
Cinco marcas lideran el mercado local de las longboards y cada una se diferencia por un valor agregado. Con el foco en la materia prima, el diseño o los beneficios para principiantes, quiénes son los que hacen más fácil que patines tu ciudad.
1 minuto de lectura'

Por Agustina Heb
Se las ve en todos lados: entre las piernas de un chico que espera el tren en Retiro, debajo de los pies de una chica que la domina con destreza sobre una bicisenda, colgada de la mochila de un estudiante que viaja en subte o en la mano de un tipo trajeado en el Microcentro. Pero antes de pasearse por la ciudad, las longboards que lideran el mercado de uso urbano tuvieron una vida primitiva. En muchos casos, sus primeros dueños fueron cuatro grupos de amigos treintañeros que en 2010 apostaron por fabricar tablas en un momento en que las trabas a las importaciones complicaban su ingreso desde China y Estados Unidos. Esos emprendimientos ya son marcas registradas en la cultura del deporte extremo: Kalima, Urkin, Banzai y LAB. Al principio se endeudaron, pero ahora, con tablas que cuestan entre 1.500 y 2.000 pesos, viven de sus pymes: trabajan unas cincuenta horas por semana y cada marca vende entre doscientas y cuatrocientas tablas por mes, cinco veces más que hace cinco años. Aquí, un paneo por lo que ofrece cada marca.
<b>DE SAN MARTÍN A SUDAMÉRICA</b>
Las primeras tablas de longboard que fabricaron Martín Hernández Elizalde (35) y Alejandro Silvetti (39), los dueños de LAB, eran para ellos y sus amigos. Pero cuando salían a andar por la ciudad y participaban en torneos, mostraban sus longboards. "El boca en boca nos ayudó mucho y después nos abrimos más con la venta por internet, a través de Mercado Libre y nuestra web", reconoce Silvetti, licenciado en Administración de Empresas y presidente de la Asociación Argentina de Longboard. La marca empezó a expandirse: desde la fábrica de San Martín salieron a ofrecer sus tablas a surf shops y skate shops del interior del país. Y, respaldando a riders en competencias internacionales, llegaron con sus productos a Chile, Uruguay, Brasil, Perú y Colombia. "El deporte se volvió más heterogéneo", marca Silvetti. Sus clientes pueden ser riders profesionales, amateurs y personas que buscan su primera tabla.
<b>PENSADAS PARA PRINCIPIANTES</b>
La práctica de longboard es universal. No se necesita mucha técnica para patinar, aunque como no deja de ser un deporte extremo, hay que usar protección y saber derrapar. Eso es lo primero que se le explica a un principiante cuando llega al taller del diseñador gráfico Santiago Carosella (32) y de Federico Obeid (34), creadores de Kalima. A ese tipo de cliente le recomiendan los modelos que reúnen cuatro aspectos: ser una tabla simétrica, dropeada, flexible y de no más de un metro de largo. "El drop es un agujero que se hace en cada extremo de la tabla para que la base del track vaya por encima y el eje por debajo. Eso hace que esté más cerca del piso, baje el centro de gravedad y sea estable", detalla Carosella, que haciendo downhill (patinar en pendiente) sufrió una fractura expuesta en un brazo. Además del kick (puntas levantadas), el flex debe ser blando, lo que aporta control al tomar curvas. Si la tabla se usa como transporte, debe tener un metro de largo como máximo, una buena distancia entre los ejes y ser lo suficientemente ancha como para posicionar bien los pies.
<b>DE CAÑA Y SIN DESPERDICIOS</b>
Ser una línea de tablas sustentables, a eso apunta Banzai, la marca de los diseñadores industriales Eugenio Levis (30) y Marcelo Eleta (30) y Felipe Álvarez de Toledo (30). Si bien fabrican decks de guatambú misionero, se especializan en el bambú, una planta que requiere solo cinco años de crecimiento para usarla y que no muere cuando es talada. Al principio, compraban ese tipo de caña en el norte argentino, pero no estaba lista para usar. "Era un trabajo chino. En el garaje de la casa de Marcelo, había que procesar la caña para obtener láminas que uníamos en una prensa, hasta lograr tablas de veinticinco centímetros de espesor", detalla Levis, fanático del longboard y del ski. Pero le encontraron la vuelta: importar láminas de bambú de China. A esa altura, se mudaron de Castelar a un galpón en Ituzaingó. El bambú es resistente, elástico y liviano, lo que facilita el desplazamiento y el control en caminos de asfalto, y amortigua los golpes. Y los descartes de madera se aprovechan al máximo: footstops (frenos) para las tablas de los que hacen downhill, destapadores y marcos de anteojos.
<b>COMO OBJETO DE DISEÑO</b>
Martín Lopreiato (31), Carlos Santamarina (29) y Miguel Saurí (30) estudiaban Diseño Industrial en la FADU y querían fabricar un producto vinculado con los deportes extremos. Probaron con quillas para tablas de surf, pero se decidieron por explotar un nicho que surgía en las calles. "Aparecieron los longboarders, y el uso de las tablitas para andar y patear por la ciudad crecía", explica Lopreiato en el showroom de Villa Crespo. Lo que más llama la atención de sus tablas es el arte, una expresión ligada a esta práctica. Para muchos clientes de Urkin –así se llama la marca que crearon–, el diseño es el enganche para comprar una longboard. "Es muy estética. Hay gente que la compra como objeto de decoración", resalta Lopreiato. Ellos eligen a los artistas que hacen los dibujos que imprimen en las tablas con la técnica de la serigrafía. Su staff de ilustradores de todo el país es tan selectivo que cada uno firma en las que interviene y tiene su propia colección en la marca. Diseñar un dibujo les demanda dos meses de trabajo: puede ser un leñador con un tiro en un ojo, un salmón que se desangra en el mar o un cocodrilo con extremidades de hombre.





