
Los deportes según David Foster Wallace
NUEVA YORK.- La primera vez que fui al US Open me llamó poderosamente la atención la costumbre de los espectadores norteamericanos de ir vestidos de tenis para pasar la tarde en una grada comiendo panchos y tomando cerveza caliente, con el casi único ejercicio de caminar, cada tanto, a buscar más kétchup para las papas fritas.
Se ve que no había leído a David Foster Wallace. En su ensayo seminal de 1996, "Democracia y comercio en el Abierto de Estados Unidos", publicado en la revista Tennis, él ya había señalado, por ejemplo, que en ese encuentro deportivo "las zapatillas Nike blancas eran omnipresentes en los espectadores, como si estuvieran listos por si Serena Williams decidiera pedirles que entraran a pelotearle".
Para cuando yo fui, en 2002, las Nike de blanco tenían poco, conforme todo el "deporte blanco" se había vuelto de cualquier color menos éste en Estados Unidos. Además, después de los ataques terroristas del año anterior, había un manto de tensión extradeportiva. Pero el torneo y su relación especial con la ciudad se mantenía, y el artículo es, aún hoy, una maravillosa introducción "deportivo-literaria" al Open.
Igual, no era tan extraño que me hubiese perdido la nota de Wallace cuando salió. Recién tras su suicidio, en 2008, y la elegía de The New York Times que lo llamó "la mente más brillante de su generación", es cuando realmente se volvió un autor de culto. Cuando escribió "Democracia y comercio...", Tennis tardó un año en publicarle el artículo. Hoy, por el contrario, todo lo que dejó escrito adquirió una pátina mítica y, entonces, no es sorprendente que The Library of America, una colección de libros dedicada al panteón de las letras norteamericanas, haya decidido compilar sus ensayos deportivos.
El libro String Theory: David Foster Wallace on Tennis (La teoría de cuerdas: David Foster Wallace sobre el tenis), muestra que este deporte no era un tema menor para Wallace. Fue del tipo de jugador con gran potencial pero que finalmente no daba para profesional, y esto es parte de lo que dejó plasmado en sus ensayos más emotivos. Por ejemplo, en "Tenis, trigonometría y tornados: una niñez en el medio oeste", cuenta cómo al haber crecido en el Illinois rural, acostumbrado a entrenar afuera con sus vientos extremos, tenía mucha ventaja al enfrentarse con chicos acostumbrados a jugar en condiciones climáticas perfectas. Pero, al final, había un punto en el que los que eran mejores eran simplemente mejores. "Lo más interesante de competir en deportes seriamente cuando se es niño es que uno se ve forzado a enfrentar las propias limitaciones temprano en la vida", escribió. Wallace recuerda que no importa cuánto uno quiera algo o cuánto uno tenga puesto su corazón en ello: si no es lo suficientemente genial para trascender sus condiciones físicas y mentales, siempre habrá otros mejores. Puede sonar evidente, pero es refrescante de escuchar en Estados Unidos, donde a los niños se los bombardea con mensajes de "querer es poder" sin matices.
Además, la historia de Wallace sirve para mostrar cómo los estudios pueden ser otra alternativa de placer. "A medida que mi interés en el tenis se diluía, el de las clases aumentaba -escribió-. Comencé a hacer los deberes en la secundaria y descubrí que me divertían. En la universidad casi no me dediqué a jugar para el equipo de tenis, porque las clases eran más interesantes". Después resultó un ídolo de la literatura, pero nunca dejó atrás su inclinación original. Su obra maestra, La broma infinita, transcurre en parte en una academia de tenis, y de haber tenido una vida más larga, quién sabe adónde habría llevado su mezcla de pasiones.







