
Las verdaderas necesidades
Señor Sinay: parece paradójico, creo que vivimos sin darnos cuenta de muchas cosas, de las más importantes, de las que hacen al sentido de nuestra vida. En la facultad me enseñaron que las necesidades básicas (comer, tener abrigo) tienen que estar satisfechas para poder preocuparnos por satisfacer otras (las sociales). Me pregunto si vivimos creyendo que estamos satisfaciendo nuestras propias necesidades y a eso llamamos libertad, o en realidad vivimos para llenar las expectativas que los demás tienen de nosotros y no nos damos cuenta, porque pensamos que son nuestras.
Alejandra Pintos
Una necesidad es aquello que no puede no ser. Para que una persona esté viva no puede no comer, no respirar, no beber agua. Para que cualquier criatura nazca no puede no ser concebida y para que muera no puede no vivir. Cuando se habla de necesidades básicas se apunta a las que permiten la supervivencia. En Una teoría de la motivación humana, trabajo que publicó en 1943 en la Psychological Review, el célebre psicoterapeuta humanista Abraham Maslow (1901-1970) planteó su Jerarquía de las necesidades humanas. Esta es una pirámide en cuya base están las necesidades básicas de subsistencia (comida, agua, abrigo, techo, descanso, procesos fisiológicos); luego, las de seguridad y protección (que incluyen salud, trabajo y vivienda); en tercer lugar, las de afiliación, pertenencia, relación y afecto; un escalón más arriba, las de estima (autorrespeto y respeto por parte de los demás, amor), y en la cúspide, la de autorrealización o actualización, que es la necesidad de expresar todas las potencialidades del propio ser a través de los medios que cada persona debe encontrar y explorar.
Aunque Maslow (cuyo libro El hombre autorrealizado es de notable vigencia) era muy claro en su planteamiento, la pirámide fue y es continuamente tergiversada para hacer pasar deseos por necesidades con fines siempre mercantilistas. Lo que una persona necesita para subsistir orgánicamente es sencillo y no requiere de sofisticaciones inútiles (nutrientes, agua, techo; ni costosos manjares ni castillos ni bebidas exóticas ni artefactos extravagantes). De ahí en más, ascendiendo la pirámide, las necesidades tienen que ver cada vez menos con lo que se compra y vende. Por supuesto, si no están satisfechas las de subsistencia, las otras quedan postergadas o canceladas. Pero respecto de las de relación y autorrealización, Maslow decía que son tan importantes como los aminoácidos, el agua y el calcio y que su desatención causa enfermedad. Esa enfermedad es la neurosis.
El moralista y filósofo suizo Henry Amiel (1821-1881) observó que "toda necesidad se calma y todo vicio crece con la satisfacción". En efecto, una vez honradas las necesidades se calman. Es un buen indicio para saber cuándo somos presa de un deseo. Cuándo, mediante eficaces y convincentes ardides, se nos hace creer que un deseo es una necesidad y que necesitamos lo que simplemente nos han inducido a desear bajo la sutil amenaza de que, en caso contrario, dejaremos de pertenecer, de ser reconocidos o de valer.
En 1977 a Patrick Rivers, alto ejecutivo de una editorial periodística inglesa, le informaron que el departamento a su cargo se clausuraba y que la compañía le ofrecía la opción de un año de sueldo indemnizatorio o pasar a un nuevo proyecto. Tras cavilar junto a su mujer y sus hijos, optó por lo primero. Y en ese súbito año sabático él y su familia cambiaron de hábitos para siempre, aprendieron a vivir atendiendo a sus necesidades (antes eran súbditos de deseos cada vez más costosos). Esto los modificó en sus relaciones, sus afectos, su emocionalidad. Enriqueció su espiritualidad. Rivers dio cuenta de la experiencia en un libro apasionante y ya clásico: Vivir mejor con menos. Allí escribe: "Nos convencen de que es la forma normal de vivir y pedimos que nos den más y más de lo mismo. Pero al distinguir las necesidades de los deseos -aquellos que jamás pueden ser satisfechos- uno encuentra que necesita menos de lo que imaginaba y empieza a vivir y trabajar de manera menos exigente y más satisfactoria, se hace más consciente de sí mismo y del mundo que habitamos. Al simplificar la vida podemos elegir cómo aplicar la energía así liberada". Es como empezar un viaje, cuenta Rivers, en el cual el primer paso es el más difícil. Ese primer paso consiste en reaprender lo que es una necesidad. Es decir, recuperar el uso de un antiguo, sabio y olvidado alfabeto existencial. La gente que lo hace, dice Rivers en el final de su libro, está menos expuesta a ser condicionada por otros.
El autor responde cada domingo en esta página inquietudes y reflexiones sobre cuestiones relacionadas con nuestra manera de vivir, de vincularnos y de afrontar hoy los temas existenciales. Se solicita no exceder los 1000 caracteres.







