
Lo que hay que hacer
Señor Sinay:
Tengo 25 años y soy uno de los jóvenes que constituyen la excepción en nuestro país. Tengo la bendición (no digo ¡suerte!) de poder estudiar lo que realmente quiero. Dios, las circunstancias, la vida, o lo que fuese, han sido generosos conmigo y siento compromiso moral con quienes no han corrido esa suerte. La educación nos ayuda a descubrirnos y a redescubrirnos como seres humanos que piensan, pero que también sienten. Pero, ¿de qué sirve todo esto si no soy capaz de compartirlo? Como decía Sarmiento ¡todos los problemas son problemas de educación!
Claudio Deniz (Concordia, E. Ríos)
Necesito cambiar al mundo. Sólo tengo 17 años y no sé cómo. La ciudad es un caos, el tránsito, los robos, la exclusión, la desigualdad. Se acaban el petróleo y el agua, los bancos quiebran, la gente tiene miedo, compra armas, se cometen miles de delitos todo el tiempo. El aire no es apto, la comida no es apta, algún noticiero nos dice que hubo 23 homicidios, 46 crímenes violentos, como si eso fuera lo que debe ser. Dejamos de salir, nos quedamos en nuestro living, el mundo en el que vivimos se vuelve más pequeño y todo lo que decimos es: Por favor, ¡al menos déjennos tranquilos en nuestro living! Nos acostumbramos y adaptamos. No es saludable estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma. ¿Cómo cambiarlo? El primer paso es abrir los ojos. ¡No es lo mismo estar despierto que tener los ojos abiertos!, dijo un gran cantante, y cuánta razón tiene.
Lautaro Ordenavía (La Plata, Buenos Aires)
Los mensajes de nuestros amigos Claudio y Lautaro suenan acaso desesperanzados y, paradójicamente, crean esperanza. Ellos son jóvenes y no aceptan que el mundo sea así, que se trate, simplemente, de "hacer la tuya", de sacar pequeñas o grandes ventajas egoístas, de consumir y seguir. Lautaro necesita cambiar el mundo que le proponen y Claudio siente el compromiso moral con los otros. Ambos se perciben, en cierto modo, solos. Quizá no lo estén. En tiempos oscuros, cuando la conciencia está en sombras, hay quienes conservan noción de la luz (por educación, por intuición o porque les llegan señales desde el inconsciente colectivo, ese profundo sustrato de la especie). Pueden, y suelen, dudar de sus propias convicciones y razonamientos, los amenaza la alienación. Hasta que, en algún momento, se descubren como emergentes. No estaban solos ni errados. Habían tomado conciencia antes, representaban a muchos otros y los anunciaban. Los emergentes tienen que atravesar desiertos, y a veces los tienta la resignación. Pero saben algo que ya no podrán volver a ignorar.
Claudio y Lautaro no manifestarían su incomodidad con la realidad instalada, ni su necesidad de transformarla, si esa realidad estuviera "bien". Como sostenía el filósofo crítico alemán Immanuel Kant (1724-1804), si todos robáramos no habría honestidad ni propiedad, si todos mintiéramos no habría verdad, si todos nos corrompiéramos no habría decencia, si todos transgrediéramos no habría ley, si todos matáramos no habría vida. Y, carentes de referencias, un mundo así nos parecería "normal", aunque la sociedad desaparecería pronto. Pero comprendemos que actuar así está mal. Y si está mal para mí, decía Kant, está mal para todos. Debemos proceder de tal modo que nuestras acciones puedan ser leyes universales. Esa obligación es moral, y cumplir con ella significa anteponer nuestros deberes a nuestros deseos. La moral no se adecua a nuestras conveniencias, posibilidades y tiempos. Es al revés. El mundo en el que vivimos, y del que Claudio, Lautaro y sus compañeros generacionales serán gestores protagónicos, se transformará en la medida en que ellos mismos cumplan cada día, en cada acción, con los deberes morales. Se palpa la ética con un pequeño ejercicio: imaginémonos como si fuéramos los receptores de nuestras acciones. Es decir, como si fuéramos el otro. Eso nos dirá qué hacer y qué no hacer. Y luego actuemos. La moral sólo existe (como los valores) a partir de nuestra condición de seres sociales, que viven en comunidades. Kant sostenía que la acción moral es impulsada por motivos (hacer lo que hay que hacer) y no por resultados. Cada individuo está capacitado para actuar éticamente en razón de haber nacido humano y racional. Hacer lo que hay que hacer cambia el mundo, lo mejora. Claudio, Lautaro, y aquellos a quienes ellos representan tienen la posibilidad de empezar ya y, en virtud de su edad, de hacerlo por más tiempo. Enhorabuena.
sergiosinay@gmail.com
El autor responde cada domingo en esta página inquietudes y reflexiones sobre cuestiones relacionadas con nuestra manera de vivir, de vincularnos y de afrontar hoy los temas existenciales. Se solicita no exceder los 1000 caracteres.







