Lenny Kravitz: "El arte no se va a ningún lado"

Pablo Perantuono
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3 de marzo de 2019  

El encanto, lo singular o simplemente lo extraordinario acompañan a Lenny Kravitz (Nueva York, 1964) desde el fondo de su historia: es un aura magnética que lo orbita y que parece bendecirlo, lo contrario de un estigma. Allí donde Kravitz va, allí algo sucede o sucederá. Es cierto: hoy puede parecer un derivado incuestionable de su fama, pero ese esplendor palpita detrás de él desde siempre, desde que, por ejemplo, gracias al trabajo de su padre (productor de la compañía CBS), podía cruzarse en el living de su casa con leyendas del jazz como Duke Ellington o John Coltrane. "A los 9 años –cuenta, con tono taciturno, desde Nueva York, en exclusiva para LA NACION revista– vivía en un edificio que quedaba enfrente de la casa de Joe Namath, que era mi ídolo de entonces y la estrella de los New York Jets, el equipo [de fútbol americano] de mi ciudad, del que era fan". Mientras sus compañeros de escuela jugaban al básquet en los playgrounds, Kravitz le lanzaba pelotas a Namath en las cocheras o en las terrazas de los edificios de la cuadra. Por aquel entonces –comienzos de los años 70–, Namath no solo era un prócer del fútbol americano, sino también un ícono pop, una suerte de Elvis Presley del deporte, carismático y cool. Vestía con el garbo que, años después, caracterizaría a Kravitz. No fue esa la única vez que, siendo un ignoto, el destino o la curiosidad sentaron a Kravitz en los salones de la historia. Tiempo después, ya instalado en Los Ángeles, mientras serpenteaba las estribaciones del rock, una noche se enteró de que Miles Davis festejaba su cumpleaños 60 en un yate. Era el 26 de mayo de 1986. Davis ya era un mito y Kravitz un don nadie, pero tenía una carta fuerte para jugar: también era su cumpleaños. No solo ingresó al barco, sino que además terminó compartiendo una jam session junto al anfitrión, Carlos Santana, Chick Corea y Herbie Hancock.

Kravitz, que se presentará en el Lollapalooza el domingo 31 de este mes compartiendo line-up con artistas de la talla de Kendrick Lamar, Arctic Monkeys y Twenty One Pilots, creció en una atmósfera propicia para desarrollar sus intuiciones musicales. En los 70, Nueva York era una colmena fascinante que exudaba rhythm & blues por todos sus poros. El swing estaba en el aire. De esa fuente bebió el joven Lenny, que también acompañaba a sus padres a conciertos de jazz y de blues. Pero fue en su primer show de los Jackson Five, en el Madison Square Garden, cuando tenía 7 años, que Kravitz abrazó la música para siempre. No bien se apagaron las luces del célebre estadio, Lenny se vio embestido por una cabalgata de estímulos sensoriales. Aquellos cinco jóvenes de pelo enrulado eran los sultanes del ritmo: sus trajes brillantes, el bronce dorado de las trompetas relampagueando ante su mirada atónita, el groove convertido en una estremecedora e irresistible forma de vida. "Quiero esto para siempre", pensó.

Por ese entonces, el niño Kravitz también tuvo otra revelación, mucho menos simpática. El primer día de clases en la escuela pública llegó acompañado por su padre, hijo de ucranianos. "Ey, tu padre es blanco", le decían sus compañeros, apenas puso un pie en el aula. Lenny se sorprendió: no entendía por qué podía ser un tema aquello que para él era tan natural. Ese primer día le entregaron un formulario en el que debía completar su nombre, su edad y su raza. Con los dos primeros no hubo problemas, pero al llegar al tercer ítem Lenny dudó de qué poner. Al verlo, su maestra le señaló algo que, hasta entonces, él no tenía claro: " Black", le dijo, sin eufemismos. "No me gustó la situación –recordaría–, pero luego mi mamá me explicaría que eso no era un problema, que debía estar orgulloso de ambos lados, que uno no era más importante que el otro, por más que la sociedad necesitara encasillarme en uno".

Poco tiempo después, su madre, la actriz Roxie Roker, consiguió un rol importante en una serie en Hollywood. Lenny dejó atrás la crepitante cultura negra de Nueva York para vivir en la luminosa Los Ángeles de mediados de los 70, una meca azul en cuyas playas se mezclaban los riffs de Jimmy Page y Pete Townshend, la marihuana y las culturas surfer y skater. Su formación comenzaba a completarse. Ese cóctel musical venía a complementar el mestizaje que llevaban su piel y sus venas. Una madre de raza negra y católica, oriunda de las Bahamas, y un padre judío de Brooklyn, descendiente de rusos, que había estado en el ejército y que ahora era una máquina de trabajar y progresar en la industria del entretenimiento. Kravitz era, a su vez, un hijo tardío del baby boom, cuando América comenzó a exportarle su música al mundo.

–Vivís entre Bahamas y París, pero creciste en Brooklyn y después te mudaste a Los Ángeles con tus padres. ¿Creés que esa crianza ecléctica influyó en tu música?

–Bueno, viajar siempre amplía el conocimiento. Crecer en la ciudad de Nueva York, donde se respira tanta cultura, y después mudarnos a la costa oeste, que es otro tipo de cultura, y tener la oportunidad de experimentar el mundo de Hollywood fue algo completamente diferente de ir a la escuela ahí. Los Ángeles fue la entrada del rock and roll en mi vida, por la edad que tenía y la gente que me rodeaba. En Nueva York estaba más cerca del R&B, del soul, del jazz. Y cuando me fui a Los Ángeles eran mediados de los 70; nos fuimos a vivir a Santa Monica, donde muchos eran hippies, así que fue acercarme a todo eso.

Hacia fines de los 80, en pareja con la actriz Lisa Bonet –hoy separados; padres de Zoe Kravitz, también dedicada a la actuación–, Lenny decidió grabar por su cuenta su primer disco. Para ello, emprendió una tarea hercúlea: tocar él solo todos los instrumentos, además de producirlo, a imagen y semejanza del ya por entonces monarca del funk y el pop Prince, uno de sus mayores referentes musicales. El resultado fue Let Love Rule, un trabajo que alberga un puñado de hits que todavía suenan en las radios, como "Mr. Cab Driver" o el tema que le da título al disco. Aquella fue una irrupción un tanto anómala: hacia 1989, todos los músicos de raza negra se volcaban hacia el hip hop, pero Kravitz hizo un disco en el que convivían el funk, el gospel, el R&B y el rock psicodélico, repleto de canciones de amor –a veces tildadas de naífs–, que vendió dos millones de copias en Europa. Un lanzamiento que fue una consagración.

–Editaste tu primer álbum hace 30 años, ¿qué pensás ahora? ¿Creés que esa música y el mensaje todavía están vigentes?

–Por supuesto. El arte no se va a ningún lado. Una obra de arte es una expresión, y es lo que es en sí misma. Para mí, ese disco todavía es muy relevante. Es una parte diferente de mí, porque yo seguí creciendo, no soy la misma persona que era entonces, pero una parte de mí [aún] lo es. Lo del mensaje es interesante, porque el mensaje de ese álbum diría que es más relevante ahora que en su momento.

–Cuando lo escuchás ahora, ¿todavía percibís el espíritu con el que fue hecho?

–Por supuesto. Igual, no lo escucho, porque no escucho prácticamente mi música. Pero si lo hago, porque la puso otra persona, sí, está ahí.

Como era de esperar, tras su exitoso bautismo, el ambiente comenzó a exigirle certificados de originalidad y pureza musical, algo que en realidad, si nos ponemos rigurosos, muy pocos artistas pueden ostentar. Kravitz, cuyas raíces musicales desbordan de homenajes, nunca se esforzó por ocultar las huellas de sus tutores (Hendrix, Prince, James Brown): ellos siempre estuvieron ahí, a la vista de todos. Pero había un elemento más. Proclive a las cavilaciones prejuiciosas, un sector del ambiente comenzó a mirar con sospecha la notoria dedicación de Kravitz hacia su aspecto, característica que podía hacer suponer que su narcisismo estaba por encima de –o podía eclipsar a– su sensibilidad o su pasión musical. No bien irrumpió en el mainstream, unas aguas en las que siempre se movió cómodo, Kravitz entendió muy bien que el papel de divo sexual –un Dionisio mestizo y arrogante– podía granjearle fama, centimetraje periodístico y palpitaciones en la audiencia. En aquellas imágenes, las de los tempranos 90, Kravitz parecía darle tanta importancia a exhibir sus abdominales tallados o a calcular el impacto de sus simétricos tatuajes –las fotos de promoción al menos así lo mostraban– como a explicar la naturaleza de su arte. Eso fue al principio. Luego, esa estrategia comenzó a ser recibida más naturalmente, en simultáneo con el declive de cierto dogmatismo del ambiente y hasta un sano ejercicio de autoparodia, como cuando apareció en el film Zoolander –donde el fervor por la moda es llevado al paroxismo más absurdo– haciendo de sí mismo. Costó, pero con el tiempo el neoyorquino convenció al mundo de que aquello no era una búsqueda del todo impostada y que ese fetichismo también era un recurso familiar: fue su madre quien le inculcó desde chico el gusto por lo fashion e incluso el diseño. Su obsesión por los objetos y por lo retro –su estudio de grabación en Bahamas está montado con equipamiento vintage– hizo que Lenny se convirtiera en un gran coleccionista de memorabilia. El museo de su casa cuenta con una buena cantidad de joyas de la cultura popular de Occidente, como el original de la letra de Sgt. Pepper's, la remera de mangas largas que vistió John Lennon en su última actuación (regalo de Yoko Ono), un traje enterizo de James Brown y las botas que utilizó Muhammad Alí cuando peleó con Joe Frazier en 1975, en Manila. El calzado, blanco con tres tiras rojas, todavía está salpicado con sangre.

–¿Por qué te gusta coleccionar esos objetos, con qué propósito lo hacés?

–Bueno, ellos son parte de la cultura pop, fueron personas muy importantes, social y políticamente, en el mundo del entretenimiento. Igual, no les doy tanto valor a los objetos, me gustan, pero puedo vivir sin estas cosas. Pero sí, son arte de alguna manera.

–¿Y cuál es tu objeto más preciado?

Las letras de Sgt. Pepper escritas por Paul McCartney o de "Crosstown Traffic" por Hendrix. Es interesante, está bueno, pero yo el valor se lo doy a la vida.

–Leí que, además de tu madre, tu abuelo, oriundo de las Bahamas, fue muy importante en tu formación. Solía despertarte de madrugada para que fueras al jardín para hacer una tarea específica. ¿Nos podés contar de qué se trataba?

–Sí, era una especie de disciplina. Me despertaba al amanecer para trabajar en el jardín, podar, cortar leña, apilarla, sacar la basura... Y todo me enseñaba a hacerlo a la perfección. Quería que entendiera lo que era la vida, yo era un niño y él me enseñaba distintas cosas a través del trabajo y la disciplina. Fue una enseñanza muy importante para mí. Fue una persona que estuvo siempre muy abierta a nuevas ideas y a nuevas formas de pensamiento. Era lo contrario a esa gente que dice "las cosas se hacen así porque lo digo yo, que soy un hombre mayor". Al revés, solía decirme: "Esta es la forma en que creo se hacen las cosas, pero si encontrás una forma mejor, hacela". Eso me inspiró a que yo buscara siempre un camino propio, un pensamiento.

Luego del reconfortante debut, Kravitz editó dos álbumes que acrecentaron su fama y su cuenta bancaria, y llegó a vender, entre ambos, seis millones de copias. En el primero de ellos, Mama Said, se dio el gusto de un reencuentro inesperado. Grabó "Always on the Run" –un disparo de cuerdas en el que el espíritu de Hendrix comulga con el de Stevie Wonder– junto a Slash, el por entonces guitarrista estrella de Guns N' Roses, que había sido compañero suyo en el secundario en Los Ángeles. Tal vez el tema condense buena parte del ideario Kravitz: una letra casi pastoral transportada sobre una corriente de anfetamina musical. "Mamá me dijo que la vida es un regalo/Mamá me dijo que deje a los chicos malos solos", canta Kravitz, sacudiendo su pelvis y sus dreadlocks. En efecto, Kravitz siempre se mantuvo alejado de los excesos y de los escándalos a los que suele acostumbrarnos el rock. Al contrario, profesa la fe cristiana –recurriendo, desde sus letras, a la paz y el entendimiento– y tiene una fundación sanitaria en las Bahamas con la que auxilia a chicos necesitados.

El tercer álbum, Are You Gonna Go My Way, le fue en zaga, y el corte de lanzamiento, que dio nombre al disco, le hizo obtener su primer premio Grammy. Fama, ventas y dinero: ¿qué más se podía pedir? El mejor masaje para la vanidad de un artista: el reconocimiento de sus pares. Y le llegó. Prince, Bob Dylan, Mick Jagger: casi todas las leyendas vivientes del rock tocaron o grabaron con él, convertido ya en una estrella más de la constelación planetaria. Obtuvo más Grammy, giró por el mundo –tocó por primera vez en la Argentina en 2005– y mantuvo un largo romance con Nicole Kidman . Pero en el medio pasaron cosas.

En diciembre de 1995 (tres meses antes había publicado el disco Circus) falleció su madre, una persona angular en su formación emocional y artística, la más importante de su vida. Kravitz se tomó más de tres años antes de sacar su disco siguiente, llamado 5, en el que profundizó su pulsión por la música negra (soul y funk) y en el que presentó un cambio de look: se quitó sus famosos dreadlocks. El corte tenía que ver con un cambio de energía necesario tras la muerte de su madre y, también, con un viaje a sus raíces familiares: se había ido a vivir a las Bahamas (la tierra de su abuelo), donde construyó un sofisticado estudio de grabación. En 5 se destaca el tema "Thinking of You", dedicado, claro, a la bella Roxie Roker, su madre. "Fue una época muy dura para mí. Es una canción para ella, un tributo en el que le pregunto dónde y cómo está". Durante la primera década de este siglo, Kravitz continuó publicando éxitos comerciales y ganando premios internacionales. Y también cooperando con los malentendidos o las fantasías desatadas a su alrededor, como por ejemplo con el megahit "Where Are We Runnin'?", de su séptimo álbum, Baptism, en cuyo video vuelve a mezclar una letra algo ingenua –"Necesitamos algo de tiempo para aclarar nuestra mente/¿Por qué corremos?– con imágenes de una bacanal rockera en la que abundan todos los placeres intensos que rodean –o rodeaban– al rock: chicas bellas, alcohol, drogas, desorden y problemas con la ley. Inquieto, para su álbum de 2011, Black and White America, en cuya portada aparece Lenny a los 6 años con un signo de la paz dibujado en la frente, se unió a Jay-Z, considerado uno de los más grandes raperos de todos los tiempos. Juntos cantan el tema "Boongie Drop", una extraña fusión de hip hop y funk que, como señaló la prensa en aquel entonces, no hizo mucho para resultar inolvidable, pero que, al igual que todo el disco, tuvo la particularidad de ser ampliamente reconocido en Europa, un mercado que siempre fue muy receptivo de la música del neoyorquino. Signo de los tiempos, el nombre del disco, y sobre todo la tapa, captura el aire de la época: hacía muy poco Obama había sido elegido presidente de Estados Unidos. "Pensé que nunca iba a ver algo así. Había un presidente que seguramente había tenido exactamente el mismo background que el mío: el hecho de crecer en Estados Unidos en los años 60 siendo hijo de una pareja interracial. Era algo muy importante".

Con 54 años, Kravitz acaba de lanzar su undécimo álbum de estudio, Raise Vibration, su mejor trabajo en años. El disco lo llevará a recorrer los escenarios de Europa y América: debutará en Colombia el 25 de este mes y finalizará en Londres el 11 de junio. En Raise Vibration, Kravitz, además de cantar, volvió a tocar todos los instrumentos: guitarra, bajo y batería. De sus doce canciones, descuella el track número 5, una balada sutil en la que unas cuerdas sirven de colchón de una voz que va del murmullo al lamento para implorar: "Abrazame como me abrazó Johnny Cash".

–En tu nuevo álbum hay una canción muy especial llamada "Johnny Cash". ¿Por qué se llama así? ¿Cuál es la historia que hay detrás?

Bueno, escribí la canción cuando estaba viviendo una separación muy dolorosa, y en el estribillo digo "abrazame como Johnny Cash cuando perdí a mi madre, susurrame al oído como June Carter", en referencia a la muerte de mi mamá. Cuando me llamaron para decirme que había muerto, las únicas personas que estaban conmigo eran Johnny Cash y su mujer, June Carter. Estábamos viviendo en la misma casa en Los Ángeles en ese momento, con el grupo y el productor. Ella murió mientras yo manejaba de vuelta del hospital a casa para darme una ducha y comer algo. Johnny y June estaban justo bajando la escalera cuando me llamaron por teléfono para decírmelo. Ellos me vieron así, me abrazaron y contuvieron en ese momento tan difícil, así que básicamente en el tema le digo a esta persona "abrazame como Johnny Cash" porque fue la última vez que me sentí contenido tan profundamente. Es una historia muy extraña, pero muy real.

–Siempre tocaste todos los instrumentos en tus álbumes, que es una forma de ejercer un control absoluto en la grabación de tu música. Supongo que al tocar en vivo, al ser impracticable eso, notarás una gran diferencia en el sonido.

–Sí, claro. En un caso soy yo solo y en otro hay otros músicos. Ellos se aprenden las partes y el modo en que yo las toco y les sale muy parecido, pero no dejan de ser otras personalidades. Se genera una buena mezcla.

–Hablando de estudio: leí que es tu lugar en el mundo, el espacio en el que mejor te sentís. ¿Por qué te sentís tan cómodo allí?

–Sí, amo estar en el estudio. Es el lugar donde creo, donde hago mi música. Todo está instalado a mi medida, así que puedo trabajar rápido y eficazmente. Amo estar ahí, es un lugar donde me siento muy seguro.

–Viniste tres veces a la Argentina. ¿Qué recordás de tu primera vez, allá en 2005?

–Me encanta, la gente que conocí la primera vez fue muy buena onda. De hecho, filmamos, ya lo vamos a mostrar. Tengo muchas ganas de volver.

–¿Qué podemos esperar del recital?

–Bueno, tendrán que ir, todavía no armamos el setlist. Cada noche es diferente. Vamos a elevar la vibración, a expandir amor, a conectar, de eso se trata. Pueden esperar que vamos a darlo todo.

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