
Los cuerpos también hablan
Mitos y verdades de una rama de la medicina envuelta en controversias legales, morbo y misterio: el mundo íntimo de los forenses, los únicos vivos que conversan con la muerte
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El cuerpo de M estaba casi intacto. Acostada sobre su cama, tenía los brazos a los costados y la cabeza en la almohada. Vestía ropa de noche, un camisón, un pijama. Dormía en silencio su último sueño. En su habitación había un televisor, un ropero, una cómoda y unas prolijas manchas de sangre. En la cabeza, un pequeño orificio delataba la causa de su muerte: disparo de arma de fuego. El revólver, calibre chico, se encontró guardado en el cajón de un armario del living. Fue un procedimiento ordenado que indicaba, en la hipótesis del fiscal, un claro caso de homicidio. Así llegó el cuerpo a la morgue judicial de Lomas de Zamora, a cargo del doctor Adalberto Bonvicini, director del Instituto de Ciencias Forenses de Zona Sur, que relata uno de los tantos casos que conoció en su carrera como médico legista. La investigación parecía estar cerrada, era una cuestión obvia: la mujer habría estado durmiendo, entró un asesino y le disparó… Sin embargo, la autopsia reveló que bien podía tratarse de un suicidio. La bala estaba alojada en la parte temporal del cerebro y no provocó la muerte inmediata. Resultó que la mujer se había disparado y aun después de eso tuvo tiempo de guardar el arma, ordenar la casa, acostarse en su cama y morir así, lentamente, como si fuera a dormirse.
La morgue parece una oficina como cualquier otra. Mesa de entrada, cartelería con información sobre trámites, alguna advertencia, gente detrás del mostrador. Los motores que acompañan el edificio, como aires acondicionados gigantescos, ni siquiera llaman la atención, como tampoco lo hace el hecho de que el segundo piso, con el hueco de las ventanas sin terminar, devela que la construcción quedó incompleta. Sin embargo alcanza con entrar y sentir la temperatura para entender la razón de ser de esos motores: el lugar esconde varias cámaras refrigerantes. Detrás de la recepción se encuentra la sala de obducción, o sala de autopsias. Hay dos camillas enormes de metal, con una manguera en una punta y un desagüe en otra, y una máquina de placas viejísima sobre cada una. Contra la pared, una mesada larga con frascos para poner el muestreo de vísceras, una planilla para asentarlo, cuchillos, sierras, máscaras, guantes, tijeras, una balanza para pesar esas mismas vísceras que se guardan, varias jeringas y un termo. Allí recibe a La Nación revista Marcelo Dabbah, médico forense de turno, junto a Gisella Ávila, Laura Osores y Gustavo Monzón, radióloga, técnica bioquímica y técnico eviscerador, respectivamente. Laura se encarga de analizar el muestreo de órganos, Gustavo de abrir los cuerpos. Dentro de la sala de autopsias es el dueño de las sierras, las tijeras y los cuchillos. Tiene el pelo largo, tatuajes, parece un tipo duro. Junto al cuerpo desnudo de un hombre, Gustavo explica el procedimiento. Todas las autopsias deben ser completas y sistemáticas, sin importar la causa aparente de muerte. Primero se abre el tiempo craneal, dicho de otro modo, se saca la tapa del cerebro, que se extrae, se pesa y se analiza. Luego comienza la apertura submento pubiana, de la pera hasta el pubis. Nos muestra un cuchillo de mango blanco. "Como el de cualquier carnicero", decimos, insensibles, brutos, afectados por el olor putrefacto que viene de al lado. Gustavo no se ofende, tampoco se ríe. Saca una tijera de poda y explica que es para separar la carne de las costillas; saca una cierra y dice que es para abrir la cabeza; saca una máscara, se la coloca, y hace el gesto con la mano como si se arrojara restos de sangre en la cara protegida por el plástico. "Es porque al abrir, muchas veces saltan fluidos." Su trabajo, como el de Marcelo, fue curtiéndolo. Ya no vuelven a casa llorando ni necesitan fumar un cigarrillo después de cada turno. En equipo hacen en promedio seis autopsias por día.

"Son cuerpos que recibimos para el estudio, nada más", dice Marcelo Dabbah, médico forense desde 1990. "Estoy lejos de perderle el miedo a la muerte –admite–. Todo lo contrario. Hay tipos que llegan acá, tipos sanos, que el día anterior estaban vivos, o esa misma mañana. Sabés la de motociclistas que entran…, dos o tres por día. Yo, cuando voy con el auto, a las motos las paso lejos, no me quiero ni acercar. Mi hijo se quería comprar una… Comprate, le dije, vas a amanecer todos los días con la rueda pinchada. En eso me afectó sobre todo este trabajo: la relación con mis hijos. Cuando van a bailar yo no duermo, me quedo toda la noche despierto. Es que acá después de cada fin de semana siempre entran chicos que tuvieron un incidente en un boliche, no se puede creer."
Gustavo y Laura coinciden en que el trabajo les hizo valorar más la vida, y dicen que los momentos más duros son cuando llegan chicos a la morgue. "Hay que hacer el mismo proceso, a todos. Adultos, ancianos o bebes, incluso. Esa es la parte más dura." El motivo, aunque cruel, es simple: las autopsias buscan determinar la causa, el mecanismo y la manera de la muerte, y si un cuerpo está en la morgue judicial es porque hay algo en él para averiguar. "Las autopsias se hacen en todas aquellas muertes que son judicializadas, que son sospechosas de criminalidad y las personas que aparecen muertas sin que haya alguien que pueda extender el certificado de defunción, por lo cual no se puede comprobar el antecedente que provocó la muerte", aporta Bonvicini. "Es un trabajo que supone estar en el momento en el que nadie quiere estar –dice ahora el director del instituto–. Es un ambiente bastante estresante, vienen constantemente personas afectadas, familiares, acusados. Es complicado. Pero se crean mecanismos de defensa propios de cada individuo. Es una especialidad más de la medicina y como tal se toma todo desde el punto de vista científico. Se dejan de lado, o se intentan dejar de lado, todo tipo de emociones."
El caso de P es diferente al de M. Lo encontraron con un ahogamiento extraño. Cara violeta, falto totalmente de aire. Nadie aventuraba una causa de muerte. El informe del fiscal contaba con la declaración de un familiar que decía que la última vez que había visto a P estaba solo en su casa preparándose unas hamburguesas. Dabbah era el médico forense de turno, encargado de hacerle la autopsia. "El contexto es fundamental para una investigación. En este caso, por ejemplo, ese dato fue muy importante porque al abrirle la garganta le encontramos un pedazo grande de Paty obstruyéndole la vía respiratoria. Se había ahogado con eso, por más absurdo que suene… No es tan raro, una vez tuve una señora que murió atragantada con acelga."
A su lado, Gustavo Monzón asiente, como diciendo sí, esas cosas pasan. El doctor Bonvicini aclara que la mayoría de las autopsias arroja resultados que ya eran evidentes en la escena del crimen, pero, de algún modo, las excepciones, raras y habituales a un tiempo, son las que justifican el trabajo. "De todas formas, no todos los casos extraños trascienden más allá de lo académico. Un ejemplo: una persona con dos disparos en la cabeza que resulta ser suicidio, porque la primera bala no atraviesa y se necesita de una segunda para completar la muerte. Es un caso extraño, pero sucede con relativa normalidad", revela.

Una vez que un cuerpo llega a la morgue se lo pone en condiciones y se lo guarda en la cámara refrigerante, una suerte de heladera industrial con puertas metálicas, pesadas, con el picaporte que sale hacia afuera y destraba el sellado del frío. En la morgue judicial de Lomas entran cerca de cuarenta cuerpos, distribuidos en tres heladeras pequeñas y una enorme, donde caben veinte cuerpos. El frío llega de ahí a la sala de autopsias. Viene con olor, con la comprobación dura de que se está guardando la muerte cuidadita, intacta para que no desaparezca, con la forma en que tomó vida en ese cuerpo. Es un equilibrio triste: unos van, otros llegan, y hay algunos a los que nadie reclama.
"El procedimiento y los tiempos dependen de la fiscalía. Acá llega un cuerpo, se hace la autopsia, se eleva el informe y se guarda el cuerpo hasta que vengan a buscarlo o la Justicia indique inhumar. Pero a veces la orden no llega, nadie reclama el cuerpo y puede llegar a estar meses guardado", explica Dabbah. Es un tipo serio que parece afligido, con esa tristeza de los hombres responsables. Muestra su lugar de trabajo con dedicación y cierto orgullo, pero en ningún caso se deja persuadir por los chistes zonzos que lanzamos para descomprimir la situación. "Si te da impresión, mejor esperá por ahí", dice mientras mueve una camilla con un hombre desnudo del que sólo veo el pie y una etiqueta colgando. "Esto no lo mires", me recomienda. "Esto no lo muestren", pide. Y guarda para sí cada detalle de identidad, para no afectar ningún procedimiento. De algún modo siento que no se permite ni bromear sobre el tema ni relajarse. De algún modo siento que me sentiría bien a su cuidado, con mis vísceras yendo y viniendo en sus manos hacia la balanza. Pero lo morboso, creo, es la trasmutación de mi nervio, el humor negro que me evita la acidez y el espanto.
"Lo importante es hacer la autopsia completa para evitar que se nos pase cualquier detalle. Muchas veces los cuerpos están de una manera específica con la intención de ocultar un homicidio. Por ejemplo: si llega un cuerpo calcinado, le tenemos que hacer placas para ver si hay balas, porque en muchas ocasiones se quema el cadáver para disimular el homicidio, para que no se le vean los disparos", explica el forense que le hizo la autopsia, por ejemplo, a Daiana García, uno de los casos más resonantes de chicas desaparecidas y asesinadas este año.
L, un distinguido señor del microcentro, murió con el puño apretado. Los médicos que lo vieron en la escena del crimen pensaron en un suicidio: tenía un tiro en el ojo –la causa de muerte– y la mano cerrada. Espasmo cadavérico, pensaron entonces, término técnico que se volvió lugar común desde la muerte del fiscal Alberto Nisman. No obstante, la autopsia –analizada y discutida en su momento por Ernesto Duronto, vicepresidente del Colegio de Peritos Médico Legistas de Capital Federal y discípulo del fallecido Marcelo Achával, una de las eminencias en la especialidad– develó que la rigidez no era por la posición en que quedó la mano tras efectuar un disparo, sino que L estaba ferozmente decidido a vivir, y cerró el puño para darle una trompada a su agresor, que le disparó antes en la cara, matándolo al instante y dejando su mano con esa dureza autoincriminatoria.

De N, otro hombre distinguido, también dicen que murió con la mano contraída y el dedo como habiendo disparado su propia bala. Pero también sucede que dicen que no, que no había rigidez. Sucede que dicen que N murió a cierta hora, cerca de las 20 de un sábado, hace más de dos meses, pero también dicen que murió un domingo. Sucede que de N se dicen muchas cosas ciertas y muchas cosas inciertas, pero nadie sabe cuál es cuál. Si tomamos el espectro de posibilidades danzarinas podríamos hacer un catálogo instructivo de todo tipo de muertes. Sin embargo, la muerte de N preocupa mucho más que la de M, P o L.
"En el caso de Nisman, un perito dice que hubo espasmo cadavérico, fenómeno que se da cuando la muerte es instantánea. Sin embargo, al abrir el cuerpo dicen que los órganos estaban exangües, es decir, desangrados. Eso significa que no murió instantáneamente, porque si no no se hubiera desangrado y no hubiera habido agonía. Eso es matemático y no se puede malinterpretar: si hubo agonía, no hubo espasmo cadavérico. Es una prueba irrefutable", explica Duronto, que dice que conoce y aprecia a Osvaldo Raffo, perito de parte de la jueza Sandra Arroyo Salgado, ex esposa de N, pero que no cree que sea infalible, "porque ningún hombre lo es", y porque no es lo mismo ver el cadáver en vivo que por video, como lo hizo el equipo de Raffo y Ravioli.
Mariano Castex, presidente del Colegio de Peritos Médico Legistas y uno de los hombres más respetados en el mundo forense, dice que "no hay que pedirle a la medicina legal lo que no puede dar", ya que considera que en el caso Nisman se están poniendo demasiadas esperanzas en que su disciplina resuelva el caso, y eso no es posible. Perito de parte de Diego Lagomarsino, hoy está abocado a preparar un informe en respuesta al de Raffo. Me recibe en su oficina y explica que acceder al mundo de los médicos forenses de la Corte Suprema es pura política, que hoy en día es mejor alejarse de la Capital, si uno quiere conocer una morgue judicial. Aprovecho la ocasión y le pido que me ayude a asistir a una autopsia para contarlo en esta crónica. Me recomienda que antes de pedir eso vea en YouTube un video de la autopsia de María Marta García Belsunce. Es, como quien dice, un consejo de amigo.
Llega un cajón a la morgue judicial. Lo abren. Como abollado, cerrado hacia su propia desintegración, adentro está el cuerpo de María Marta. Los médicos lo sacan: del cajón a la mesa de obducción. Ya había pasado un tiempo de su muerte, pero nadie le había hecho una autopsia. El proceso legal ordenó la exhumación del cuerpo y como resultado le encontraron cinco balas en el cráneo. El video muestra pequeñas rajaduras en la cabeza. El médico introduce una pinza, las rajaduras se abren, como el plástico, y se escucha sonar el tintineo de las balas sobre la bandeja de metal. No hubiera querido ver eso, ni esta nota hubiera querido que lo viera. María Marta tal vez descanse en paz, indiferente a las más de 150.000 vistas que acumula el video en YouTube.
El doctor Bonvicini explica que los casos de exhumación suceden en situaciones en que alguien tiene dudas sobre la muerte y hace la denuncia. "Ha pasado que un familiar va a despedirse de alguien al velorio, le ve una manchita que antes no tenía al fallecido, hace la denuncia y el juez indica exhumación. Puede suceder."
Le pregunto cómo es su relación con la muerte. "De respeto –dice–. A veces pienso: este tipo se levantó para trabajar como todos los días y nunca más volvió. No pensaba morir, no tenía idea de lo que le esperaba cuando empezó el día… Me intrigan mucho esos segundos anteriores a la muerte, qué habrá pensado la persona en el momento previo... Siempre me pregunto lo mismo."
–¿Y qué cree que pueden llegar a pensar?
–No lo sé. Eso es un misterio.
–¿Y de ustedes qué se piensa? ¿Qué se dice de los médicos forenses?
–Que estamos locos.
–¿Y lo están?
–No. Simplemente somos médicos con una especialidad.
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