude quitárselo, y tuvo que ayudarme con las piernas bien estiradas y un movimiento rápido de nadadora. Después me levantó en vilo por los sobacos y me puso encima de ella al modo académico del misionero. El resto lo hizo de su cuenta, hasta que me morí solo encima de ella, chapaleando en la sopa de cebollas de sus muslos de potranca.
Se reposó en silencio, de medio lado, mirándome fijo a los ojos y yo le sostenía la mirada con la ilusión de volver a empezar, ahora sin susto y con más tiempo. De pronto me dijo que no me cobraba los dos pesos de su servicio porque yo no iba preparado. Luego se tendió bocarriba y me escrutó la cara
-Además -me dijo-, eres el hermano juicioso de Luis Enrique, ano es cierto? Tienen la misma voz.
Tuve la inocencia de preguntarle por qué lo conocía.
-No seas bobo -se rió ella-. Si hasta tengo aquí un calzoncillo suyo que le tuve que lavar la última vez.
Me pareció una exageración por la edad de mi hermano, pero cuando me lo mostró me di cuenta de que era cierto. Luego saltó desnuda de la cama con una gracia de ballet, y mientras se vestía me explicó que en la puerta siguiente de la casa, a la izquierda, estaba don Eligio Molina. Por fin me preguntó:
-¿Es tu primera vez, no es cierto?
El corazón me dio un salto.
-Qué va -le mentí-, llevo ya como siete.
-De todos modos -dijo ella con un gesto de ironía-, deberías decirle a tu hermano que te enseñe un poquito.
El estreno me dio un impulso vital. Las vacaciones eran de diciembre a febrero, y me pregunté cuántas veces dos pesos debería conseguir para volver con ella. Mi hermano Luis Enrique, que ya era un veterano del cuerpo, se reventaba de risa porque alguien de nuestra edad tuviera que pagar por algo que hacían dos al mismo tiempo y los hacía felices a ambos.
Páginas 211-220
-Alista tus vainas, que te vas para Bogotá.
El primer impacto fue una gran frustración, pues lo que hubiera querido entonces era quedarme ahogado en la parranda perpetua. Pero prevaleció la inocencia. Por la ropa de tierra fría no hubo problema. Mi padre tenía un vestido negro de cheviot y otro de pana, y ninguno le cerraba en la cintura. Así que fuimos con Pedro León Rosales, el llamado sastre de los milagros, y me los compuso a mi tamaño. Mi madre me compró además el sobretodo de piel de camello de un senador muerto. Cuando me lo estaba midiendo en casa, mi hermana Ligia -que es vidente de natura- me previno en secreto de que el fantasma del senador se paseaba de noche por su casa con el sobretodo puesto. No le hice caso, pero más me hubiera valido, porque cuando me lo puse en Bogotá me vi en el espejo con la cara del senador muerto. Lo empeñé por diez pesos en el Monte de Piedad y lo dejé perder.
El ambiente doméstico había mejorado tanto que estuve a punto de llorar en las despedidas, pero el programa se cumplió al pie de la letra sin sentimentalismos. La segunda semana de enero me embarqué en Magangué en el David Arango, el buque insignia de la Naviera Colombiana, después de vivir una noche de hombre libre. Mi compañero de camarote fue un ángel de doscientas veinte libras y lampiño de cuerpo entero.Tenía el nombre usurpado de Jack el Destripador, y era el último sobreviviente de una estirpe de cuchilleros de circo del Asia Menor. A primera vista me pareció capaz de estrangularme mientras dormía, pero en los días siguientes me di cuenta de que sólo era lo que parecía: un bebé gigante con un corazón que no le cabía en el cuerpo.
Hubo fiesta oficial la primera noche, con orquesta y cena de gala, pero me escapé a la cubierta, contemplé por última vez las luces del mundo que me disponía a olvidar sin dolor y lloré a gusto hasta el amanecer. Hoy me atrevo a decir que por lo único que quisiera volver a ser niño es para gozar otra vez de aquel viaje. Tuve que hacerlo de ida y vuelta varias veces durante los cuatro años que me faltaban del bachillerato y otros dos de la universidad, y cada vez aprendí más de la vida que en la escuela, y mejor que en la escuela. Por la época en que las aguas tenían caudal suficiente, el viaje de subida duraba cinco días de Barranquilla a Puerto Salgan de donde se hacía una jornada en tren hasta Bogotá. En tiempos de sequía, que eran los más entretenidos para navegar si no se tenía prisa, podía durar hasta tres semanas.
Los buques tenían nombres fáciles e inmediatos:
Atlántico, Medellín, Capitán de Caro, David Arango. Sus capitanes, como los de Corvad, eran autoritarios y de buena índole, comían como bárbaros y no sabían dormir solos en sus camarotes de reyes. Los viajes eran lentos y sorprendentes. Los pasajeros nos sentábamos en las terrazas todo el día para ver los pueblos olvidados, los caimanes tumbados con las fauces abiertas a la espera de las mariposas incautas, las bandadas de garzas que alzaban el vuelo por el susto de la estela del buque, el averío de patos de las ciénagas interiores, los manatíes que cantaban en los playones mientras amamantaban a sus crías. Durante todo el viaje uno despertaba al amanecer aturdido por la bullaranga de los micos y las cotorras. A menudo, la tufarada nauseabunda de una vaca ahogada interrumpía la siesta, inmóvil en el hilo del agua con un gallinazo solitario parado en el vientre.
Ahora es raro que uno conozca a alguien en los aviones. En los buques fluviales los estudiantes terminábamos por parecer una sola familia, pues nos poníamos de acuerdo todos los años para coincidir en el viaje. A veces el buque encallaba hasta quince días en un banco de arena. Nadie se preocupaba, pues la fiesta seguía, y una carta del capitán sellada con el escudo de su anillo servía de excusa para llegar tarde al colegio.
Desde el primer día me llamó la atención el más joven de un grupo familiar, que tocaba el bandoneón como entre sueños, paseándose durante días enteros por la cubierta de primera clase. No pude soportar la envidia, pues desde que escuché a los primeros acordeoneros de Francisco el Hombre en las fiestas del 20 de julio en Aracataca me empeñé en que mi abuelo me comprara un acordeón, pero mi abuela se nos atravesó con la mojiganga de siempre de que el acordeón era un instrumento de guatacucos. Unos treinta años después creí reconocer en París al elegante acordeonero del buque en un congreso mundial de neurólogos. El tiempo había hecho lo suyo: se había dejado una barba bohemia y la ropa le había crecido unas dos tallas, pero el recuerdo de su maestría era tan vívido que no podía equivocarme. Sin embargo, su reacción no pudo ser más ríspida cuando le pregunté sin presentarme:
-Cómo va el bandoneón?
Me replicó sorprendido:
-No sé de qué me habla usted.
Sentí que me tragaba la tierra, y le di mis humildes excusas por haberlo confundido con un estudiante que tocaba el bandoneón en el David Arango, a principios de enero del 44. Entonces resplandeció por el recuerdo. Era el colombiano Salomón Hakim, uno de los grandes neurólogos de este mundo. La desilusión fue que había cambiado el bandoneón por la ingeniería médica.
Otro pasajero me llamó la atención por su distancia. Era joven, robusto, de piel rubicunda y lentes de miope, y una calvicie prematura muy bien tenida. Me pareció la imagen perfecta del turista cachaco. Desde el primer día acaparó la poltrona más cómoda, puso varias torres de libros nuevos en una mesita y leyó sin espabilar desde la mañana hasta que lo distraían las parrandas de la noche. Cada día apareció en el comedor con una camisa de playa diferente y florida, y desayunó, almorzó, comió y siguió leyendo solo en la mesa más arrinconada. No creo que hubiera cruzado un saludo con nadie. Lo bauticé para mí como «el lector insaciable».
No resistí la tentación de husmear sus libros. La mayoría eran tratados indigestos de derecho público, que leía en las mañanas, subrayando y tomando notas marginales. Con la fresca de la tarde leía novelas. Entre ellas, una que me dejó atónito: El doble, de Dostoievski, que había tratado de robarme, y no pude, en una librería de Barranquilla. Estaba loco por leerla. Tanto, que hubiera querido pedírsela prestada, pero no tuve aliento. Uno de esos días apareció con El gran Meaulnes, de la cual no había oído hablar, pero que muy pronto tuve entre las obras maestras preferidas por mí. En cambio, yo sólo llevaba libros ya leídos e irrepetibles: Jeromín, del Padre Coloma, que no acabé de leer nunca; La vorágine, de José Eustasio Rivera; De los Apeninos a los Andes, de Edmundo de Amicis, y el diccionario del abuelo que leía a trozos durante horas. A1 lector implacable, por el contrario, no le alcanzaba el tiempo para tantos. Lo que quiero decir y no he dicho es que hubiera dado cualquier cosa por ser él.
El tercer viajero, por supuesto, era Jack el Destripador, mi compañero de cuarto, que hablaba dormido en lengua bárbara durante horas enteras. Sus parlamentos tenían una condición melódica que le daba un fondo nuevo a mis lecturas de la madrugada. Me dijo que no era consciente de eso, ni sabía qué idioma podía ser en el que soñaba, porque de niño se entendió con los maromeros de su circo en seis dialectos asiáticos, pero los había perdido todos cuando murió su madre. Sólo le quedó el polaco, que era su lengua original, pero pudimos establecer que tampoco era ésa la que hablaba dormido. No recuerdo un ser más adorable mientras aceitaba y probaba el filo de sus cuchillos siniestros en su lengua rosada.
Su único problema había sido el primer día en el comedor cuando les reclamó a los meseros que no podría sobrevivir al viaje si no le servían cuatro raciones. El contramaestre le explicó que así sería si las pagaba como un suplemento con una rebaja especial. Él alegó que había viajado por los mares del mundo y en todos le reconocieron el derecho humano de no dejarlo morir de hambre. El caso subió hasta el capitán, quien decidió muy a la colombiana que le sirvieran dos raciones, y que a los meseros se les fuera la mano hasta dos más por distracción. Él se ayudó además picando con el tenedor los platos de los compañeros de mesa y de algunos vecinos inapetentes, que gozaban con sus ocurrencias. Había que estar allí para creerlo.
Yo no sabía qué hacer de mí, hasta que en La Gloria se embarcó un grupo de estudiantes que armaban tríos y cuartetos en las noches, y cantaban hermosas serenatas con boleros de amor. Cuando descubrí que les sobraba un tiple me hice cargo de él, ensayé con ellos en las tardes y cantábamos hasta el amanecer. El tedio de mis horas libres encontró remedio por una razón del corazón: el que no canta no puede imaginarse lo que es el placer de cantar.
Una noche de gran luna nos despertó un lamento desgarrador que nos llegaba de la ribera. El capitán Clímaco Conde Abello, uno de los más grandes, dio orden de buscar con reflectores el origen de aquel llanto, y era una hembra de manatí que se había enredado en las ramas de un árbol caído. Los vaporinos se echaron al agua, la amarraron a un cabrestante y lograron desencallarla. Era un ser fantástico y enternecedor, entre mujer y vaca, de casi cuatro metros de largo. Su piel era lívida y tierna, y su torso de grandes tetas era de madre bíblica. Fue al mismo capitán Conde Abello a quien le oí decir por primera vez que el mundo se iba a acabar si seguían matando los animales del río, y prohibió disparar desde su barco.
-¡El que quiera matar a alguien, que vaya a matarlo en su casa! -gritó-. No en mi buque.
El 19 de enero de 1961, diecisiete años después, lo recuerdo como un día ingrato, por un amigo que me llamó por teléfono a México para contarme que el vapor David Arango se había incendiado y convertido en cenizas en el puerto de Magangué. Colgué con la conciencia horrible de que aquel día se acababa mi juventud, y de que lo poco que ya nos quedaba de nuestro río de nostalgias se había ido al carajo. Hoy el río Magdalena está muerto, con sus aguas podridas y sus animales extinguidos. Los trabajos de recuperación de que tanto han hablado los gobiernos sucesivos que nada han hecho, requerirían la siembra técnica de unos sesenta millones de árboles en un noventa por ciento de las tierras de propiedad privada, cuyos dueños tendrían que renunciar por el solo amor a la patria al noventa por ciento de sus ingresos actuales.
Cada viaje dejaba grandes enseñanzas de vida que nos vinculaban de un modo efimero pero inolvidable a la de los pueblos de paso, donde muchos de nosotros se enredaron para siempre con su destino. Un renombrado estudiante de medicina se metió sin ser invitado en un baile de bodas, bailó sin permiso con la mujer más bonita de la fiesta y el marido lo mató de un tiro. Otro se casó en una borrachera épica con la primera muchacha que le gustó en Puerto Berrio, y sigue feliz con ella y con sus nueve hijos. José Palencia, nuestro amigo de Sucre, se había ganado una vaca en un concurso de tamboreros en Tenerife, y allí mismo la vendió por cincuenta pesos: una fortuna para la época. En el inmenso barrio de tolerancia de Barrancabermeja, la capital del petróleo, nos llevamos la sorpresa de encontrar cantando con la orquesta de un burdel a Ángel Casij Palencia, primo hermano de José, que había desaparecido de Sucre sin dejar rastro desde el año anterior. La cuenta de la pachanga la asumió la orquesta hasta el amanecer.
Mi recuerdo más ingrato es el de una cantina sombría de Puerto Berrío, de donde la policía nos sacó a golpes de garrote a cuatro pasajeros, sin dar explicaciones ni escucharlas, y nos arrestaron bajo el cargo de haber violado a una estudiante. Cuando llegamos a la comandancia de policía ya tenían entre rejas y sin un solo rasguño a los verdaderos culpables, unos vagos locales que no tenían nada que ver con nuestro buque.
En la escala final, Puerto Salgar, había que desembarcar a las cinco de la mañana vestidos para las tierras altas. Los hombres de paño negro, con chaleco y sombreros hongo y los abrigos colgados del brazo, habían cambiado de identidad entre el salterio de los sapos y la pestilencia del río saturado de animales muertos. A lahora del desembarco tuve una sorpresa insólita. Una amiga de última hora había convencido a mi madre de hacerme un petate de corroncho con un chinchorro de pita, una manta de lana y una bacinilla de emergencia, y todo envuelto en una estera de esparto y amarrada en cruz con los hicos de la hamaca. Mis compañeros músicos no pudieron soportar la risa de verme con semejante equipaje en la cuna de la civilización, y el más resuelto hizo lo que yo no me hubiera atrevido: lo tiró al agua. Mi última visión de aquel viaje inolvidable fue la del petate que regresaba a sus orígenes ondulando en la corriente.
El tren de Puerto Salgar subía como gateando por las cornisas de rocas en las primeras cuatro horas. En los tramos más empinados se descolgaba para tomar impulso y volvía a intentar el ascenso con un resuello de dragón. A veces era necesario que los pasajeros se bajaran para aligerarlo del peso, y remontar a pie hasta la cornisa siguiente. Los pueblos del camino eran tristes y helados, y en las estaciones desiertas sólo nos esperaban las vendedoras de toda la vida que ofrecían por la ventanilla del vagón unas gallinas gordas y amarillas, cocinadas enteras, y unas papas nevadas que sabían a gloria.
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