
Las nuevas caras del amor
El autor analiza los diferentes rostros que los asuntos amorosos adquieren en la actualidad y los modos en que se presentan, en tanto la esencia del amor permanece inalterable
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La imagen convencional del amor ha cambiado. Me refiero, claro está, a la que rigió en Occidente hasta hace unos treinta años. La literatura del corazón, bastión postrero de esa imagen estereotipada, ha sido barrida del mercado popular por la literatura y la videocomunicación mal llamadas eróticas. Basta ver la oferta televisiva. Los protagonistas del amor ya no son lo que eran. La clásica pareja heterosexual ha ido perdiendo el monopolio del asunto amoroso.
Hoy el amor gana proyección como bandera de reivindicaciones sectoriales y materia renovada de debate público. Allí están para probarlo los homosexuales y aun los travestis, las iglesias y los políticos. Voces hasta hace poco inéditas vienen a sumarse a las tradicionales, y hasta logran predominar sobre ellas en la concepción de lo amoroso; tanto en el espectáculo y las artes como en el campo de los derechos humanos y en la reconfiguración de los temas sociales.
También parecería que tiende a expandirse y profundizarse la creencia de que al amor le queda poco margen de acción y sentido fuera del terreno del enamoramiento. Se homologa (más de lo que se admite) el amor a la fugacidad de lo intenso, el cariño auténtico a la fascinación. Hasta cierto punto, se diría que los hijos de matrimonios disueltos son los únicos seres en relación con los cuales el amor aparece fundado en la perdurabilidad de los sentimientos de entrega y de cuidado, con independencia de la frustrada relación afectiva de los padres.
Sólo en lo que atañe a los hijos, los adultos (en especial los de clase media) se muestran, pese a haberse separado, capaces de conciliar la idea del amor con la indispensable laboriosidad y el incesante afán de perfeccionamiento del vínculo. Hecha esta salvedad, de alcance relativo, se diría que en nuestras sociedades se ha debilitado la convicción de que el amor merece ser también una tarea, un esfuerzo sostenido de conquista y reconquista en el marco de una misma relación de pareja.
Un hondo desaliento, una impaciencia irrefrenable, parecen haber ganado la sensibilidad de quienes se resignan a concebir y vivir el amor como un valor escasamente consistente y, en consecuencia, escasamente duradero. Se persevera en la búsqueda de alguien, pero sin demasiada fe en la fortaleza del encuentro. Es así como lo efímero tiende a resultar más verosímil que lo perdurable. No abundan las parejas capaces de prolongar en el tiempo la alegría de convivir. El desencanto y el desentendimiento no tardan en empañar el entusiasmo inicial. Los recursos psíquicos disponibles y la educación dominante no parecen saber brindar los medios para matizar esa propensión a agotar la emoción del encuentro en el escenario de lo fugaz. El examen perseverante de las dificultades que pueden vulnerar el vínculo amoroso se vuelve con frecuencia irrealizable porque el valor afectivo del otro se desdibuja y marchita en cada uno con extraordinaria rapidez.
Es obvio que la institución del matrimonio se ha visto desacralizada por buena parte de las parejas heterosexuales. Y ello, curiosamente, en la misma medida en que muchas parejas homosexuales la reivindican como un derecho y un ideal.
Por supuesto, es insensato presumir que todos estos cambios indican que hoy se ama "menos" o "peor" que ayer. Los hombres se parecen profundamente a lo largo de las épocas, por muy distintas que ellas sean. De Goethe a Stendhal, de Flaubert a Tolstoi, la literatura del siglo XIX denunció la hipocresía que rodeaba las relaciones amorosas y la vida matrimonial, así como supo retratar también lo que de más sublime puede haber en el encuentro de un hombre con una mujer o con cualquiera de sus semejantes. La complejidad del amor no ha perdido espesor incluso en un tiempo tan propenso a la superficialidad como el nuestro.
Su riqueza y su misterio siguen alentando la mejor poesía y la filosofía más inspirada. Desde el budismo hasta los salmos bíblicos, de Platón y Ovidio a Freud, Buber, Lacan y Levinas, no se ha hecho otra cosa que meditar sobre su intrincada y conmovedora naturaleza. Y no es algo casual. Realmente es el amor, como escribió Dante Alighieri hace setecientos años, "el que mueve el sol y las demás estrellas".
El autor, argentino, es filósofo, ensayista, poeta, traductor y antólogo de literatura en lengua portuguesa






