
Cinco títulos mundiales en la máxima categoría juvenil y dos medallas de oro olímpicas fueron el fruto más visible de la era Pekerman: una idea gestada al mando de un taxi y una carpeta perdida que planteaba una visión inédita del fútbol argentino
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José Pekerman, con el volante del Renault 12 en su mano izquierda y la palanca de cambios en la derecha, maneja su taxi por las calles de Buenos Aires. Lo hace muy lento porque eso le permite detectar potenciales pasajeros y porque, con ese ritmo pausado, puede cranear estrategias y tácticas futboleras. Sin embargo, solo deja de trabajar una hora por día: cuando encuentra alguna plaza con chicos jugando un picadito. Ahí, se sienta en un banco y en su libreta plasma todo lo que observa. Pero Pekerman sabe que el taxi es un paréntesis en su relación profesional con el fútbol, es solo un medio para elaborar el duelo por su retiro prematuro como jugador, debido a una lesión en la rodilla.
Quince años más tarde, en 1994, la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) convoca a un inédito concurso de entrenadores para elegir al director técnico de las selecciones juveniles. Pekerman, a pesar de haber trabajado en las categorías menores de Chacarita, Argentinos Juniors y Colo Colo –claro que después de abandonar el taxi–, es un completo desconocido para el comité de evaluación encargado de nombrar al nuevo entrenador. Pero, contra todos los pronósticos –el periodismo fogoneaba nombres con peso específico, como Carlos Griguol o Jorge Griffa–, se impone el proyecto de Pekerman. La carpeta de trece puntos y setenta carillas que presentó fue destacada por su prolijidad. Incluso, uno de los miembros del comité dijo que parecía escrita por Borges.
El fútbol argentino estaba gobernado por tres paradigmas: se pensaba como un deporte de individualidades (recién terminaba la era Maradona), se privilegiaba el resultado a cualquier precio (estaba presente la herencia de Bilardo: "Ganar es todo, del segundo nadie se acuerda") y estaba totalmente centralizado en Buenos Aires.
Con su proyecto, Pekerman patea el tablero: para él, los resultados deportivos no son el objetivo principal, sino una consecuencia de un trabajo en equipo y a largo plazo. En primer lugar, modifica la forma en que se seleccionan los jugadores: aunque suene insólito, antes de 1994 los jugadores eran convocados por recomendación, a través de una llamada telefónica. Pekerman se da cuenta de que la herramienta principal para descubrir nuevos talentos es presenciando los partidos, de novena a reserva. Con ese objetivo, conforma un equipo de colaboradores que ojean la Argentina de punta a punta.
Cuando asume como técnico de las selecciones juveniles argentinas, Pekerman dice: "La idea general es recuperar la identidad, la capacidad técnica y la imaginación, además de nutrir de jugadores la selección mayor". Pero, para Pekerman, esa identidad se ampara en una estructura que no tiene relación estricta con lo que sucede dentro del campo de juego. Para eso, comienza a trabajar de manera interdisciplinaria. Su equipo incluye asistentes sociales y psicólogos. Para Gerardo Salorio, preparador físico de las selecciones juveniles en el ciclo Pekerman, "trabajar con este tipo de profesionales permite conocer más a los individuos y detectar jugadores indisciplinados".
En el Mundial Sub-20 de 1991, disputado en Portugal, la Selección Argentina, dirigida por Reinaldo Merlo, había tenido un pésimo comportamiento, lo que le valió la suspensión de la FIFA para participar en los campeonatos de la categoría por dos años. Pekerman quiso transformar la imagen que el mundo futbolístico tenía de la Selección Argentina e invirtió el orden de las prioridades. Gustavo Lombardi, una de las figuras del plantel que obtuvo el campeonato mundial en Qatar en 1995, dice: "Nunca olvidaré el trabajo que hicieron para convencernos de que el primer objetivo que teníamos era conseguir el premio Fair Play de la Copa del Mundo".
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