
De Darwin a los hipsters de Palermo, como atractivo sexual o símbolo revolucionario, la barba tiene un lugar en la historia y hoy está nuevamente de moda. ¿Por qué? Hablan los expertos.
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No es ningún secreto. Zach Galifianakis, George Clooney y Ben Affleck lo saben: la barba suma. Y habla por sí misma. Aunque no dice siempre lo mismo, siempre dice algo acerca de la relación con la sociedad y la filosofía de quien la lleva. En la Grecia antigua la barba tupida se cultivaba como signo de virilidad y conformidad con la naturaleza. Los rabinos jasídicos las usaron desde siempre como expresión de sumisión a la Torá y los hipsters en Nueva York están pagando hasta US$7.000 por un buen implante facial que los haga más parecidos a Freud, a Marx y a los beatniks de los años cincuenta. Hay más de treinta tipos de barba reconocibles listados en Wikipedia y las razones para dejarla crecer recorren todo el arco sociopolítico: desde la frívola pero universal voluntad de ser más atractivo hasta la militancia revolucionaria.
En los últimos años se ha visto un retorno de la barba, sobre todo completa, larga y tupida. Incluso muchos veinteañeros con pretensión de estilo la portan. Filósofos, escritores, psiquiatras, líderes empresarios y desarrolladores de software de todo el mundo dejan crecer sus vellosidades faciales, para alegría de sus congéneres y horror de pogonofóbicos (trastorno definido como un miedo irracional, morboso y constante a barbas y bigotes). Oscar Fernández, de la peluquería Roho, lo confirma: "Se viene a full la barba y el pelo largo en los varones".
La evolución barbada
La explicación biológica de la barba la formuló Darwin. El gran barbudo de las ciencias naturales postula en El origen del hombre que la barba no sería más que un órgano sexual secundario, ya que solo crece en los varones y no parece tener otra función que la de hacer más atractivo a quien la exhibe. La psicología evolutiva tiende a confirmarlo: la barba primitiva habría servido al doble propósito de exhibir la madurez sexual y amedrentar rivales con la imagen de una mandíbula más grande.
En el vaivén histórico, Alejandro Magno introdujo el rostro afeitado en Occidente, durante el siglo IV antes de Cristo, primero como un modo de defensa para sus soldados (quienes de esa manera ya no podrían ser agarrados por el mentón). Durante la era victoriana todo prócer lucía una prominente barba, y para los años veinte eran, otra vez, cosa de excéntricos, desterradas para siempre de las altas esferas de la política. Finalmente, de la mano de la Revolución cubana la barba se convirtió en un emblema de la contracultura.
Este año, científicos australianos publicaron un estudio en las Biology Letters de la Royal Society Publishing, donde se explica el comportamiento cíclico de los hombres con respecto a la barba. Realizaron un experimento en el que mostraron series de cuarenta fotos de hombres con distintos niveles de barba a más de mil mujeres y a doscientos hombres. En algunos casos, ponían mayoría de barbudos; en otros, mayoría de lampiños. Los resultados del estudio manifestaron una tendencia acorde con los postulados de la psicología evolutiva. La llaman "preferencia dependiente de la frecuencia negativa". Las estadísticas indicaron que se tiende a juzgar como más atractivo a quien porta el rasgo más infrecuente. O sea, en una sociedad de afeitados, los barbudos llevan las de ganar. Pero ojo con la sobreabundancia de barbudos, porque les juega en contra.
En Palermo funciona el Salón Berlín, una bar-bería-peluquería (con happy hour y mesa de ping pong) que reivindica las antiguas tradiciones del salón masculino. Un lugar donde los hombres pueden dedicarse al cuidado de sí mismos, pero como hombres. Allí el afeitado es a navaja, con toalla caliente y fría. Fernando Elo es la cara (y la barba) visible en Salón Berlín. Para él la vuelta a la barba tiene que ver con el resurgir de las cosas nobles y el gusto por el trabajo manual bien hecho. "Es también una vuelta a la masculinidad como respuesta a lo metrosexual", completa. A Salón Berlín llega toda clase de barbudos interesados en el cuidado y en los consejos para un mejor tratamiento de sus atributos. Así se da una manera de complicidad, una predisposición positiva entre barbudos. "Ves una barba y ya te cae mejor la persona", dice el experto. La barba de Fernando surgió por una promesa y quedó. Hoy luce como una marca contundente de su personalidad. Por eso, la barba-moda de los hipsters le parece un evento poco interesante y una moda pasajera, aunque augura un furor de barbas posmundial capaz de darle verdaderos problemas a Gillette.
<b>Las claves del éxito</b>
El tiempo ideal para una barba completa es no menos de 120 días. Casi todos recomiendan comenzar con una buena afeitada. La dihidrotestosterona, un derivado de la hormona masculina, es la responsable del crecimiento del vello facial y, al igual que la testosterona, su nivel puede variar según la estación del año y la actividad sexual de cada sujeto. Se sabe que la barba crece más en verano que en invierno. Por eso se recomienda empezar durante las vacaciones. Así, de paso, no se tienen que exhibir las primeras semanas de crecimiento en el trabajo, donde la insipiencia puede llegar a confundirse con desgano. El próximo campeonato mundial de barbas y bigotes tendrá lugar en octubre en la ciudad de Portland, así que tranquilos, que hay tiempo.






