
Liv Ullman: fiel a sí misma
En el presente Festival de Cine de Mar del Plata, se estrenó su último film como directora, Trolösa (Infiel), con guión autobiográfico de su ex pareja, el gran director Ingmar Bergman. Cuando Liv lo conoció, ella tenía 25 años, él 47 y cuatro divorcios
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Veo por primera vez a Liv Ullman ante la puerta de su departamento de Nueva York, y por un momento me impresiona esa cualidad de luminosidad casi tangible, esa especie de aura que la rodea y que trasciende su jerarquía de icono y misa del gran director melancólico -"el genio de la aldea sueca", como el propio Bergman se describió a sí mismo-. Tal vez mi impresión tuvo algo que ver con el hecho de que era una tarde gris, contra cuyo fondo Ullman se recortaba de manera inusualmente vívida. O tal vez fue porque ella es más alta y delgada de lo que yo esperaba, más majestuosa... y porque todavía sigue siendo la figura seductora y extraña de La pasión de Ana y de Gritos y susurros.
A los 62 años, Ullman posee una belleza suave, melancólica, que en cierto sentido no ha sido disminuida por el paso del tiempo, a pesar de que se advierten, alrededor de los ojos y de la boca, los signos inconfundibles de la edad, y que su cuello ha perdido tersura. A diferencia de muchas mujeres famosas por su belleza, Ullman no se ha sometido a la cirugía plástica porque, según me dice, siempre le gustó el rostro de su abuela. "Pensé que tal vez lograría envejecer con esa clase de cara... Y quería saber lo que Dios me tenía preparado... sentía curiosidad." Con honestidad reconoce haber dudado al respecto, especialmente cuando la fotografían, o cuando alguna mujer la detiene en algún aeropuerto y le dice: "¿Usted no era Liv Ullman?" De todos modos, el rostro que estimuló la imaginación romántica y artística de Bergman sigue siendo cautivante: la frente redondeada, la piel sonrosada con algunas pecas, la boca generosa y la profunda mirada azul capaz de expresar deleite, pero que con más frecuencia transmite una tristeza insondable. Bergman vio a Ullman por primera vez -ella tenía 25 años y era una promisoria actriz noruega, que se había destacado por sus actuaciones en el Teatro Nacional de Oslo- en una foto en la que la joven estaba contra un muro rojo, junto a su amiga, la actriz Bibi Andersson, que ya había aparecido en varias películas del director. Esa foto le dio la idea de la usurpación psicológica de identidad que es el tema de Persona, película que rodó en tan sólo tres meses durante el verano de 1965. Aunque Ullman insiste en que Bergman no se lanzó a seducirla, ella se involucró con él durante la filmación, cuando Ingmar, sentado sobre una roca, le contó que había tenido un sueño con ella, donde él le decía: "Tú y yo tendremos una relación dolorosa". Eso ganó su corazón. "Me enamoré. ¿Cómo no hacerlo? Yo creía todo lo que él decía porque, si lo decía él, tenía que ser verdad." Poco después, Ullman dejó a su marido médico por Bergman, quien tenía entonces 47 años y había pasado por cuatro matrimonios (en los que había tenido seis hijos), y también por un buen número de relaciones amorosas con diversas actrices, incluyendo a Bibi Andersson.
Después de Persona, Bergman decidió trabajar casi exclusivamente con Ullman, que desplazó a Andersson, tal como ésta había desplazado a Ingrid Thulin. (A pesar de esa situación, las dos mujeres han seguido siendo buenas amigas, algo que Liv atribuye al generoso espíritu de Andersson.) Bergman y su protegida vivieron en la remota isla sueca de Faro desde 1966 hasta 1970; construyó para ella una casa allí y tuvieron una hija. Cuando dejaron de ser amantes -"Probablemente él me dejó", dice ella, como si el asunto nunca se hubiera resuelto del todo-, siguieron siendo amigos y frecuentes colaboradores. Bergman siguió eligiendo a Ullman para sus dramas sombríos y atormentados hasta que anunció su retiro en 1982. (Su último film, Fanny y Alexander, fue escrito para ella, pero Ullman lo dejó helado al rechazar la oportunidad en nombre de otro proyecto.)
Trolösa (presentada en Cannes como Infidéle), la última película que dirigió, con guión de Bergman, es la cuarta que dirige -debutó con Sophie, en 1992-. Trolösa (o Faithless, o Infidéle, o Infiel) dura dos horas y media, y es bergmaniana en su preocupación por la vida interior de sus personajes y por las dolorosas consecuencias de sus actos, con frecuencia inescrutables. Las meditaciones de un anciano sobre la mortalidad se unen a un examen del alto precio que se paga por la pasión irresponsable. El film avanza en extensos flashbacks provocados por los recuerdos de Bergman, un viejo y solitario director de cine (encarnado por Erland Josephson) que se ve obligado a enfrentarse a los desastrosos resultados de una antigua relación. Nos enteramos de los acontecimientos que desencadenaron la tragedia a través de la bella Marianne, esposa y madre satisfecha que comete adulterio con David, un amigo de su esposo Markus, que es un celebrado director de orquesta. David representa al Bergman joven, y es un lacerante retrato del artista como un egoísta absoluto que siembra la destrucción a su paso.
Infiel es la reconstrucción de un episodio autobiográfico (el núcleo argumental puede encontrarse en el libro de memorias de Bergman, La linterna mágica), una despedida artística que es también el intento de autoabsolución de un hombre cuyas películas siempre han girado en torno de la culpa espiritual. Resulta una creación intelectualmente distante y, a la vez, emocionalmente accesible. En cierto aspecto, el film es el homenaje de una mujer que aprendió lo que sabe de cinematografía junto a Bergman. En otro, es una ingeniosa inversión de roles, un ajuste de cuentas en la que el afamado director es pintado como un monstruo sagrado por la mujer que fue su amante y su devota discípula. Por supuesto, Bergman ha colaborado en esta empresa, y ha confirmado a Ullman como la mejor intérprete de su obra, ya que escribió el guión y además se lo dio para que lo dirigiera.
Posiblemente lo más interesante del film -que exhibe los largos primeros planos, los diálogos angustiosos y las largas pausas típicas del cine bergmaniano- es su énfasis sobre el daño inadvertido que les causa a los niños la conducta de los adultos. La reflexión de Josephson se inicia con la exposición de las fuerzas destructivas del divorcio. Después, el espectador casi nunca pierde de vista a Isabelle, la etérea hija de Marianne y Markus, que contempla la ruptura del matrimonio de sus padres con ojos llenos de reproche.
"La niña no figuraba en el guión -señala Ullman-. Sin cambiar ni una palabra -él es muy celoso de cada palabra que escribe-, la puse allí, escuchando todo, vulnerable y desolada."
Y, con el mismo impulso, puso también al Bergman anciano, como persona real. Estas revisiones la enorgullecen, tal vez porque ha logrado salirse de la gigantesca sombra del director y de su pesado sello artístico.
Pero además de ser una manera de afirmar su independencia creativa, el énfasis sobre el sufrimiento de Isabelle también puede ser un medio de hacerle llegar un mensaje a Bergman, que fue un padre ausente y dejó a Ullman sola con toda la responsabilidad de criar a su hija, Linn.
Linn Ullman tiene ahora 34 años, y es una de las más importantes periodistas y críticas literarias de Noruega. La relación con sus padres es comprensiblemente complicada. En 1999 viajó a Nueva York (vive en Oslo, con su hijo pequeño) para promover su novela, Before You Sleep, y en todas las entrevistas pidió que no se consignara que es hija de ellos. La novela pinta un retrato poco halagador de Anni, el personaje moldeado a partir de Ullman. Es una emperatriz egoísta y melodramática, que derrama lágrimas de cocodrilo.
{p01f1d.jpg|Ullman y Bergman durante la filmación de La hora del lobo en 1968|Corbis}
Linn pasó sus primeros años desplazándose por el mundo según las necesidades de la carrera materna, y asistió a 13 escuelas. Ella y su madre se establecieron en Manhattan cuando la joven tenía 15 años, y Linn estudió literatura inglesa en la Universidad de Nueva York, viviendo con su madre hasta los 19 años.
En este momento, Linn tiene una buena relación con su padre, el que sólo veía de tanto en tanto, durante el verano. Aunque Ullman dice estar complacida con la situación, no puede dejar de agregar: "Sólo asistió a su boda... ni a su graduación, ni siquiera a su bautismo. Nunca estuvo allí", repite varias veces, como dirigiéndose a un juez invisible. Y concluye: "Los padres tienen mucho crédito por nada".
En realidad, el pequeño departamento neoyorquino de Liv Ullman es tan sólo un lugar de paso. Ella divide su tiempo entre Boston y Florida, donde vive con Donald Saunders, un agente inmobiliario. Estuvieron casados durante 10 años, se divorciaron en 1995, y volvieron a reunirse el mismo día, aunque no se casaron otra vez. A pesar de su existencia peripatética, su living tiene un aspecto hogareño, cultivado. En un atril está abierto el libro de George Orwell, 1984, y en las paredes amarillas hay dibujos de Miró, anaqueles repletos de libros y estatuillas diversas. Ullman lleva puesto un sobrio traje de pantalón azul marino, su cabello lacio está peinado con simpleza y casi no usa maquillaje. Tiene las uñas cortas y sin manicurar y cuando se pone los anteojos para leer no hace ningún comentario de disculpa.
Afirma que no quiere volver a actuar, y alega que la actuación es una escuela en la que ella ya se graduó con honores. Ahora quiere hacer lo que desea, que es dirigir, dejar sus propias huellas en vez de seguir las de otro. Tal vez el aspecto más admirable de Liv Ullman sea su lucha para no representar el rol de la mujer detrás del gran hombre, sino más bien el de la mujer detrás de sí misma.
"Nunca pensé en mí misma como una musa -declara-. Ni siquiera sé bien qué es eso. Si es un halago, está bien. Pero si implica ser una discípula, entonces no quiero serlo." Una verdadera declaración de independencia, pronunciada sin ninguna hostilidad ni antagonismo, pero con absoluta claridad.





