
Las locuras de Dionisio
Un gran especialista en mitos griegos, Jean-Paul Vernant, narró las historias para sus nietos. Después, las reunió en un libro, que será publicado próximamente
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Dioniso es un dios distinto. Es un dios errante, vagabundo, de ninguna parte y de todas. Al mismo tiempo, en todos los lugares donde está de paso exige que le reconozcan su posición, su preeminencia. Sobre todo quiere asegurar su sitio en Tebas, donde nació. A la vez vagabundo y sedentario, representa entre los dioses griegos la figura del otro, de lo diferente, desconcertante. También es un dios epidémico. Como un mal contagioso, cuando irrumpe donde se lo desconoce, apenas llega impone su culto, que se extiende como una onda.
Se puede decir que Afrodita es la diosa del amor y Atenea la de la sabiduría, que Hefesto es el dios artesano, herrero. Pero a Dioniso no se lo puede encasillar. Las historias sobre él adquieren un sentido particular cuando se reflexiona sobre esta tensión entre el vagabundeo, el hecho de estar siempre de paso, en camino, de viaje, y el deseo de tener un lugar propio.
Con una niña deslumbrante, Sémele, Zeus tendrá relaciones no durante un día sino durante mucho tiempo. Sémele ve a Zeus en su lecho cada noche, bajo su forma humana, pero sabe que se trata del dios y quiere verlo en toda su gloria. No deja de implorarle que se muestre a ella. Desde luego, la pretensión tiene sus peligros. Cuando Zeus cede a los ruegos de Sémele y se muestra en todo su esplendor, ella es consumida por la gloria divina de su amante. Se quema. Como ya está encinta de un hijo de Zeus, el dios retira al pequeño del cuerpo de Sémele, se abre el anca, la transforma en un útero femenino y aloja allí al feto de seis meses. De manera que Dioniso será doblemente hijo de Zeus, el dos veces nacido. Llegado el momento, Zeus abre su anca y el pequeño Dioniso sale como había salido del vientre de Sémele.
Dioniso será objeto de los celos tenaces de Hera, que no perdona fácilmente los deslices de Zeus y encuentra por todas partes los frutos de sus amores ilícitos. Zeus se ocupará de sustraer a Dioniso de las miradas de Hera y confiarlo a nodrizas para que lo oculten.
Cuando sea un poco más grande, también él va a vagabundear y será objeto de las persecuciones de personajes poderosos. Una vez, cuando aún es joven, desembarca en Tracia acompañado por un séquito de jóvenes bacantes. El rey del país, Licurgo, mira con malos ojos a este joven forastero de origen desconocido que dice ser un dios y esas jóvenes que deliran como seguidoras fanáticas de una nueva divinidad. Licurgo detiene a las jóvenes bacantes y las hace encarcelar. El poder de Dioniso basta para liberarlas. Licurgo persigue al dios y le obliga a huir. Divinidad ambigua, equívoca en su aspecto femenino, Dioniso está muerto de miedo durante la persecución. Se arroja al agua y escapa. Desaparece de Grecia y conquista Asia. Recorre esas tierras con ejércitos de fieles, sobre todo mujeres, que en lugar de blandir las armas clásicas del guerrero luchan a golpes de tirso, tallos vegetales puntiagudos en los cuales ensartan piñas y que poseen poderes sobrenaturales. Dioniso recorre toda Asia como vencedor.
Entonces vuelve a Tebas. El rey es Penteo, hijo de su tía Agave, hermana de Sémele. Dioniso llega disfrazado a la ciudad de Tebas. No se presenta como Dioniso, sino como un sacerdote del dios. Vestido de mujer, el pelo largo hasta la espalda, parece un meteco oriental con esos párpados pintados, el aire seductor, la palabra fácil: todo aquello que puede trastornar, erizar a Penteo. Ambos tienen casi la misma edad. Penteo es un joven rey y el sedicente sacerdote es un joven dios. Alrededor del sacerdote gravita una banda de mujeres jóvenes y algunas mayores que son lidias, es decir, orientales. Alborotan las calles de Tebas, comen y duermen al aire libre. Penteo lo ve y se enfurece. ¿Qué hace esa banda de errantes? Quiere expulsarlos. Dioniso ha enloquecido a las mujeres de Tebas porque no perdona que digan que Sémele nunca tuvo relaciones con Zeus y que si hubiera tenido un hijo, éste hubiera muerto también; en todo caso, no podía ser hijo de Zeus.
Dioniso quiere restablecer un vínculo con lo divino en la vida humana misma, en la vida política y cívica de Tebas tal como es. Pretende introducir un fermento que abra una nueva dimensión en la vida cotidiana de cada uno. Para ello debe enloquecer a las mujeres de Tebas, esas matronas sólidamente instaladas en su función de esposas y madres. El dios les contagia su delirio.
Ellas abandonan a sus hijos, sus tareas hogareñas, sus esposos y se van a las montañas, las tierras baldías, los bosques. Allí despliegan una conducta asombrosa por tratarse de damas de semejante dignidad, se entregan a toda clase de locuras con un desenfreno al que los campesinos asisten con una mezcla de asombro, admiración y escándalo. Penteo se entera de todo, su furia no conoce límites. Ante todo, ataca a las fieles del dios, sus seguidoras devotas. Ordena a su policía que arroje a la cárcel a las lidias fervorosas del nuevo culto. Así lo hacen los encargados de la disciplina urbana, pero Dioniso las libera inmediatamente con sus artes mágicas. Nuevamente salen a las calles a cantar, hacer sonar sus crótalos, provocar alboroto. Penteo decide enfrentar al sacerdote itinerante. Ordena que lo detengan, lo aherrojen y lo encierren en los establos reales con las vacas y los caballos. El sacerdote se entrega con una sonrisa irónica, sin la menor resistencia y les deja hacer. Lo encierran en los establos reales. Penteo piensa que el asunto está resuelto y ordena una expedición militar para perseguir y reunir a esas mujeres libradas a sus excesos.
Mientras tanto, Dioniso se libera de los hierros y el palacio estalla en llamas. Caen los muros, pero él sale ileso. Penteo está conmocionado, tanto más por cuanto después de que sucede todo eso y su palacio queda destruido, aparece frente a él nada menos que el sacerdote, sonriente, ileso, desaliñado. Llegan sus capitanes, ensangrentados, sin casco, las armaduras quebradas. ¿Qué ha pasado? Le explican: en tanto las dejaban en paz, esas mujeres parecían disfrutar del colmo de la dicha, no eran agresivas ni amenazantes; entre ellas reinaba una maravillosa serenidad; tomaban en sus brazos a los animalitos de todas las especies y les daban el pecho como a sus propios hijos, sin que las bestias salvajes les hicieran el menor mal. Vivían en otro mundo, el de la perfecta armonía recuperada entre todos los seres vivos, todas las bestias juntas, los carnívoros reconciliados con sus presas, todos se codeaban, disfrutaban juntos, las fronteras abolidas, en la amistad y la paz. Era el regreso de la edad dorada. Pero al aparecer los soldados para ejercer la violencia guerrera, las mujeres angelicales se transformaron en furias asesinas. Atacaron con sus tirsos, se arrojaron sobre los soldados, provocaron el desbande general.
Penteo se entera de la derrota en el momento que aparece Dioniso. Frente a Penteo se encuentra ese joven que es, de alguna manera, su retrato y su doble: son primos hermanos, de la misma familia, nativos de Tebas. Los dos tienen la misma edad. Si Penteo se despojara del caparazón que se ha forjado para sentirse verdaderamente un hombre que sabe lo que se debe a sí mismo y a la comunidad, siempre dispuesto a mandar y a castigar cuando es necesario, aparecería Dioniso.
Mientras no exista la posibilidad de ajustar esos contrarios, se produce un hecho aterrador: los que encarnan la adhesión incondicional a lo inmutable, los que proclaman la permanencia necesaria de sus valores tradicionales frente a aquello que es distinto y los pone en tela de juicio, aquello que les obliga a echar una mirada distinta sobre sí mismos, los campeones de la identidad, los ciudadanos griegos convencidos de su superioridad, caen sumidos en el horror.






