
Las lágrimas en la lluvia de David Bowie
"He visto cosas que ustedes no creerían. Naves de combate en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo... como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir."
Este pequeño discurso, conocido como el "Tears in Rain Monologue" o el "C-Beams Speech", tiene su propia entrada en Wikipedia y le resultará familiar a cualquier fan de Blade Runner, la película de 1982 de Ridley Scott -basada en ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick- que este año tendrá su secuela, Blade Runner 2049. Son palabras que dice Roy Batty, último sobreviviente en la Tierra de una casta evolucionada de "replicantes" bautizada Nexus 6, robots sublevados de apariencia humana perfecta.El ex policía Rick Deckard (Harrison Ford) tiene la misión de "retirar" a los Nexus, y en el clímax suicida de la película, en esa Los Angeles 2019 -lluviosa, nocturna, tóxica, fluorescente, inorgánica, pospunk, irremediablemente china-, el androide emite su propio epitafio, uno de los parlamentos más bellos de la historia del cine.
David Bowie -protagonista de la gran muestra de fotos de Mick Rock que se exhibe en La Rural de Palermo- amaba Blade Runner, y a la vez es imposible no advertir en la estética del film la influencia de Ziggy Stardust, el alien que cayó a la Tierra en la forma de estrella de rock y que dedicó sus últimos cinco años de vida a difundir en nuestro planeta un mensaje de amor y paz.
La replicante Pris, por ejemplo, esa especie de Siouxsie montada en la corporación Tyrell, se vería de manera muy diferente de no haber existido Stardust. Casualmente o no, Bowie y Roy Batty llegaron al mundo el mismo día: el artista nació el 8 de enero de 1947, y el humanoide tuvo su "incepción" el 8 de enero de 2016, apenas tres años antes de morir bajo la lluvia frente a la mirada hermosamente perpleja de Harrison Ford.
El 16 de enero de 1985, durante una tormenta de nieve en Londres, un paciente psiquiátrico se escapó del hospital de Cane Hill, cruzó a la estación Coulsdon South y saltó a las vías justo antes de que pasara el tren. Era Terry Burns, hermano mayor de David Bowie por parte de la madre. En los años de infancia, Terry había sido un referente para David: lo introdujo en Nietzsche, Kerouac, Burroughs y el jazz. Pero en 1956 Terry entró en la Fuerza Aérea Real Británica y fue a prestar servicio al enclave colonial de Adén, donde la Corona trataba de retener el dominio. Después de dos años volvió a casa. Ya no era el mismo, y al tiempo fue diagnosticado de esquizofrenia paranoide.
Al ver de cerca el proceso mental de Terry, Bowie creció con la idea de que su propia cordura estaba siempre en peligro. La salida la encontraría en el arte, en la invención de un mundo propio y en una colección de personajes capaces de ocultarlo y trascenderlo.
Sin embargo, nunca asimiló del todo la locura de su medio hermano. No fue a su funeral; dijo que no quería convertirlo en un show mediático. Mandó, eso sí, un ramo de flores con una nota dirigida a Terry en la que parafraseaba el monólogo trágico del replicante de Blade Runner: "Has visto más cosas de las que nosotros podemos imaginar, pero todos esos momentos se perderán, como lágrimas en la lluvia. Dios te bendiga. David".






