
Las arqueólogas
Por Mex Urtizberea
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Siempre me gustaron las arqueólogas; te aman hasta los huesos, no reprochan tu pasado, van al fondo.
Tuve con Augusta, la arqueóloga que conocí en el Museo de La Plata, un romance de esos históricos. Ni bien la vi me enamoró su perfil griego; era una diosa. Intenté escarbar en su vida. Ella, dura como una momia, casi ni me miraba. Le dije que sospechaba que en el jardín de mi casa de San Telmo estaban enterrados los restos de Pedro de Mendoza. Mi frase fue un hallazgo, aceptó venir a almorzar al día siguiente.
Esa mañana enterré en mi jardín una caja de bombones, un ramo de rosas y un poema. Llegó puntual, no quiso comer y fue derecho al patio. Sacó una pala y empezó a excavar. Me quedé en la cocina, observándola con pasión. La vi gritar de alegría, pensé que había encontrado mis regalos. Sacó el celular y a los diez minutos mi casa fue invadida por las cámaras de televisión. Ella, eufórica, les repetía que los huesos que acababa de encontrar eran los de Pedro de Mendoza. Me acerqué, tímidamente, y sólo atiné a decirle: "Es Ricky, mi perro salchicha. Murió el año pasado".
Esa fue la ultima vez que la vi. Me enterró para siempre.
De todos modos, muchachos, las arqueólogas no convienen: no buscan un hombre, sólo buscan al eslabón perdido.
mex@urtizberea.com






