
Los 95 años del Plaza: secretos de hotel
En 1909, Ernesto Tornquist impulsó su creación. En sus habitaciones se hospedaron desde Enrico Caruso hasta Edith Piaf, Walt Disney y François Mitterrand. Aquí, anécdotas mínimas y grandes historias que forjaron la impronta de este clásico de Buenos Aires
1 minuto de lectura'
Era un prodigio, pero todos decían que estaba destinado al fracaso.
En 1909, en la esquina de la plaza San Martín terminó de construirse el primer hotel de lujo de Buenos Aires: el Plaza. La idea había sido de Ernesto Tornquist, diputado y empresario dedicado a varios rubros: frigorífico, metalúrgica, producción de sal. Se había educado en Alemania y estaba casado con una sobrina, Rosa Altgel, 15 años menor que él, con quien tuvo trece hijos. A principios de 1900, Tornquist decidió que a Buenos Aires le faltaba un gran hotel para recibir a personas importantes. En el predio que estaba frente a su casa, en Florida y Charcas, puso en marcha el proyecto, que dejó en manos del arquitecto alemán Alfredo Zucker. Todos dijeron, entonces, que estaba condenado al fracaso: en esos años, todos los hoteles de Buenos Aires, estaban en la Avenida de Mayo.
Pero las predicciones de adversidad no fueron el único escollo. Como la familia Tornquist vivía frente al hotel, Rosa le pidió a su marido que no construyera nada que tapara la luz del € sol en la habitación en que ella solía tejer. Por eso, el área donde funcionó durante años la joyería Ricciardi -hoy Stern- es más baja que el resto del edificio. El Plaza se inauguró el 15 de julio de 1909 con una fiesta a la que asistió toda la aristocracia porteña, incluido el presidente del momento, José Figueroa Alcorta. Pero su fundador no pudo verlo terminado. Un año antes, en junio de 1908, y a los 66 años, Ernesto Tornquist había fallecido.
Armstrong y el Sha
Desde el principio, el hotel, que siempre fue de la familia y sus descendientes, aunque desde 1994 es gerenciado por la cadena Marriott, alimentó su propia leyenda. Era un universo de discreción, lujo y buen trato, con tapicería, lencería, fábrica de hielo, imprenta, lavandería, sastrería, carpintería y tapicería. Sus huéspedes podían cruzar en los pasillos a un genio en vivo y en directo, y hasta disfrutar inesperadamente de su arte, como cuando Louis Armstrong pasó por allí en 1957 y un grupo de músicos, enterados de su presencia, tocó bajo su ventana. Satchmo no encontró mejor forma de acallar la serenata que salir al balcón y unirse con su trompeta.
Como en todo gran hotel de época, se exageró hasta lo increíble el confort del huésped. A nadie se le ocurriría ahora pintar una habitación entera o cambiar el decorado por completo ante la visita de algún ilustre, pero cuando al Plaza llegaron el Sha de Persia y Farah Diba, la decoradora inundó las paredes de verde nilo, hizo pintar paneles italianos a la témpera, y toda la familia Tornquist prestó artículos de alto lujo: cuadros, lámparas y hasta sábanas de lino de cien años. Todo, para que sus ilustres majestades no extrañaran el Palacio de las Rosas, allá en Irán.
A nadie extrañaba que un huésped pidiera una cena de ostras con perlas (tal como lo que hizo el Sha), o una ventana donde no la había. Hoy los caprichos de los huéspedes son más terrenales, menos emocionantes.
"Una vez -recuerda Pablo Colusso, a cargo de la bodega, pero que, en 22 años de trabajo, pasó por otras áreas del hotel-, un ejecutivo argentino llamó para pedir pañales. Tenía un perro que usaba pañales. Hubo que salir a buscar por todos lados un pañal para el bulldog."
Grandes divos
Si un hotel se midiera por la cantidad de personalidades que pasaron por él, el lustre del Plaza difícilmente tenga parangón. Desde presidentes, reyes y actores hasta divos de la ópera, todos pasaron por aquí (ver recuadro). En 1987, Luciano Pavarotti se hospedó en la que hoy se llama Suite Fundador Ernesto Tornquist, y se enamoró de una mesa en la que habían comido Toscanini y María Callas. Cuando partió rumbo a Italia, la mesa se fue con él.
Un huésped siempre es bienvenido, pero a veces es también un problema, como en el caso del general Charles de Gaulle, a quien hubo que construirle una cama. El hombre, de casi dos metros, no entraba en ninguna de las disponibles. El mueble se amortizó solo: cuando llegó el actor Rock Hudson, igual de alto, la cama ya estaba lista.
Historias de grandes divos brotan por todos lados. Que María Félix sólo comía zanahorias, que el cantante Enrico Caruso, al ensayar en su habitación, rompió el espejo del botiquín... Pero además están, € claro, las pequeñas historias.
El día en que Mirtha Zapata entró a trabajar como mucama en el Plaza se topó con un panorama inusual. Era el 18 de agosto de 1984, en pleno gobierno de Raúl Alfonsín, y el personal se había plegado al paro general del momento. Un hotel está abierto las 24 horas, los 365 días del año. No se detiene por corte de luz o de gas; mucho menos por un paro general. De modo que los accionistas tuvieron que tomar cartas en el asunto.
"Cuando vine -narra Mirta-, desde la mucama hasta el conserje eran los accionistas. Pero para hacer este trabajo, a uno le tiene que gustar de alma. Al principio me costó mucho. Las personas mayores hacen pelotitas de papel higiénico y las esconden para ver si usted limpia bien. Una regla básica es no tirar nada, salvo que esté en el tacho de basura.
Mabel Rodríguez entró a trabajar hace 17 años como mucama y, aunque ahora trabaja en la ropería, dice que su alma está en el área de housekeeping.
"Soy fregona de alma. Uno puede mimar a su huésped. Le pone un chocolatito, le dobla bien el camisón. No hay que tirar ni los diarios viejos ni las ramitas de jacarandá que juntan las turistas en la plaza. Una vez, una persona denunció que le faltaban 300 dólares. Un comisario me preguntó: "¿Usted no vio nada raro?". Le dije que lo único que había visto era que cuando su esposa lo había dejado solo, el señor había entrado con una chica. "Ahí están los 300 dólares", me dijo el comisario.
Carlos Acero es conserje. Ingresó en noviembre de 1966. Tenía 17 años y le tocó un puesto difícil: las cuatro paredes móviles de un ascensor.
"Cuando venía un presidente o alguien importante se ponía una persona que fuera ascensorista las 24 horas. Una vez me quedé encerrado con el príncipe de Bélgica. También la llevé a Indira Gandhi. Esa mujer tenía un magnetismo muy especial."
-¿Pero usted habló con ella?
-No, no. Buenos días, buenas noches. Pero sin hablar; era una persona con un magnetismo...
Pero el magnetismo místico y ascensoril de Indira Gandhi no movía multitudes. En cambio, el más terrenal de Rafael sí. Carlos no recuerda que el hotel se haya visto invadido por tantas mujeres como cuando el cantante español paró allí.
"Las chicas se metían bajo la cama, detrás de las cortinas. No había cómo hacer para que pudiera salir a la calle.
De la zafra al grill
El grill del Plaza es uno de los rincones más tradicionales del hotel. Allí cenaron y almorzaron reyes, presidentes, actores. A muchos de ellos los atendió este hombre, Antonio Romero, un tucumano que está allí desde hace 36 años. Nada sabía de hoteles de lujo en Tucumán, donde nació y era zafrero como tantos. Vino a Buenos Aires y empezó a trabajar como lavacopas en el hotel. Pasó a atender mesas en el salón y se enamoró de una porteña que trabajaba en la tapicería, con quien tuvo dos hijos. Ella tenía 38 años cuando murió de un ataque de asma y Antonio se quedó solo. Tiene pocos orgullos. Los mayores, que sus hijos hayan podido estudiar: medicina él, psicología ella.
Cada noche, después de servir los platos al rey Juan Carlos con todo respeto y retirar las copas de la mesa de un astronauta con tanto honor, Antonio volvía a sus pequeñas cosas, a sus modestos días. Preparaba la comida. Revisaba cuadernos entre las brumas del sueño. Esos fueron los días de Antonio. Con esos modestos días -y con tantos otros- también se construyó la gloria de este hotel.
Para saber más
www.marriottplaza.com.ar
Visitantes celebres
Estos son sólo parte de los pasajeros célebres que dejaron su firma en el libro de oro y que se hospedaron en el Plaza: el príncipe de Gales, Enrico Caruso, Edith Piaf, Clark Gable, Louis Armstrong, Jack Dempsey, Nat King Cole, Maurice Chevalier, Luigi Pirandello, el rey Juan Carlos y la reina Sofía de España, el príncipe imperial de Japón, Plácido Domingo, Arturo Toscanini, el mago David Copperfield, Luis Miguel, Luciano Pavarotti, Julio Iglesias, Walt Disney, Gregory Peck, Pelé, los ajedrecistas Korchnoy y Kasparov, Ray Bradbury, François Mitterand, Gina Lollobrigida, Omar Sharif, José Sacristán, John Travolta, María Callas, Alan Parker, David Lodge.





