Los esfuerzos dietarios ya no tienen género

Hernán Iglesias Illa
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27 de diciembre de 2014  

En estos días festivos de diciembre, millones de argentinos comerán con o sin hambre y se prometerán, en la madrugada de enero, compensar la glotonería con buena conducta alimentaria. Un poco aguijoneados por la culpa y otro poco por las ganas de tener un aspecto razonable en el verano juntarán disciplina y harán ayuno, que empezarán a incumplir, si la conducta de años pasados sirve como predicción, alrededor del 7 o el 8 de enero.

La novedad de estos esfuerzos dietarios es que se han convertido en unisex. Durante décadas, hacer dieta fue un sacrificio exclusivo, al menos en público, de las mujeres. La publicidad de los productos dietéticos o bajas calorías sólo les hablaban a ellas; la literatura disponible, en revistas femeninas o libros bien vendidos ( Scarsdale en los 80, Atkins en los 90, South Beach en los 2000), tenía un toque femenino: la consigna era pasar un poco de hambre para verse mejor, mantenerse competitivas en el mercado amoroso y recuperar la frágil autoestima perdida. Dietas milagrosas se ponían de moda, funcionaban dos semanas y fracasaban después, ahogadas por la culpa, hasta que aparecía otra dieta con su esperanza de cuerpos perfectos en 10 días.

Algo de ese tono se mantiene vigente, pero ahora muchos de estos mensajes incorporan el aspecto saludable de comer bien e incorporan, especialmente, a un nuevo público: el varón contemporáneo, casi tan preocupado como la mujer por su apariencia, su peso, su estado físico y su salud. Aquel macho de los 80, que basaba su dieta en la pizza, el asado, la milanesa y la cerveza, ahora mira con curiosidad, incluso con cariño, las ensaladas, pregunta por la frescura de la rúcula e indaga sobre la cantidad de calorías de las medialunas de grasa con respecto a las de manteca.

Este proceso ha sido paralelo al de la progresiva domesticación del animal masculino, cuyos valores ya no reinan solos en la jungla social. En estos años, el varón civilizado se ha visto obligado a compartir tareas en el hogar, a ponerse en contacto con sus emociones y a tener jefas en el trabajo. ¿Es la reciente preocupación alimentaria de los varones una señal de la creciente paridad de géneros? Un poco. La autora Alice Robb dice en un artículo que la situación cambió mucho, pero que los hombres, con una inesperada vuelta de tuerca, volvieron a salirse con la suya: "Ahora es más aceptable socialmente la dieta del varón que la de la mujer".

Una interesante escapatoria que hemos encontrado algunos varones (yo la hago cuando no sucumbo a mi debilidad por el pan) es la dieta paleo, que sugiere comer como los hombres paleolíticos antes de la invención de la agricultura: nada de granos ni lácteos. La dieta paleo, con su énfasis en la carne y las verduras y su aceptación del vino (porque proviene de una fruta), ofrece al hombre contemporáneo un servicio doble: por un lado, le permite perder peso y sentir que está comiendo sano, y, por el otro, le permite seguir sintiéndose macho, porque se dice a sí mismo que está imitando la forma de comer de aquellos peludos prohombres de la masculinidad que no se sometían a demandas modernas como la monogamia o el trabajo en oficina. Mañana empiezo.

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