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Historias para conocer

La vida triste y solitaria de la audaz escultora reconocida después de su muerte

Dany Mañas
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10 de julio de 2019  • 00:02

Hija de estancieros tucumanos, des de chica causó asombro con sus dibujos. Perdió a sus padres el mismo día y tomó la decisión de irse a Europa. Fue la primera americana en estudiar escultura en Italia. Cuatro años después, traía La Fuente de las Nereidas, que luego de ser declarada inmoral para erigirla en Plaza de Mayo, cerca de la Catedral, terminó dándole un toque de distinción a la Costanera Sur. La belleza de esa obra le valió numerosos encargos y en Roma pasó de un cuarto de pensión a una mansión.

Mientras era visitada por reyes y genios, aquí ponían en duda que una mujer pudiera tallar piedra y se burlaban porque usaba pantalones para trabajar. Viviendo en el Congreso de la Nación, para el que realizó esculturas, conoció a un empleado 15 años menor y se casó a los 42, sin importarle las críticas.

Una artista excepcional y una mujer de avanzada. Una joven aristócrata húngara estaba tan orgullosa de su cuerpo, elogiado por un sinnúmero de hombres que lo habían disfrutado, que decidió pagar lo que fuere para que Lola Mora tallase una escultura de un desnudo suyo y así inmortalizar lo que un día el tiempo iba a deteriorar. Aquella tarde, en el estudio de la villa Romana, Maruska se desnudó completamente para posar, en una sensual actitud en la que ofrecía sus grandes senos. Mientras la luz del atardecer entraba por el ventanal y bañaba su cuerpo, la húngara le contó que estaba fascinada con los jóvenes italianos "tan fogosos a la hora del amor y tan apasionados como los sudamericanos". En medio de estas confesiones "no solicitadas" y mientras Lola trataba de concentrarse en su trabajo, se abrió la puerta e irrumpió Luis, el joven marido de Lola: "Perdón, no sabía que había alguien posando". Mientras Maruska sonreía descaradamente, Lola, muy molesta por la interrupción, le alcanzó un lienzo para cubrirse. La mujer sólo cubrió su parte de abajo y mientras Lola le pedía a su marido que se fuera, él le respondía "ya mismo", sin moverse ni quitar sus ojos de los senos de la mujer. La posterior escena de celos desembocó en un tema recurrente: el hijo que no llegaba y en una apasionada noche más, intentándolo.

Meses después, Luis entró al taller a despedirse antes de una de sus trasnochadas con amigos y vio a Lola retocando una cabeza. "Otra cabeza de niño -dijo molesto- llevás hechas más de diez en un mes. Si seguís con esa obsesión, vas a terminar volviéndote loca. Convencete, Lola. ¡estás vieja para tener un hijo!". Exasperado, dio un portazo y se fue. Ella corrió hasta la habitación y se miró en el espejo del tocador. Vio que había arrugas en su cara; luego desabrochó su blusa y notó la flacidez de sus pechos. En un arranque de desesperación y llanto, con su blusa aún abierta, corrió al taller, tomo un martillo y comenzó a destruir todas las cabezas de niños que había esculpido. El día en que cumplía 48 años, su marido se fue a jugar al póker y se olvidó de su cumpleaños. Eso la alegró, así él no caía en la cuenta de que tenía un año más y aunque se había propuesto no celebrarlo, un amigo pasó a buscarla para festejar en el mítico Caffé Greco. Allí, con mesas pobladas por artistas e intelectuales, la esperaban para brindar su primer maestro de pintura y varios amigos. Al levantar su copa, Lola dijo con una serena sonrisa:

"Tengo una sensación de que estoy empezando una nueva vida". De pronto, las carcajadas estridentes de una mujer en el fondo del salón, hicieron que se dé vuelta a mirar. Y vio la escena que jamás hubiera querido ver: totalmente borracho, su marido besaba descaradamente, una y otra vez, a Maruska. Humillada y enceguecida, cuando minutos después la pareja salía del lugar, ella se paró y le cruzó dos soberanas cachetadas a él, que de no haber sido porque la húngara lo sostuvo, terminaba knockout en el piso del Greco. Lola volvió destrozada a su casa. Ni siquiera la esperaba un hijo a quien abrazar, ni nadie que la contuviera. Su querido hermano, con quien había llegado a Roma, se había hecho monje y hacía un año que no se veían.

Sin dudarlo, tomó el primer tren de la mañana hacía el principado de Mónaco, donde estaba el Monasterio. Luego de esperarlo en una despojada y fría sala, los hermanos se abrazaron largamente y Lola le contó su dolor. "Siempre dudé que habiéndote casado con un hombre tan joven pudieras ser feliz. Has hecho una locura Lola y la estás pagando", dijo su hermano, en tono tierno y protector. Poco después, estalló la Primera Guerra Mundial y cuando los pedidos de esculturas se paralizaron, tuvo que despedir a sus artesanos y a su servidumbre. La idea de cruzar el Atlántico en barco en tiempos de guerra para volver a la Argentina era sumamente riesgosa. Entonces, ávida de devolver a Italia algo de lo tanto que había recibido, usó su propio estudio para instalar con otras mujeres un taller de costura en el que hacían vendas para la Cruz Roja. Durante los cuatro años que duró la guerra, Lola echó a volar su imaginación y desarrolló una faceta que siempre le había interesado: la de inventora. Mientras se imaginaba de regreso en Buenos Aires, recorriendo sus calles y paseos, planificó un túnel que uniría Florida y Corrientes, con la Plaza de Mayo y con el balneario municipal de la Costanera Sur. De ese modo se llegaría más rápido a esos lugares y se agilizaría el tránsito. Con precisión de ingeniero, realizó los planos y también el diseño de un Teatro Romano a construir en la costanera.

El cine era un nuevo arte que la apasionaba y eso la llevó a trabajar en dos revolucionarios inventos. Primero, la proyección sin pantalla, utilizando una columna de vapor. Ante la falta de color, por ser las películas en blanco y negro y encontrar "muy plana" la proyección en la pantalla, hizo un descubrimiento que sorprendió al más grande inventor italiano, Domingo Ruggiano, quien se asoció a ella para comercializarlo. No bien terminó la guerra, Lola malvendió su palacete y tomó el barco de regreso con sus valijas, un proyector de cine y los planos del túnel y el teatro. Al llegar, alquiló un galpón en Rincón 344, en el que instaló el sistema de proyección e invitó a periodistas e inversionistas para conocerlo. El sistema consistía en una sucesión de distintas telas o pantallas, en varios colores, preparados químicamente, que permitía ver colores, distintas dimensiones en las imágenes proyectadas y dejaba notar texturas. Algo así como el germen del 3D, pero 100 años atrás y en la Argentina. Al poder proyectarse también a la luz del día, en plazas o donde fuere, las compañías cinematográficas boicotearon el proyecto y pusieron en duda su eficacia porque "había sido inventado por una mujer, encima escultora".

Al mismo tiempo, Lola comenzó a recorrer reparticiones oficiales con los planos de sus otros proyectos; fue de un ministerio a otro y todos le pedían tiempo para estudiar la propuesta. Las respuestas nunca llegaron, demasiado trabajo para políticos burócratas a quienes no les importaba agilizar el tránsito en el futuro.

Otro tanto sucedió en Rosario, cuando el Monumento a la Bandera, que le fue encargado 11 años antes de su regreso, nunca comenzó a erigirse. Ella había enviado cajones con esculturas que formarían parte del total de la obra y recién cuando ella visitó la ciudad, fueron abiertos los cajones, tras 8 años de permanecer en un depósito. Desde que había sido aprobado el boceto del monumento, hasta ese momento, habían pasado 16 años y los cambios en los conceptos artísticos, a los que se sumaba el apogeo del arte abstracto, hicieron que finalmente se desistiera de erigirlo. Incluso, se entabló una polémica entre Lola y la Municipalidad de Rosario por pagos no realizados, en medio de la cual hubo funcionarios que llegaron a proponer tirar las esculturas al río. Finalmente, fue encargado al escultor Fioravanti e inaugurado 21 años después de la muerte de Lola Mora. Las piezas escultóricas que ella hizo para el monumento fueron ubicadas en el Pasaje Juramento, cercano al Monumento a la Bandera, recién hace 14 años. Secretamente desmoralizada por las luchas con la burocracia, a los 60 años decidió dar un vuelco drástico en su existencia y se fue a Salta con la esperanza de explotar unas minas que le había dejado su hermano mayor. La idea de encontrar oro y volver a ser adinerada hizo que contratara a una cuadrilla de hombres. Junto a Bimbo, un ovejero alemán que compró, se puso al mando de los mineros y a lomo de mula, se internó en las montañas. Allí vivió en una carpa y desafió el asedio de insectos, víboras y jaguares. Una noche en que los hombres habían tomado demasiado alcohol y comenzaron con densas insinuaciones hacia ella, Bimbo, que percibió el peligro, se puso agresivo con ellos. Lola logró controlar la situación y luego, en su carpa, le dio un beso de agradecimiento en su hocico. Tras varias semanas indicando a los hombres dónde excavar y al mismo tiempo haciendo de cocinera, finalmente apareció un filón de piedra que contenía vetas de oro. Eufórica, ordenó redoblar esfuerzos y así, por la noche, habían logrado sacar una gran cantidad. Lola les duplicó la paga y les dio unas pequeñas vacaciones para visitar a sus familias, mientras ella iría a vender el oro a Salta. Al día siguiente, al despertar, notó que faltaban las mulas. Corrió a la carpa de los hombres, la abrió con determinación y para su desesperación, se dio cuenta de que habían huido con el oro. Lola cayó arrodillada al suelo y lloró un largo rato. ¡Tanta inversión y tanto esfuerzo en vano! De pronto sintió que Bimbo lamía sus manos en señal de consuelo y mirando al fiel animal llegó a la conclusión de que ella misma debía agarrar el pico y comenzar de cero.

Después de todo, justamente esta mujer no le tenía miedo a la piedra. Así pasaron varias semanas de tareas extenuantes, hasta que un día notó que el perro no la seguía y cayó en la cuenta de que hacía varios días que no comían. Tomó su escopeta y se internó a cazar en la montaña para alimentar a su amigo. Los sorprendió una tormenta feroz y Lola, agotada, se desmayó a la vera de un río cuyo caudal crecía a cada minuto por el diluvio. Cuando el animal comprendió que ella corría peligro de muerte, salió corriendo y hasta que no encontró a unos arrieros, no paró. Ladró enloquecidamente mirándolos y luego a la montaña. Los hombres creyeron entender el mensaje y lo siguieron. Bimbo comenzó a buscarla desesperadamente, hasta que la ubicó. Lola estaba a centímetros del agua, pero aún con vida. Cuando la llevaron al hospital en Salta, habían pasado pocos meses desde su partida, pero era la imagen de una viejecita extenuada la que volvía. Cuando el médico la examinó, el arriero preguntó: "¿Qué tiene?". "Hambre", contestó el doctor. Lola se quedó varios meses en Salta, gracias a la generosidad de un hotelero que la admiraba, quien aceptó alojarla con Bimbo y se negó a cobrarle. Por un tiempo se ganó la vida como docente y luego aceptó un contrato como urbanista en la provincia de Jujuy, para diseñar el trazado de las calles de la capital y el tendido de rieles por el que hoy transita el mundialmente famoso Tren de las Nubes. Sin embargo, a pesar de la posterior importancia de estos trabajos, sacó poco rédito y vivía en total austeridad. Aunque el deterioro económico no sería el peor; su cabeza y su memoria le estaban jugando una mala pasada.

Casi con 70 años, volvió a Buenos Aires. El poco dinero que traía, le alcanzó solamente para alquilar una pieza en un conventillo. Cuando la cocina quedaba vacía por la noche, se ponía a hacer mermeladas con las recetas que le había enseñado su madre en su adolescencia y a la mañana salía a golpear puertas para venderlas. Por supuesto, nadie que viera a esa viejita vendiendo mermeladas imaginaba que era la célebre Lola Mora, mimada por reyes de Europa y ganadora de concursos en Francia, Australia y Rusia. Hasta que un día tres sobrinas que vivían en Buenos Aires lograron localizarla y la llevaron a vivir con ellas a un modesto departamento en la Avenida Santa Fe al 3000. Allí, rodeada de cariño, fue desligándose de la presión de ser siempre la única responsable por su persona. El deterioro mental avanzaba y sus sobrinas le suplicaban que no saliera sola; pero no había caso, aún con sus lapsus de memoria, seguía siendo una mujer independiente. Finalmente, decidieron poner en su cartera una hoja con su dirección y la mayoría de las veces era traída de regreso a la casa por extraños. Un día tomó un colectivo, sin destino alguno y cuando estaba por bajarse, sufrió un mareo y se cayó en los escalones, terminando peligrosamente en la calle. Luego de un chequeo en un hospital, una ambulancia la llevó a su casa, pero noches después, en medio de un temporal, comenzó a caminar por la costanera sur. Mientras la lluvia torrencial la empapaba, apuró el paso, al tiempo que comenzaba a gritar "Ya voy, ya voy. Se están mojando, se están muriendo de frío. Mis pobrecitas Nereidas..No desesperen, ya voy". Al llegar a la fuente, abrazó a cada una de las esculturas y mientras las acariciaba y trataba de secarlas con su pañuelito, repetía sin cesar "mis pobrecitas.". Un periodista que presenciaba la escena, se acercó a decirle: "¿Qué pasa, abuelita?". "Es que vine a secar a mis hijitas.", le contestó. El hombre logró disuadirla y al abrir la cartera de la viejita en busca de un documento, comprobó con estupor que se trataba de la autora de esa obra de arte, nada más y nada menos que la mitológica Lola Mora.

Unos días después, un ataque cerebral la dejaba postrada, con medio cuerpo paralizado y la pérdida de la visión en un ojo. En una cama de una plaza, con su pelo blanco prolijamente peinado y una actitud semejante a la dignidad de una reina, pasó sus últimos tiempos. Según una versión, su marido viajó desde Italia luego de 20 años sin verla. Según otros, el encuentro pudo sólo ocurrir en el mundo irreal de Lola en esos últimos días. Lo cierto es que ya con dificultades para hablar, la única palabra que repetía claramente era Luis. Un gris domingo de junio y cuando sus queridas Nereidas sufrían los embates del frío viento de la costanera, el corazón que le daba batalla a un obstinado coma dejó de latir. En Tucumán, donde el diario publicó a toda página "Se apagó el sol del Jardín de la República" pidieron que sus restos descansen allí. Gentilmente, las sobrinas declinaron el homenaje, alegando que ella quería que sus cenizas descansen junto a sus hermanas, en Chacarita. Cuarenta años más tarde, el Gobierno de Tucumán dispuso el traslado de sus cenizas, junto a las de sus hermanas y el pueblo entero se volcó a las calles para aplaudir el paso de la cureña que la llevaba a su última morada: La Casa de la Cultura "Lola Mora". Cuando se abrieron las puertas del avión, una fanfarria tocaba los acordes del Himno Nacional, mientras la urna bajaba escoltada por soldados de los Regimientos de Patricios y de Granaderos. Pero aún faltaba una última ironía, un último soplo de rebeldía. El soldado que llevaba la urna de bronce en sus manos, la torció levemente, lo suficiente como para que la tapa se moviera y de adentro, como un espíritu inmortalmente libre, salieran algunas de sus cenizas y se echaran al viento. Alguien por lo bajo se animó a hacerle una última crítica: "Esta Lola Mora, no cambia ni de muerta" y alguien que escuchó el comentario, salió a defenderla. Desde un cielo en el que ella es la encargada de darle bellas formas a las nubes, Lola susurró: "Gracias, hijito. No quiero que nadie me defienda. Para eso están mis obras.."

Agradecimientos: Carlos Páez de la Torre y Celia Terán, autores del libro Lola Mora; a la familia Santoro, autores de Una vida fascinante y al Arq. Gerardo Isas.

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