Los espíritus de Isabel

Desde su hogar en California, la escritora chilena habla sobre su vida y presenta Retrato en sepia, su nueva novela
Paula Urien
(0)
29 de octubre de 2000  

San Francisco.- Pasando por el Golden Bridge se llega a un puerto tranquilo, frente a la bahía Sausalito. Allí, Isabel Allende se refugia en una centenaria casona repleta de historias declarada Patrimonio Histórico de la Ciudad.

En este escenario casi ideal para quien suele invocar a espíritus amigos a la hora de escribir, inicia cada 8 de enero sus novelas. Comparte su vida y este techo con el abogado William Gordon, su marido norteamericano. Ambos se ocupan también de la Fundación Isabel Allende, que financia a entidades que brindan pequeños préstamos a mujeres con pocos recursos para que inicien alguna actividad productiva, además de becas y ayuda en general.

Transformar hechos de la vida real en historias también forma parte de su vida cotidiana. Por ejemplo, en el estudio donde suele escribir hay una foto de su abuela. Como Isabel no la conoció, se la inventó. Decidió que sería una persona contenedora que la acompañaría adonde fuera, dándole los más sabios consejos. Sería una abuela mágica.

"Mi abuela era un personaje legendario. Todo el mundo contaba anécdotas de ella. Yo las pegué como un rompecabezas y la tengo presente. Me comunico con ella a diario, no porque tenga un espíritu tan poderoso, sino porque he hecho el ejercicio de la conexión." Este poder de imaginación la llevó en 1981 a embanderarse en el realismo mágico y escribir La casa de los espíritus, cuyo personaje principal, llamado Clara, está inspirado en aquella abuela real e imaginaria.

La novela fue traducida a veintisiete idiomas; superó ampliamente los 30 millones de ejemplares vendidos en el mundo y sólo en Alemania, las cifras llegaron a los 6 millones. En los Estados Unidos es de lectura obligatoria en las escuelas.

El cine y sus libros se llevan bien. Meryl Streep hizo de Clara, la abuela de La casa.., en el film norteamericano basado en la novela. También se filmó De amor y de sombra, con Antonio Banderas. Pronto, comenzará el rodaje de Eva Luna, con un guión de Antonio Skármeta; hay dos propuestas para Hija de la fortuna y está en marcha Afrodita, un proyecto del director argentino Pino Solanas, cuyo rodaje comenzará en mayo de 2001.

Hoy, con 58 años, y a pocos días de su visita a la Argentina, Allende presenta una nueva novela que continúa la historia de Hija de la fortuna, ambientada en el siglo XIX durante la fiebre del oro en California. En Retrato en sepia, editada por Sudamericana, cuenta las vicisitudes de Aurora, una joven fotógrafa, nieta de los protagonistas de la novela anterior, que busca su pasado. Ambos libros, más La casa de los espíritus, conforman una trilogía que pronto se comercializará en conjunto.

A las 10 en punto de la mañana, abre la puerta de su casa su asistente; Isabel está en el estudio donde escribe en una computadora con pantalla grande, apoyada sobre un libro de Pablo Neruda, "porque tengo la superstición de que si las computadoras se pueden contagiar virus, por qué no sentido poético". Es una habitación blanca, con muchas fotos de su familia y cantidad de objetos, traídos especialmente por Isabel desde lugares remotos.

Pero lejos del cambalache, todo convive en armonía. Como convive su pasado, que incluye el exilio a Venezuela, su vida luego en los Estados Unidos, la ascendencia chilena, sus hijos, los de su marido, su declaración como madraza, su militancia en el feminismo, la exuberancia latina, la eficiencia norteamericana.

-En su última novela, Retrato en sepia, uno de los personajes dice: "He comprobado que después de una noche tormentosa quedo alucinada y en carne viva. Un estado óptimo para la creación". ¿Cuál es su propio estado óptimo para la creación?

-No es apacible, sino de carne viva, de alucinación, en el que la imaginación tiene más presencia que la realidad. No es un estado de contentamiento, porque si estoy contenta, ¿para qué diablos me voy a sentar 8 horas frente a la computadora, con el cuello torcido, incómoda, hambrienta...? Es un estado de emergencia el de la escritura. Va creciendo una historia, unos personajes, y una necesidad imperiosa de contarla. Yo me siento a escribir con el terror de la primera frase. Pienso: ¿irá a salir? ¿Irá a resultar, esto? Y luego empieza ese proceso de darle suficiente tiempo y suficiente atención a la escritura como para que se vaya alimentando sola y termine por ocurrir. Ocurre por una especie de inercia, casi independiente de mí. Lo que hacen los personajes no lo determino yo, sino ellos mismos. Tengo que dejar que digan lo que tienen que decir, que hagan lo que tienen que hacer. Llega un momento en que te metes tanto en la historia, que terminarla es lo más importante. Más importante que la vida misma.

-¿Cómo es su vida cotidiana como escritora?

-Escribo siempre en la mañana, en la computadora que tú ves. Nos levantamos temprano con Willi y salimos a caminar durante 45 minutos. Es el único ejercicio que hago, la verdad. El resto, puro sentada. ¡Sentada y comiendo! (se ríe). Si estoy metida en la novela, trabajo unas 8 o 10 horas. Si estoy en los comienzos, hasta las 2 de la tarde y luego me vengo a la oficina porque llega el correo. Leo la correspondencia, que es mucha, durante una hora y media. Llegan contratos, peticiones de todas clases, invitaciones de todas clases. Además, escribir un libro no es sólo eso. Hay que hacer promoción, presentaciones públicas y demás.

-¿Por qué dejó de lado el realismo mágico en esta última novela?

-Se usó muchas veces en el pasado como un ingrediente latinoamericano de exotismo. Y a mí me molesta el uso indiscriminado de algo que termina por ser un truco. Yo creo que cada historia tiene su manera de ser contada. No se pueden repetir las fórmulas. En este caso, una historia americana sobre la fiebre del oro es bastante realista. Esto no significa que no vaya a usarlo más. Es uno de los recursos que están allí, en mi cocina.

Además de su carrera como escritora, Isabel Allende es conocida por haber protagonizado un drama pocas veces imaginable en la vida real. Paula, su hija de 28 años, murió después de haber estado en coma durante un año a causa de una rara enfermedad hereditaria llamada porfiria, que también tiene en su hijo Nicolás y sus nietos Alejandro, Nicole y Andrea. A modo de catarsis, la escritora produjo el libro Paula, donde hace un racconto de la historia de su vida, y cuyas ventas (sólo en la Argentina tuvo 27 ediciones) alimentan a la fundación.

-¿Cree en los espíritus?

-Después de haber visto morir a mi hija Paula, creo que somos más que cuerpo. El cuerpo de Paula estuvo paralizado por más de un año y cambió totalmente. Su mente no estaba allí porque tenía daño cerebral severo. No reaccionaba ante nada. Sin embargo, ella estaba allí. Había un componente espiritual que se fue cuando ella murió. Y no se fue del todo, porque quedó la memoria, el recuerdo, el contacto. Yo creo que la muerte es un inconveniente terrible, pero no es un obstáculo para tener comunicación con ella. La siento siempre, igual que a mi abuela. Ahora, eso puede ser un ejercicio de imaginación, pero yo sé que hay una comunicación. Si uno está alerta a los signos, los encuentra en todas partes.

-Como usted dijo antes, puede ser también un ejercicio de la imaginación.

-También eso puede ser. Pero a mí, las explicaciones racionales... hay cosas que son extrañas. Yo siento que la dimensión de la realidad en la cual nosotros nos movemos es muy limitada. Hay muchas otras dimensiones: de la imaginación, de la memoria, de la intuición, del instinto, de las pasiones, de los sueños, del amor. Funcionamos también en esas dimensiones, pero no tenemos cómo medirlas porque no son tangibles y reales como lo es esta realidad en la que estamos tú y yo en este momento. Si uno admite que todo eso es parte de la vida, que es parte del espíritu no sólo individual, sino también colectivo, la vida es mucho más rica, mucho más hermosa. Cuando tú me preguntas si creo en los espíritus, te digo que no creo en fantasmas. Yo no creo que Paula se va a aparecer aquí como un ectoplasma, pero creo que está presente en esta pieza. Están todas sus fotos, el libro que he escrito sobre ella, todo lo que he aprendido de ella, las velas que prendo cada vez que me pongo a escribir para llamarla y pedirle a ella y a mi abuela que vengan y me ayuden...

-En una entrevista anterior, en 1995, hablamos sobre el libro Paula. ¿Cómo fue su evolución desde entonces hasta ahora?

-Yo creo que la muerte de Paula marcó algo muy importante en mi vida: el fin de la juventud. Me sentí joven y capaz de hacer cualquier locura hasta que Paula se enfermó en 1991. Nunca había sentido el peso de la vida, o de la edad, a pesar de todas las cosas que me habían pasado. Cuando terminé el libro, ahí me pegó la depresión fuerte. Era como que no podía hacer nada. Empecé a dar vueltas en círculos, tratando de escribir, de hacer una cosa, otra, y nada resultaba. Ahí me di cuenta de que había entregado todo en ese libro y que ya no me quedaba nada. Estaba vacía. Así pasé dos o tres años y me acordé de que soy periodista por entrenamiento, y que si me dan un tema y suficiente tiempo para investigarlo puedo escribir prácticamente sobre cualquier cosa, menos política y deportes. Y comencé Afrodita.

-¿Qué les diría a las personas que han pasado por una experiencia similar?

-Les diría que nunca se va la tristeza. Pasa a ser una segunda piel, y se aprende a vivir con ella, y se aprende a amarla.

-¿Por qué a amarla?

-Porque te hace más fuerte. Te hace más compasiva. Te da más capacidad para conectarte con lo que es esencial en la vida. Y vas echando por la borda lo que no sirve. Toda la pequeñez, la envidia, el materialismo desatado, la competencia, las ambiciones que no te llevan a ninguna parte, puesto que a la tumba te vas a ir desnudo de todas maneras. Te vas quedando con lo esencial, y aprendes a amar esa experiencia que fue horrible en ese momento, pero que te hizo mejor persona. También te pone en contacto con una realidad evidente, que sin embargo nosotros vivimos negando: todo es transitorio y todo muere, hasta las estrellas. El que mi hija muriera a los 28 años no es diferente de que muriera a los 78, porque ella vivió una vida completa. Hizo lo que tenía que hacer, y se fue. Entonces, llegar a entender eso, llegar a perderle el miedo a la muerte, es una gran liberación interior.

-Estuve en el parque nacional Yosemite, donde están las secuoyas, los árboles más altos y anchos del mundo. El guía nos contó que los incendios que a veces provoca la naturaleza son beneficiosos, porque después del fuego surgen especies que se creían extinguidas, pero que estaban allí, enterradas. Una chispa las hizo despertar. Parece una metáfora de la vida y de la muerte porque de las cenizas surge algo nuevo.

-En las religiones y tradiciones filosóficas existe la idea de la muerte y la resurrección. En los ciclos de la naturaleza viene el invierno, en el que todo parece muerto, y luego renacen los primeros brotes de la primavera. La vida es eso. Tú, para poder pasar a otro nivel de evolución, de desarrollo como ser humano, tienes que morir y dejar atrás la parte tuya que fue. Dejas atrás el niño para convertirte en adolescente, y luego dejas atrás la adolescente para convertirte en mujer. Cuando uno sufre una pena tan horrenda como es la muerte de un hijo, renacen cosas que uno ni siquiera sabía que tenía adentro. Semillas que estuvieron allí, dormidas, y que de repente, ante un dolor tan grande, las riegas con tus lágrimas, y brotan. Yo no he aprendido nada importante de la alegría, y no es que yo quiera atraer esas cosas, no es que esté enamorada de las fuerzas negativas. No... es que no creo que sean negativas, son parte de la experiencia humana, muy importante. Para poder sentir el placer y la alegría de revolcarme en el suelo con mis nietos hoy día, pasé por muchos dolores que me permiten saborear ese momento de plenitud. Tal como lloré a plenitud los momentos malos. Que no fueron malos... fueron diferentes.

-De todas maneras, se nota un optimismo innato en su manera de escribir, de hablar, de expresarse.

-Siempre leo en voz alta lo que escribo. Me pasa muy a menudo que en un párrafo tengo varios adjetivos negativos, oscuros, pesimistas. Los subrayo con un lápiz verde. Luego los cambio por adjetivos que describan la situación, pero de manera positiva. Nosotros en Chile tendemos a describir en negativo. Decimos, por ejemplo: esta mesa no es cuadrada, en vez de esta mesa es ovalada. Cuando yo describo mi vida, trato de que sea en positivo.

-¿Siempre?

-En este momento estamos viviendo una crisis familiar atroz, porque el hijo más pequeño de Willi es adicto a la heroína y acabamos de tocar fondo con la situación. Entonces, hay muchas maneras de describir esto: una es colgarme del teléfono y llorar con mi mamá, y decirle que esto es horrible, que es atroz, que estamos otra vez en el infierno. Otra manera es pensar qué se puede hacer. ¿Qué es lo que ofrece la sociedad en estos casos? ¿Qué es lo positivo que se puede hacer en estos momentos? Bueno, este niño por lo menos no está en problemas con la policía... en vez de regodearse con lo malo hay que ver cómo se puede rescatar la situación. Eso, yo creo, es algo que uno aprende con la experiencia en la vida, con el dolor. Se aprende a describir las cosas de manera positiva, luminosa. Hay gente que pasa por circunstancias tan atroces que cómo no te vas a deprimir espantosamente. Hay salida, porque los seres humanos son resistentes. A veces uno siente que está tan solo, pero no es así, porque el dolor pertenece a todos. No hay nadie que pase por la vida sin dolor, sin separaciones.

-Digamos que después de una mala etapa vino otra de sensualidad, de juego, de diversión, cuando surgió Afrodita.

-Sí. Me di a mí misma un tema que estuviera lo más lejos posible del dolor, y eso me sirvió mucho más que las pastillas antidepresivas y la terapia. Me metí en un libro con humor, juguetón, sensual.

-Todavía quedan vestigios de esa vertiente. En su última novela, describe a uno de los personajes como "una escocesa comestible de carnes lechosas, ojos de espinaca, sabor de durazno, según aseguraban quienes la habían probado". También se ha referido a Antonio Banderas, el actor, como "comestible".

-Sí, mira, estoy leyendo por milésima vez los sonetos de amor de Pablo Neruda. Aquí hay sensualidad, metáforas que son muy terrenales, y al mismo tiempo extraordinarias. Los sentidos juegan con la tierra, con la naturaleza, con todo.

-Continuemos con su historia literaria. ¿Qué pasó una vez que terminó Afrodita?

-Durante el tiempo en que estuve involucrada en el diseño de Afrodita, comencé a hacer una investigación histórica sobre la fiebre del oro en California, así es que ya estaba lista para escribir Hija de la fortuna, que terminé en 9 o 10 meses.

-¿De qué manera investigó el tema?

-Hay que buscar la información de manera exhaustiva. Por ejemplo, si yo digo que la protagonista se subió a un barco dea vela que la llevó de Chile a San Francisco, tengo que saber qué tamaño tenía ese barco, cuánto se demoraba, cómo era la vida a bordo, saber cómo era el barco por dentro. Afortunadamente, cuando estaba escribiendo el libro, en 1999, se cumplieron 150 años de la llegada de los buscadores de oro a San Francisco, que fueron 40.000 personas. Entonces había aquí exposiciones, actos, documentales, películas de todo sobre el tema.

-¿Por qué el libro está dedicado a Carmen Balcells, su agente?

-Carmen es una madraza, y ha sido la artífice del éxito de mis libros. Cuando yo escribí La casa de los espíritus, traté de que fuera publicado en América latina, y lo envié a distintas editoriales. Creo que tuve dos rechazos, y el resto no me contestó. Hasta que una excelente periodista chilena en el exilio, en Venezuela, leyó el manuscrito en la editorial en que estaba trabajando como recepcionista, y me dijo: "aquí nadie te lo va a leer, y si lo leen, no lo van a publicar. No sé si es bueno, pero me gustó mucho. ¿Por qué no se lo mandas a un agente?" Yo no sabía que había agentes literarios. Entonces me dio el nombre de Carmen Balcells, y Tomás Eloy Martinez, al que conocía, me dio su dirección. Le mandé el libro con una cartita en la que le preguntaba si lo podía leer. Antes de un mes, Carmen me llamó y me dijo que quería ser mi agente. En menos de seis meses yo estaba en Europa para presentar el libro y ya lo estaban comprando editores franceses, alemanes e italianos. A lo largo de mi carrera como escritora, ella nunca me ha presionado para que escriba una cosa o la otra. Nunca me ha cortado un texto.

No está ni cerca de ser una dulce abuelita que teje escarpines y que ve la vida de adelante para atrás. Claro que cuida a sus nietos, pero de una manera bastante particular. Cuando entra en la fiebre de la escritura, si le dejan a su cuidado a uno de sus nietos, cierra la puerta del estudio donde escribe, para que no desaparezca gateando. Después, le deja una mamadera y un plato de cereal en el piso, y una almohada. Con esos elementos, el niño, autosuficiente, se arregla. Se debe arreglar. Su abuela escribe con frenesí frente a la computadora.

-¿Les cuenta cuentos a sus nietos?

-Sí.

-¿Creaciones del momento?

-Sí. Tenemos un sistema. Yo les pregunto de qué quieren el cuento. Entonces cada uno de ellos me da un tema, y les saco un cuento en 10 segundos con los tres temas que me han dado. Tengo un buen entrenamiento, pero poca memoria. Ellos a veces me piden: "cuéntame el cuento del gigante sin calzones", por ejemplo. Ni me acuerdo, porque lo conté hace una semana.

-Con esa facilidad, podría escribir cuentos para niños.

-Lo estoy pensando, pero para niños a partir de los 12 años, para jugar con el humor y con muchas otras cosas. Yo recuerdo el impacto tremendo que tuvo en mí la literatura que yo leí. Eran libros de aventuras, como los de Salgari, pero también leía a Bernard Shaw, Shakespeare, Oscar Wilde. Leí todos los escritores rusos a los 14, 15 años. Las grandes pasiones, los grandes personajes, los argumentos cargados de cosas... todo eso me quedó de las lecturas de entonces. Después entré en la etapa de la ciencia ficción, que me duró como diez años, y yo creo que fue como un anticipo, una preparación para el realismo mágico que viene después.

Este año se cumplieron 27 del golpe militar de 1973, encabezado por Pinochet. Isabel es sobrina de Salvador Allende, el derrocado presidente socialista, muerto durante el golpe. La escritora pasó entonces trece años exiliada en Venezuela.

-Usted se ha manifestado públicamente en contra de Pinochet. Sin embargo, al final de La casa de los espíritus, el personaje Alba, que vive situaciones similares a las de aquel momento político, dice que está en paz, que no siente odio.

-Yo escribí ese libro en el año 1981, en plena dictadura en Chile. Mucha gente se molestó por ese final porque era un final de reconciliación en una época en la que esa palabra no existía. Yo creo que a partir de ese momento, nunca más quise venganzas. Creo en la reconciliación, en el perdón, pero basado en la verdad, no en el olvido. Para una reconciliación saludable en Chile hay que airear lo que pasó. Creo que debe haber justicia, a pesar de que es imposible castigar a todos los que debieron ser castigados por lo que pasó. Entonces no hay que ni siquera desearlo. Basta, yo creo, con airear la verdad, con honrar el sufrimiento ajeno y hacerse el propósito de que no vuelva a ocurrir.

-¿Qué recuerdos tiene de su tío, Salvador Allende?

-Tengo dos recuerdos diferentes. Uno, el recuerdo como tío, hasta 1970. Y otro cuando fue elegido presidente. Entonces ya nunca más pude verlo como un miembro de mi familia, sino que lo vi como presidente, como una figura mítica. Me es muy difícil pensar en él en términos humanos. Era una figura muy conflictiva y observada por el mundo entero porque estuvo al frente de un experimento socialista, y en plena Guerra Fría, con toda la oposición de los Estados Unidos, de la CIA, de la derecha chilena. Pero recuerdo que era un hombre extraordinariamente valiente, que enfrentaba las situaciones en forma personal.

-Luego, usted partió al exilio.

-Me quise ir. Yo me quedé al principio en Chile con la certeza de que la dictadura no iba a durar. Nadie pensó que se iban a quedar por 17 años. Me fui a Venezuela porque era una de las últimas democracias en America latina donde les daban visa de turista a los chilenos. Fueron pasando los años y yo siempre con la idea de que íbamos a regresar, de que iba a caer la dictadura y que ibamos a regresar. Entre tanto se fue al diablo mi matrimonio y en 1987 me separé. Un año más tarde cayó la dictadura y mi marido regresó a Chile, ya para entonces estaba casada con Willi aquí, en los Estados Unidos. Yo ya tenía una vida que había empezado aquí.

-¿Cómo lo conoció a Willi?

-Lo conocí en San José, cerca de San Francisco, en una de mis giras. Yo estaba separada de mi marido recientemente. El empezó a contarme la historia de su vida y me fascinó, porque había estado de rodillas mil veces y se había vuelto a poner de pie. Cuando volví a Venezuela, le conté a mi hijo que había conocido a este señor, que me gustaba mucho, y que creía que estaba enamorada de él. Yo tenía 45 años y mi hijo 20. Y me dice Nicolás: "mira mamá, tú eres demasiado vieja para tener penas de amor. Anda, pasa una semana con ese señor y sácatelo de la cabeza". Entonces lo llamé, y le dije que estaba pensando en él, y él me dijo que también estaba pensando en mí, que me iba a venir a ver en diciembre. Estabamos en octubre. Yo le contesté: "Mira, yo te puedo ir a ver antes, pero quiero saber qué terreno piso, porque tengo 45 años y no tengo tiempo para perder, así es que te voy a mandar un contrato". Siendo abogado, se rió y me dijo: "Mándamelo". Y le mandé un contrato y lo firmó.

-¿Qué decía el contrato?

-Que tenía que ser una relación monógama porque yo ya había pasado por la infidelidad y para mí no funciona. Después, que yo no podía tener una relación con una persona celosa. Y con nadie que se metiera... que me espiara, que abriera mis cartas o se metiera con mi privacidad. Ahora ya no hay ni una sola zona privada con Willi.

-¿Algo más?

-Había cosas prácticas. Yo quería manejar la casa completamente. No puedo soportar que me pongan un florero que no compré yo, y como yo venía a la casa de él, eso significaba que yo tenía la libertad para botar todo a la basura. Cosa que hice. Y él aceptó todo. Y las cosas que yo estaba dispuesta a dar eran fidelidad; que nunca me iba a tener que mantener, ni a mis hijos; que yo me iba a ocupar de sus hijos. Cosas que cualquier mujer latina hace. Yo creo que él en el fondo lo leyó así, por encimita nomás, y no se dio cuenta lo que firmaba.

-¿Se casaron enseguida?

-Al principio, no quería. Entonces yo le dije: "yo me he venido hasta acá, no tengo visa, yo necesito arreglar mi situación para poder vivir contigo; si tú no estás dispuesto a casarte me voy mañana de vuelta. Chao pescao". Entonces me dijo que necesitaba tiempo para pensarlo y yo le dije: "Sí, tienes hasta mañana al mediodía", y acá estamos, hace ya 13 años. Desde el momento que dijo sí, se entregó completamente. El cambio fue completo.

-Parecería que está acostumbrada a manejar los hilos de su vida. ¿Cómo se las arregla con aquellos hilos que no están a su alcance?

-Cuando Paula se enfermó aprendí que en realidad uno no controla nada. Cuando veo que le va mal en el colegio a mi nieta, que tiene 8 años, me aterrorizo y me dan ganas de hacer dos mil cosas para que le vaya bien: tomarle profesora, psiquiatra, hacerle las tareas, cualquier cosa. Pero no, no lo hago porque sé que no corresponde, que ella tiene que salir de ese atolladero sola. Porque si no, no aprende nada. Va a volver a caer y yo voy a tener que levantarla de nuevo. Tiene que aprender a caer y a levantarse sola. Pero es muy difícil echar un pie atrás y observar.

-¿Cómo se las arregla con el problema del hijo menor de Willi?

-Tengo la experiencia, porque otros dos hijos de Willi también fueron adictos. La hija se murió de sobredosis. El otro hijo tiene la vida arruinada, pero por lo menos ya no está usando drogas, y ahora el tercero está en lo mismo. Ya sabemos que no se puede hacer nada. Sólo pararte al lado y decir: "Te quiero mucho, cuando estés dispuesto a hacer un cambio te voy a ayudar".

-¿Cree que su vida es especialmente extraordinaria, o diferente, o fuera de lo común?

-Hay mucha gente que me dice eso. Pero creo que cada vida está llena de cosas, depende de cómo se la describa. Depende qué vas a iluminar y qué vas a dejar en la sombra. Entonces puedes tener una vida que es una saga, una leyenda.

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.