
Locos por Pettinato
Con un estilo que rompe moldes, se ha vuelto un personaje de culto al que nada le resulta ajeno: música, periodismo, televisión y radio, donde su programa es de los más escuchados
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Sobre un cielo salpicado de nubes, manojos de mechas rubias y enhiestas, una camisa amarilla, un ceño fruncido, la mano derecha debajo del mentón, los ojos enquistados en la transparencia de un vaso de agua apoyado sobre la misma franja negra donde descansa el brazo izquierdo; más abajo, las letras rojas dicen: Entre la nada y la eternidad. Así posa Roberto Pettinato en la portada de su libro. La contratapa está limpia de texto; sobre el mismo fondo celestial, sólo la espalda del autor, amarilla por donde se la mire. En la solapa, todo es silencio: ni datos del escritor, ni síntesis de la obra, ni nada de nada. El humor envasado en un cartón colorido y lacónico, se diría. Ese diseño de estética llamativa y despojada ha de encerrar una declaración de principios, a juzgar por las frases con que empieza la obra: "Siempre quise escribir un preprólogo. Nada en especial. Es que nunca lo había leído antes en un libro. Tal vez sea un pequeño escritor al que el prologuista le permitió adelantarse para contar... nada".
De allí en adelante, la nada le insumió 249 páginas que lo lanzaron a los primeros puestos en el ranking de los best sellers. Así cualquiera hace gala de minimalista en la tapa; así cualquiera coquetea con la modestia en las primeras líneas. Pero sucede que no cualquiera es Pettinato, un hombre en perpetua mutación, un experto en el laberinto de las paradojas, una criatura saciada de contradicciones.
Padre de tres hijos –nacidos de su primer matrimonio con Cecilia, una astróloga–, a los 49 años parece haber bebido la pócima de la juventud eterna. Al menos así luce. Y eso que nunca se privó de alterar su fisonomía. Tiempo atrás supo llevar una declaración de exotismo pegada al rostro: la barba dividida en dos bloques. Cuando era movilero del programa 3.60, regresó de un viaje a Amsterdam con la maleta atiborrada de potes de tintura, y su melena ya no tuvo paz. Al principio, la pintó de negro con una mancha escarlata; después le dio un destino de arco iris en cuotas. Y mientras el fucsia y el dorado se sucedían en su cabeza, Pettinato se esquiló la barba sin remordimientos.
¿Cómo iba a lamentarse por la pelusa desalojada de los cachetes si desde el día de su nacimiento, el 13 de diciembre de 1955, la vida le advirtió que nada es para siempre?
Roberto Pettinato llegó al mundo en la embajada de Ecuador, la antesala del destierro. Su padre había sido "una de las tantas manos derechas de Perón y de Evita", como le gusta decir, y la Revolución Libertadora le señaló la puerta del exilio. Así las cosas, el niño creció durante un año y medio en esa sede diplomática. Los tres siguientes los pasó en Ecuador. Más tarde vivió en Perú, Chile, Colombia. "Por eso siempre fui bastante solitario –explicó–. Cada vez que me hacía amigo de alguien me tenía que ir".
En el periplo por América latina el niño Roberto conoció las prisiones. Ex funcionario de la Penitenciaría, su padre se trasladaba, con la familia a cuestas, a la zona del mapa donde le ofrecieran empleo. Y lo que conseguía eran puestos vinculados con el universo carcelario. De regreso a la Argentina, el adolescente Roberto cursó el secundario mudándose de escuela a cada rato –Vicente López, Manuel Belgrano, San Román–; quizá para no perder la rutina itinerante.
Pettinato no sigue el derrotero de las normas. "De chico prefería la revista Mad a Patoruzú; escuchaba a Jimi Hendrix, no escuchaba a Sui Generis." De grande, tiene ocurrencias tales como emitir su programa de radio, El show de la noticia, desde los subtes, las estaciones de tren o a bordo de un colectivo de la línea 60. Si intentó encarrilarse por las sendas convencionales, su estrella lo desvió hacia otros rumbos: estudió traductorado de inglés, pero no hizo gran cosa con ese aprendizaje. En la década de los ochenta, fue lo que los medios nunca dejan de recordarle: el saxofonista de Sumo. Pragmático, repite lo que casi nadie quiere escuchar: que en su momento Sumo fue "un grupo underground"; que tras haber llenado dos veces el estadio de Obras, "no hicimos más Obras porque no iba más gente"; que "lo máximo que habíamos vendido de cada disco fueron 6000 placas" y que después de la muerte de Luca Prodan, el líder de la banda, "vendimos 200.000"; en fin, que en la Argentina "hay un cierto culto a la muerte".
Luca murió en diciembre de 1987. Poco después, Pettinato partió para España. En Barcelona lo contrataron para limpiar un parque de diversiones; sin chistar, se calzó el mameluco anaranjado que utilizaba para tocar en Sumo y se dedicó a fregar, a sabiendas de que tampoco esa tarea sería para siempre. No se equivocó: durante los tres años y medio que pasó en tierras españolas también fue mozo y libretista de TV, y además armó un grupo al que llamó Los carnavales de Franco.
A reírse del mundo
Música, periodismo gráfico, radio, televisión: por esas geografías dispares transita él, tan fresco. De un territorio pasa al siguiente con la desenvoltura de quien pasea por el barrio. El humor es su impronta y, aunque la juegue de despistado, sabe bien de qué quiere reírse y cómo. "¿Ven que estamos en un mundo fuera de control? Bueno, vamos a reírnos de eso." Y eso es lo que hace en Indomables, por América. Cuentan que en 2002, cuando lo convocaron para conducir el ciclo, se le erizó la piel ante la perspectiva de reemplazar a Mauro Viale. Y que lograron convencerlo prometiéndole que no tendría que trabajar; que bastaría con que llegara al canal media hora antes de salir al aire y... "nada", el vocablo que tanto lo seduce. Eso dicen, pero suena a leyenda, a recuerdo construido a la medida de la imagen que Pettinato busca dar: un tipo medio vago a quien el éxito toma siempre desprevenido. Pero lo cierto es que al antiguo Indomables lo encauzó hacia el terreno del absurdo, le imprimió el sello de su cinismo y lo transformó en lo que es hoy: un programa de culto con el que ganó tres Martín Fierro a la mejor conducción masculina, y que este año consiguió también la estatuilla al mejor ciclo de interés general. Parece demasiado para haber salido del útero de la pereza.
Ya lo había confesado cuando muchos alababan los monólogos de Duro de acostar, que parecían el fruto de una inspiración repentina cuando, en verdad, habían sido escritos a seis manos –las suyas junto a las de Miguel Gruskoin y Fidel Chiatto– y bien ensayados. "Lo difícil es cómo hacer que parezca improvisado cuando en realidad está todo escrito", afirmó. Y agregó que en el periodismo gráfico también es "hiperobsesivo". Desde la época del mítico Expreso imaginario hasta su polémica columna de espectáculos en la revista Libre, que le llevaba "muchos días y muchas horas hacerla".
Aunque se divierta impostando el asombro de quien transita la TV como un advenedizo, en la pantalla chica hizo de todo un poco. Fue actor en Primicia, acompañó a Gerardo Sofovich en La noche del domingo, estuvo al frente de éxitos como Duro de acostar y Orsai de medianoche –junto a Gonzalo Bonadeo–, y ni siquiera se privó del fracaso, en ciclos como Listos ya, Petti en vivo y Un aplauso para el asador. Es su naturaleza: apostar a la diversidad, jugarla de inclasificable, mudar de piel cada dos pasos. "Sigo soñando con convertirme en una mezcla de Lanata, Grondona y Larry King, fusionado con el tipo chistoso, ácido y cínico que ya soy", dijo.
Menudo agobio ha de traerle tamaña agitación. No en vano, su primer álbum solista, editado en 2000, se tituló El yo saturado. "Tengo saturado el yo, saturado de Pettinato –sostuvo entonces–. Me decís Pettinato y se me ponen los nervios de punta."
Fotos: Daniel Pessah y Archivo
Foto de tapa: Ediciones B Carlos Aguilar - Darío Andrada
Para saber más:
rock.com.ar/bios
Perfil
En familia
* El papá de Roberto Pettinato fue funcionario de la Penitenciaría y amigo dilecto del general Juan Domingo Perón. Su mamá, Clara, atraviesa actualmente serios problemas de salud. Pero hasta hace poco cada tanto salía al aire por teléfono en Indomables para retar en público al eterno enfant terrible de Roberto. Tiene una hermana.
* Su primer matrimonio fue con Cecilia, una astróloga que le dio tres hijos: Tamara, Homero y Felipe. Gabriela, su esposa actual, tiene dos hijos de un matrimonio anterior; es psicóloga, y no para de divertirse con las humoradas de Pettinato en el ámbito privado. Juntos, Gabriela y Roberto, piensan hacer un ciclo televisivo, Hemos probado de todo, una suerte de reality show en tono de comedia, que girará en torno a la vida cotidiana de ambos.
¿Famoso yo?
Por Héctor M. Guyot
La resistencia de Roberto Pettinato a conceder entrevistas es conocida. Los medios insisten y él rara vez da el brazo a torcer. Afortunadamente, hay vías alternativas. Un primer e-mail de la Revista con un puñado de preguntas –enviado sin previo aviso– despertó respuestas rápidas y espontáneas. A nuevas preguntas, nuevas respuestas. Así, enter va, enter viene, se fue completando este intercambio en el que el músico y animador define la fama como "una novia posesiva que un día decide asesinarte", pero aclara que él, de famoso, nada.
–¿Cuál es el verdadero Pettinato?, ¿el músico de jazz, el escritor, el animador de radio y TV? ¿O son facetas de un personaje múltiple?
–Todos los seres humanos somos múltiples personajes. Lamentablemente, la sociedad, o el país donde vivimos, o nuestros padres, nos enseñaron que debíamos ser una sola cosa. Eso produce una profunda frustración. Sos una persona, pero dejás de ser todas las demás. ¿Por qué? Nadie nunca lo pudo descular. Ese es un Código Da Vinci de verdad. Yo intento hacer todo lo que puedo hacer. Tal vez tenga miedo de quedarme sin trabajo o de perder un dedo, no lo sé, pero tengo atajos más o menos para todo.
–Hay una integración aparentemente indolora de tu formación outsider (las lecturas, la música que has escuchado y tocado) y tu presente popular y mediático, donde te movés con comodidad. ¿Cuál es la fórmula?
–Cuidado. Mi formación es una cosa que me reservo para mí. A ningún otro conductor le preguntarían por su formación outsider o insider o lo que fuere. Todos dirían: terminé el secundario. ¡Yo también! El mainstream o los márgenes no existen. Lo que existe es liberar tu mente, y tu culo te va a seguir. Punto final. Si lo lográs mínimamente, entonces podrás trabajar en distintos ámbitos y con distinta gente. La gente es gente, y casi en el planeta entero se piensa, sufre, gusta y disgusta de la misma forma y casi de las mismas cosas. Todos calculamos mal y nos quedamos sin papel higiénico, sin fuego, sin gas o sin batería en el celular. Se puede estar en todos lados, pero sin subnormalizar al que te escucha o mira. Siempre se dice: "La gente se traga todo". Los que hablan así son detestables, nazis del entretenimiento que pretenden aplastar y aplanar la imaginación de la gente. Cuando hacés lo contrario, ahí te das cuenta de que la gente responde. Que tiene mucho, pero muchísimo para responder.
–Entonces, ¿las distintas etapas de tu vida se van integrando a la persona que sos?
–Una etapa se suma a la otra. Yo decía que Sumo se llamaba así porque poníamos capas de instrumentos hasta que arriba cantaba Luca. Si lo escuchás, verás que es así.
–¿La fama es una amenaza?
–Por supuesto. La fama es como una novia o una esposa posesiva que no permite que ninguna otra te mire o te toque hasta que ella, un día, decide asesinarte.
–¿Y qué estrategias de prevención aplicás al respecto?
–Sinceramente, no creo ser una persona famosa. Nunca me sentí así. En el colegio ya me sentía diferente, y buscaba dar respuestas que otros no se animaban a dar, o tenía un sentido global para entender lo que los demás querían decir o estaban pensando… Como cuando en Indomables dije esa tontería: "Vi el partido Brasil-Argentina. ¿Se dieron cuenta de la cantidad de cosas que hace tu mujer mientras estás viendo el partido?" La gente se rió mucho. ¿Por qué? Por el disparate, pero también por mi humor realista. Siempre digo que lo único que me hace reír es la realidad, no el chiste por el chiste mismo. Tal vez sea el alma de comediante stand up (que no me animo a hacer en teatro por terror escénico, ¿podés creer eso?). Bueno, la primera lección dice: hablá de lo que te sucede en serio, y harás reír.
–¿Y la fama?
–Yo no soy famoso, pero sí muy conocido. Para mí, famosos son todos los demás. Yo hablo con todo el maldito planeta. Con todo el mundo, en la calle, en la vereda. Tomo cerveza con los remiseros en las estaciones de servicio y disfruto de cada mantel de papel madera que hay en ese bar de techo de quincho en medio de la ruta. Siempre fui así.
–En radio, parecería que, sin dejar de lado la ironía, buscás transmitir algo a la conciencia de los que te escuchan. ¿Buscás despertarlos en más de un sentido?
–¡Están despiertos, maldita sea! ¡Más despiertos que nadie en el planeta! Gracias a Dios, mis oyentes no me siguen a mí. Lo que pasa es que yo soy el que tiene un programa de radio y ellos no. Es sólo una cuestión práctica. Ellos saben que el programa les pertenece aquí, allá y en cualquier radio donde vaya… o por teléfono. ¡Qué bueno! Ahora que lo pienso, una radio por teléfono... te hablo sólo cuando llamás...
–¿Creés en alguna forma de trascendencia o al morir se acaba todo?
–Me gusta la frase Me alejé de la Iglesia justamente para acercarme más a Dios. El creer o no creer en Dios no dice nada. Son palabras. Palabras que puede usar tanto un represor como un albañil. Pero me encanta hablar de religión, y hacer chistes acerca de si Moisés abrió los océanos, o si el pueblo lo siguió 40 años por el desierto y nadie dijo nada en los primeros 29. "¡Hey, son 29 años, tal vez a los 30 agarre un atajo!"
–¿Y qué hay de tus creencias?
-Bueno, siempre me gustó el zen y Taisen Deshimaru. Lo aconsejo. No es Chopra, gracias a Dios (!!!). Mi familia es mitad católica, mitad espiritista. ¡A la hora de comer no sabíamos cuántos éramos en la mesa! Siempre me gustó leer sobre la historia de las religiones, y aún más sobre la vida privada de las personas en aquellas épocas. Del pan al opio, del calor a la moral, todo influyó en lo que se escribió y relató y rezó. ¡Obvio que sí! Las historias no son tan únicas ni directas como se las pretende contar, ¿no? Pero de chico he sido expuesto a diversas tendencias. Viví en un mundo religioso. Por ejemplo, jugaba con una estatuilla de Jesús, tallada a mano por los indios, que tenía en el pecho un pequeño vidrio transparente. Cuando la doblabas hacia vos, de adentro aparecía un corazón rojo que pegaba sobre el vidrio. Era aterradora y fascinante al mismo tiempo. Las religiones dan miedo y placer. ¡Prefiero eso a … HBO!
Un rocker bravo
Por Pablo Sirvén
Es la más perfecta síntesis entre la vieja y la nueva televisión. Por eso pudo trabajar con Gerardo Sofovich y, al cabo de un tiempo, ahora mismo, lucir a la vanguardia de Mario Pergolini. Hecho de la misma madera que Charly García, posee el don de la naturalidad y del sentido común hiperagudo (pero sin el gris aburrido con que suele venir arropada esa tan escasa cualidad humana). Atravesado por esos instintivos relámpagos de lucidez y creatividad que sólo destellan algunos chiflados en estado puro, Petti no para de darnos sorpresas y, como nadie, controla su descontrol. Sólo así tan pronto puede transfigurarse en la versión actualizada del gran Tato Bores como traernos reminiscencias de Juan Verdaguer. Es una cosa seria; de tan versátil, todo le queda bien: el saxo, los pelos parados, sus sentencias afiladas de viejo rocker herbívoro.Cuando se lo escucha, a primerísima hora de cada mañana, o se lo ve, en la primera noche de cada día, se entiende por qué, en comparación, Nicolás Repetto ya luce como un daguerrotipo ajado y por qué no necesita ser cruzado de ninguna causa, como Jorge Lanata, ni parece interesado en ser un gran divo a la manera de Marcelo Tinelli o Susana Giménez. En un país "resultadista" –sólo importa quién tiene más rating, sólo vale el DT del equipo triunfador y no hay objetivo más elevado en la política que ganar la próxima elección–, la "L" de loser ("perdedor") que propone como saludo es su paradójica carta de triunfo.
El autor es editor de la sección Espectáculos de LA NACION
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