
Los 75 años de la Warner
Aunque hoy vive días difíciles, la productora del escudo conoció tiempos de esplendor. Su parábola es la del siglo. Comenzó siendo una empresa familiar levantada contra viento y marea. Hoy es propiedad del magnate Ted Turner
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La marca de fábrica era la señal de grandeza de los viejos estudios de Hollywood: un león rugiente, un abanico art déco con haces de luz, una torre de radio sonorizada por su tip... tip, un águila, la montaña mágica desde la que siempre se avizora la cúspide y el globo terráqueo que gira en su esplendor ante nuestros ojos. Eran -son- la marca de Metro Goldwyn Mayer, 20th Century Fox, RKO, Allied Artists, Paramount y Universal.
Queda la cita de una empresa cuyo emblema connota fortaleza, un escudo sobre el que se lee WB, es decir, Warner Bros., la compañía de los hermanos Warner que éstos fundaron antes de 1923, pero que ese año elevaron al nivel jurídico de sociedad productora, con el nombre de fantasía grabado en el escudo.
Fue una sociedad familiar en la que cuatro de los doce hermanos Warner -Harry, Albert, Sam y Jack L.-, unidos, con voz y voto, se pusieron a prueba dentro de la gran industria, después de haber trabajado en el rubro del cine desde 1903, cuando eran dueños de un nickelodeon, primeras salas históricas, en Newcastle.
La Warner conmemora este año el 75º aniversario de su constitución orgánica, en 1923. No hay noticia de grandes festejos, pero habrá publicaciones recordatorias y ya comenzó un ciclo de reposiciones de algunos de sus clásicos, desde 1927, en Nueva York y en Los Angeles. La filial local de Warner no tiene certeza acerca de que esos títulos sean reestrenados fuera de los Estados Unidos.
Para el popular sello no parece ser el mejor momento para conmemorar estas bodas con el cine. Según información aparecida en The Wall Street Journal (y en La Nacion del 24 de abril de este año), fueron postergados los proyectos de un nuevo Batman & Robin y de Superman lives y el desastre financiero de 1997-98 sólo puede remontarse con dificultades estructurales, a causa del fracaso comercial de películas como El cuarto poder y The Postman.
También se sabe que por ahí anduvo Medianoche en el jardín del bien y del mal, cuya realización por Clint Eastwood recibió, sin embargo, gigantescos elogios en varios territorios de Europa.
No obstante el declive, Warner anuncia para 1999 una recuperación del mercado con la producción de veinte títulos anuales que ya empezó a imponer con productos veraniegos como Crimen perfecto, con Michael Douglas, remake de aquella La llamada fatal, de Alfred Hitchcock; Quest for Camelot, dibujos animados de Frederik DuChau; Arma mortal 4, con Mel Gibson; The Negotiator, con Samuel L. Jackson; Los vengadores, con Ralph Fiennes, y Almost Heroes, comedia con Chris Farley.
Casablanca fue rodada por Warner en la estación más tórrida en Hollywood, en agosto de 1942. Se trabajó duro para terminar la película en apenas tres semanas y media. David O. Selznick apuraba al productor Hal Wallis porque necesitaba cortarle el pelo a Ingrid Bergman, cuyo proyecto inmediato era ¿Por quién doblan las campanas? Hizo mucho calor ese agosto y no era fácil llegar al final en el estudio más lejano de la costa y levantado tras las colinas que atajan el paso de las brisas del Pacífico.
Se trabajaba duro, además, porque Jack L. Warner, el capo mayor, no admitía retrasos y era un cultor del esfuerzo. Trabajo era sacrificio. Por las noches, al cierre y tras jornadas de catorce y hasta dieciséis horas, Jack L. en persona pasaba por los estudios apagando la luz. Los Warner levantaron su imperio a fuerza de ahorro.
Colocaban sus sueldos en una financiera que, además, les pertenecía. Guardaban en el bolsillo sólo lo necesario para pasar el mes y el estudio recibía préstamos que devolvía con intereses a la misma financiera.
Con voluntad y buen ojo para el negocio de las salas llenas lograron colocarse entre los llamados Cinco Grandes: Paramount, Metro (y Loew´s), 20th Century Fox, RKO y Warner Bros. A su lado, en roles secundarios, estaban Columbia, Universal y United Artists, ésta sin estudios propios. Jack L. tenía un lema que se ha difundido mucho, cuando le hablaban de una película: "No la quiero buena; la quiero para el martes".
Los Warner fueron inmigrantes polacos que viajaron a América y se establecieron en Canadá. El padre era mercachifle y ropavejero. Al trasladarse la familia a la localidad de Youngstown, en Ohio, Estados Unidos, los hijos colaboraron en los negocios que estableció el padre, primero una carnicería, luego un taller de bicicletas. Mudados a Newcastle, Pasadena, y dueños del citado nickelodeon -un salón de cine por 5 centavos-, hacia 1912 probaron en el creciente campo de la distribución de películas. Fueron víctimas de las persecuciones monopólicas conocidas como guerra de las patentes hasta que intentaron la producción de cortometrajes.
En 1917, los Warner tuvieron el primer gran suceso de la cartelera con Mis cuatro años en Alemania, que les permitió erigir un estudio en Burbank, localidad vecina de Hollywood. Aunque finalmente Jack L., el menor, se quedó con todo el negocio familiar -por ímpetu propio y por la diferencia de edades-, en el principio dividieron las tareas de este modo: Harry, que había liderado la actividad inicial, ejerció la presidencia; Sam fue el director ejecutivo; Albert, el tesorero, y Jack L., el jefe de producción.
En 1925, Warner Bros. adquirió una importante compañía de los tiempos iniciales, la Vitagraph, y, en poco tiempo, las acciones de la First National, una de cuyas estrellas era Corinne Griffith, la actriz cuya voz se escuchó por primera vez en la Argentina al inaugurarse el cine sonoro. Otra adquisición, la de Vitaphone, compañía productora de sonido, significó para los Warner el mayor acto de audacia: las películas habladas y cantadas.
Tras una prueba de exclusivo acompañamiento musical, con Don Juan (1926), con su estrella John Barrymore, produjeron El cantor de jazz (1927), el suceso mayor de aquellos años. El Vitaphone era un modo de sonorización con discos, pronto reemplazado. Ese triunfo llevó a Jack L. a recordar sus presentaciones como cantante infantil en funciones de vodevil. La fortuna que les dio El cantor de jazz les permitió elevarse entre las cinco grandes de Hollywood.
Con el paso del tiempo, los Warner fueron vendiendo sus acciones hasta que lo hizo el último, Jack L., en 1967, inmediatamente después de producir Camelot. La compañía canadiense Seven Arts se hizo cargo de los negocios.
En sus años de oro, la Warner recibió el empuje de dos productores de renombre: Darryl F. Zanuck, que ingresó en la compañía con un peso pesado, el perro Rin Tin Tin, y Hal Wallis, uno de los más sagaces creadores. La mirada de la Warner se apoyó en circunstancias del momento, en el rezago social de la crisis del 30 y en la repercusión comunitaria de modelos humanos muy complejos.
Una renovada inyección de creatividad consiguieron los Warner con la llegada de Errol Flynn, que pobló de luz y entretenimiento juvenil el paso de los años treinta a los cuarenta. Su Las aventuras de Robin Hood -tras El Capitán Blood y La carga de la Brigada Ligera- añadió el Technicolor a la diversión. Se venían años difíciles, los de la guerra, para los que Casablanca fue la respuesta más adecuada.
Casi en el anonimato, Michael Curtiz, el tradicional director, fue uno de los puntales mayores en materia de realización. El melodrama, en los años cuarenta y con Joan Crawford a la cabeza, fue el género preferido, hasta que comenzó la larga crisis del enfrentamiento con la televisión creciente, hacia 1950.
Warner no supo adecuarse pronto a las necesidades de la pantalla ancha y, en 1956, metidos los Warner en una insólita crisis, debieron vender su incalculable colección de películas, cortos y dibujos animados a la Associated Artists, que la revendió a United Artists. Actualmente, pertenece a Ted Turner, que en 1986 compró las filmotecas de Metro y United Artists, hoy, en la cineteca de Turner Television.
Ya dijimos que en 1967 el sello Seven Arts se hizo cargo de la Warner, hasta su venta, dos años más tarde, a una empresa de pompas fúnebres, la Kinney National. Por entonces, la compañía madre pasó a llamarse Warner Communications.
En ese momento, la empresa se diversificó en materia de entretenimiento: producción televisiva, discos, redes de cable y parques de diversiones. Ted Ashley fue la mano ejecutora en la producción fílmica entre 1969 y 1980 (El exorcista, Infierno en la torre, Todos los hombres del presidente, Superman). Lo siguió Robert A. Daly, desde 1980, responsable de los sucesos en serie Academia de policía y Arma mortal y de los productos más sensibles de Clint Eastwood.
Robert Daly y su colega Terry Semel continuaron, aun cuando la Warner pasó al imperio Time-Warner, que la retuvo desde 1989 hasta hace muy poco: hoy es Ted Turner el nuevo propietario de Warner. La compañía del escudo mantuvo largamente su fortaleza hasta 1997, año de arenas movedizas.
De lo nuestro, lo mejor
El festejo de los 75 años de Warner Bros. es tan austero como la carrera de la compañía. Poco ruido y señales de buen cine, en un ciclo de revisiones que recorre los Estados Unidos y que marca los títulos paradigmáticos del sello del escudo. La muestra, sólo en los Estados Unidos, se divide por décadas:
- Los 30: El cantor de jazz, La calle 42, Las aventuras de Robin Hood y El enemigo público N° 1.
- Los 40: Suplicio de una madre (Mildred Pierce), La extraña pasajera, Casablanca, El halcón maltés.
- Los 50: Más corazón que odio, La llamada fatal (o Crimen perfecto), Un tranvía llamado Deseo, Rebelde sin causa.
- Los 60: Días de vino y rosas, Bullitt, Bonnie and Clyde, La pandilla salvaje.
- Los 70: Todos los hombres del presidente, Superman, Tarde de perros, El exorcista, La naranja mecánica, Locura en el Oeste.
- Los 80: El color púrpura, Arma mortal, Nacido para matar, Risky Bussiness, Blade Runner, Batman, El resplandor, Carrozas de fuego.
- Los 90: Conduciendo a Miss Daisy, El fugitivo, Los imperdonables, JFK, Buenos muchachos, Twister.






