Las distintas etapas del enojo, un clásico

Maritchu Seitún
Maritchu Seitún PARA LA NACION
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20 de agosto de 2016  

Los chiquitos de 2 años muestran su enojo pegando, pateando, gritando, empujando, mordiendo, pellizcando: a cada rato se llenan de frustración por las miles de cosas que no los dejamos hacer, o las que los obligamos a realizar, o las que no pueden (porque no tienen fuerza o habilidad para lograrlas). Carecen de la riqueza de vocabulario y de la capacidad de hablar de lo que les ocurre, y por eso se expresan a través de su cuerpo. Algunos pocos se retiran o se duermen ante alguna contrariedad, pero la mayoría nos hace notar con fuerza su disgusto. A los 3 años los chicos empiezan a hablar más y mejor, y entonces ya no pegan, muerden ni gritan tanto, pero en cambio empiezan con los insultos: "mala", "tonto", y otros epítetos más subidos de tono, especialmente a mamá, pero también a papá y a otros cuidadores. Es una forma más evolucionada de reaccionar, todavía no pueden hablar de lo que les pasa, pero es un gran avance en relación con la etapa anterior de reacción física inmediata. Llamo al insulto "patada verbalizada", porque convierten su enojo en palabras en lugar de acciones, por lo que habría que alegrarse (aunque nos cueste, porque es muy diferente que lo que nuestros padres hicieron en nuestra infancia), o por lo menos no enojarse tanto y no darle demasiada trascendencia salvo que digan algo extremadamente grosero.

A los 2 años no funciona responder a sus conductas con fuertes retos y penitencias porque no resuelven el problema, sino que más bien lo fijan, y lo mismo ocurre a los 3 con los insultos. Resulta más útil y eficaz en las dos edades poner en palabras el enojo que registramos detrás de ese golpe o insulto y entonces decirles: "Estás enojado conmigo", o "qué rabia tener que dejar de jugar para ir a bañarte", o "¿justo ahora hay que apagar la tele?" y nada más. Si no logra calmarse con nuestra puesta en palabras de lo que le pasa, repetimos la frase: "Estás enojado" y agregamos: "Pero a mamá no se le habla así", y si aún así sigue sin detenerse, pasaremos a anunciar una consecuencia corta, cumplible, relacionada con su enojo, activa, reparadora: "Si volvés a hablarme así vas a? hacerme un dibujo, ayudarme a cocinar, salir de la cocina (un ratito corto)".

Recién a los 4 pueden hablar más articuladamente de lo que les pasa ("yo quería saludar primero a papá") y ya no empujan al hermanito que llegó primero ni le dicen "¡tonto!" a los gritos porque le ganó.

Nuestros hijos chiquitos se enojan muchas veces por día con nosotros, nos ven malos y también nos adoran, nos celan, nos quieren exclusivamente para ellos, quieren hacer siempre lo que quieren, todo eso junto y también separado.

Y saben que cuando se portan mal los adultos vamos a toda velocidad hacia donde ellos están, cosa que lamentablemente solemos no hacer cuando nos llaman para mostrarnos un dibujo o la prueba genial que se les acaba de ocurrir; saben que sus acciones o sus insultos garantizan atención y presencia inmediata, y es tan eficaz que no dejan de hacerlo.

Todos tenemos buenos y malos deseos y pensamientos, y al crecer y madurar vamos eligiendo "portarnos" bien. Lo importante es que nuestro hijito no se sienta malo por decirle mala a su mamá o por empujarla; los padres tenemos que aprender a sobrevivir sin daño, sin ofensas, venganzas o culpabilizaciones a esos "ataques", porque así los mismos chicos se sienten menos malos y, lo que es muy importante, aprenden a separar pensamientos, sentimientos y deseos de acciones y palabras.

No es casual que los malos de los cuentos tradicionales existan desde hace muchos años y perduren; tranquilizan a los chicos de que ellos no son los únicos que sienten esas cosas, aunque también les encanta saber que los buenos ganan.

La autora es psicóloga y psicoterapeuta

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