
Las bicis al ras del piso circulan por el conurbano
El custom, una pasión de origen chicano, fue adaptado aquí por chicos de no más de 18 que arman bicicletas de diseño único
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El utilitario se estaciona a metros de donde se instaló la comitiva que organiza la expo. Nahuel Barrientos, campera azul estilo béisbol y gorra con visera plana, baja una suerte de alfombra azul que despliega prolijamente sobre la vereda que da a Costanera Sur. Con la ayuda de su padre bajan uno a uno los tres espejos cuadrados, que alinean en diagonal sobre la alfombra. Ahora sí llegó el momento: de la parte trasera de la camioneta sacan, entre los dos, la bicicleta y la colocan ahí arriba.
No es una bici cualquiera. A Nahuel, de 17, le llevó un año entero encontrar las partes y armarla: el cuadro lo encontró en un taller de Lanús, ahí cerca de donde vive; los pedales, de una silla de ruedas, en Retiro; el asiento, ese largo y curvado, en Florencio Varela; los espejos, que van colgados de esos manubrios altos y rectos como si fueran cuernos, los consiguió en Pompeya, y las ruedas cargadas de rayos, en algún otro rincón de la ciudad. Él se encargó de pintarla, cromarla, de darle lustre y brillo. Es una lowrider en la que cualquier hiphopero chicano estaría orgulloso de andar.
Es que la movida de customizar la bici llega de allá, de México y Estados Unidos, con un concepto similar a lo que se hace con los autos: bajarlos lo más posible, agregarles accesorios llamativos y ponerles un equipo de música todoterreno. Acá la adoptaron, sobre todo, chicos que no pasan los 18, la mayoría del conurbano, que suelen vivir en una casa con un garaje o un patio donde puedan armarlas y desarmarlas con las herramientas que les sacan a los padres. Andarlas, conservarlas un tiempo y largarlas por sumas que no superan los mil pesos, y volver a arrancar con otra para adaptarla según la imaginación y capacidad de cada uno.
Nahuel sabe que con esa low no puede andarla por el barrio. Se la arrancarían apenas pisara la calle. La bici duerme en un rincón que le facilitó su padre en un galpón de su casa. El hobby pasa por prepararla y el disfrute por exhibirla cada vez que se arma una movida como esta que organizaron unos chicos de Merlo, del grupo On the floor bikes.
"Esto tendrá acá entre ocho y diez años. Hubo otros grupos antes que hicieron lo mismo, nosotros somos como una tercera generación", cuenta Joel Domínguez, uno de los organizadores de la expo, mientras se pasea entre las cientos de bicis que se reunieron esa tarde ahí, al fondo del dique 3, muchas para participar de las competencias del día: la más baja, la mejor pintura, la mejor llanta o el mejor audio.
Y por supuesto, a la mejor bici personalizada de cada categoría. "Las lowrider son las más customizables y los triciclos van a pleno con música", dice Joel mientras se acerca a uno de color blanco. El dueño del triciclo muestra el poder del equipo de audio que montó en la parte trasera: una batería de auto alimenta una potencia, un wooffer y dos drivers. Su teléfono celular sintoniza la música donde abunda el reggaeton y, especialmente, el dubstep, un estilo de música electrónica bien chillón y con muchos agudos. Porque más que un estilo de música, lo que predominan son los temas con agudos. No es raro entonces ver bicis con hasta cinco drivers en forma de corneta alrededor del asiento.
Más allá se reúnen los chicos de Glamour Bikes, que se vinieron pedaleando desde Bernal en sus pisteritas, que no son otra cosa que playeras con una rueda delantera de un rodado más chico y con guardabarro de moto. "Esta me la regalaron mis viejos cuando era más chico -dice Julián Guardiola, de 15-. Cuando falleció mi viejo decidí desarmarla y volver a armarla de cero en honor a él. Mi vieja se calienta cuando gasto mucha plata, pero igual me apoya porque es un vicio sano."
Nahuel Gómez se vino desde Virreyes en su chopper, una bici bastante al suelo, con la horquilla larga, tirada hacia adelante emulando las motos choperas. Se acerca a la low del otro Nahuel y le dice: "¿Quién la hizo, vos? ¡Te felicito, loco!"
Hace tres años que se metió en la movida. Fue culpa de un amigo que llegó a su casa con el modelo más estrafalario de las bicis personalizadas, la bacha al piso, el extremo del tuneo de bicis donde la lógica de armado es que esté lo más a ras del piso que se pueda: pedales dentro del cuadro, bielas de rodado 12, horquilla americana, tubo inferior paralelo al suelo y la rueda delantera mirando al cielo. Lo confiesa: no es cómoda, de hecho cuanto más baja, más inandable. Las piernas van tan estiradas que hacen doler las rodillas. Pero cuando su amigo la bajó de la entrada de su casa, que es bien empinada, se enamoró de ese crujido que hace al rozar contra el piso.
En los últimos tres años tuvo unas seis o siete, que conservaba unos tres meses y las largaba. Su padre le limpió un cuarto en el fondo de la casa y le regaló una soldadora. A la semana, Nahuel ya había colgado de la pared varios cuadros. "Hoy ya me doy maña con cualquier cosa -dice-. Es hermoso armarlas, y después mirarla y decir ey, esto lo hice yo."
También sabe que a su edad, los 18, la mayoría se pasa a la moto o el auto. Para muchos lo más importante del tuneo es llamar la atención. Él, en cambio, ya se dio cuenta de que lo suyo es amor por las bicis.






