
Los misterios de Rosario
A poco más de dos horas de Buenos Aires, el puerto del Paraná, con sus edificios, costanera, bulevares y parques, ofrece un recorrido de deliciosa armonía entre lo urbano y lo natural
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Con delirante precisión, César Aira la definió gótica. A ella le dedicó una novela en su mejor vena humorístico-dramática. La historia se llamó Los misterios de Rosario , y relata los sucesos ordinarios y extraordinarios de la vida del profesor Alberto Giordano en la víspera del fin del mundo. Los bares El Cairo y Laurak, el Palacio Fuentes y la Facultad de Humanidades son algunos escenarios de esta obra narrativa a la medida de la ciudad. Porque todo puede pasar en un lugar que se guarda tantos secretos.
La "Chicago argentina", el "granero del mundo", polo industrial y centro universitario de referencia. Muchos aspectos de Rosario fueron celebrados, pero poca gente repara en un aspecto esencial del gran puerto del Paraná, que lo distingue de los demás núcleos urbanos del país:su calidad arquitectónica y su compacto y diverso casco urbano.
Es precisamente ese rostro oculto el que seduce, por encima de cualquier otro, a quien llega a una ciudad con ojos de viajero. El lenguaje propio de cada edificio o espacio verde, el modo en que éstos interactúan y las reglas de convivencia que los habitantes pactan con su ciudad construyen un paisaje, una dinámica de vida y un clima tan indefinibles como identificatorios.
Rosario tiene la medida necesaria de esa alquimia. Recorrerla como despreocupado e inquieto flanneur durante las tardes, peregrinar de noche por restaurantes, bares, cines y paseos, y gozar de las playas que bordean el río en los momentos de sol fuerte es una fórmula que sólo aprovecha la población estable. Pero Rosario es también, y sobre todo, para los que conciben los viajes como experiencias íntimas, como formas de descubrirse a través de lugares irrepetibles y todavía intactos.
El Monumento a la Bandera es casi el único referente que los forasteros tienen de la ciudad. Un cliché que siempre se vuelve a visitar con gusto y desde donde puede iniciarse un recorrido por la zona vertebral de la red urbana. El itinerario en forma de T abarca las calles Córdoba y Santa Fe -que suben paralelas desde el río y concentran la mayoría de los edificios emblemáticos del poder político, económico y social- y el bulevar Oroño desde Pellegrini hasta Wheelwright -a metros del río-, paseo de la aristocracia local que por largos tramos guarda mucho de su antiguo esplendor.
Un paseo por el siglo
Esas cerca de sesenta cuadras son la quintaesencia de la ciudad. La construcción de la zona acusa a lo largo del siglo las modas aceptadas primero en Buenos Aires, que la poderosa burguesía rosarina de fines del XIX y principios del XX adopta para sus residencias, locales comerciales, tiendas y edificios de oficinas.
La arquitectura italianizante, la recuperación de numerosos estilos históricos propia del eclecticismo -representado, entre otros, por la Bolsa de Comercio y el palacio de La Inmobiliaria, en sendas esquinas de Córdoba y Corrientes, y por el Palacio Fuentes, en Santa Fe y Sarmiento-, el Art Nouveau, el Déco -con su máximo exponente en el Palacio Minetti (1925/6), de Gerbino y Schwarz; y el Gilardoni (1928), entre el Minetti y la Bolsa, de Ermete De Lorenzi-, el racionalismo -audaz en la esquina de Córdoba y Oroño, también obra de De Lorenzi- y las tendencias y estilos personales posteriores a la década del cuarenta fueron proyectados, sucesivamente, por arquitectos e ingenieros inmigrantes, por algunos porteños y, sobre todo a partir de los años 20, por talentosos rosarinos.
Hoy, la mayoría de los edificios llevan la firma de autores locales, pero también es frecuente que se convoque a figuras extranjeras. Es el caso del maestro portugués Alvaro Siza, al que se le encargó el diseño del Centro Municipal Distrito Sur (todavía no construido) o del reconocido estudio español Martorell, Bohigas y Mackey, que ideó el Complejo Cultural Parque de España. El edificio, una conjunción de suaves colinas de ladrillo visto a orillas del Paraná, escalinatas, cipreses y frescos túneles con reminiscencias de convento, fue inaugurado en 1992.
Las curvas y contracurvas del río van recortando el perfil de la ciudad de tal modo que crean múltiples perspectivas. A una cuadra del Monumento a la Bandera, en el cruce de las calles Rioja y 1º de Mayo, tres edificios elevados sobre un declive no muy pronunciado de la vieja barranca conforman uno de los más destacados conjuntos de arquitectura rosarina contemporánea. El Copacabana, en el centro del trío, fue proyectado por Pergomet y Kanter en 1961 e inspirado en la arquitectura del gran Mies van der Rohe. La repetición estratégicamente distribuida de unos pocos módulos -los de los balcones de color, salientes, y los de los aventanamientos de piso a techo de persianas metálicas, planos- crean una fachada rítmica que recuerda, aunque en forma lejana, a las pinturas de Mondrian.
Unas cuantas cuadras río arriba, en Wheelwright y Corrientes, avanza como una proa en tierra el edificio Guernica, obra de 1960 de Picasso y Fernández Díaz. La fachada sobre Jujuy ofrece una gran masa ondulada que hace pensar en el movimiento cansino de las aguas del Paraná. Y con nostalgia del río se levanta también, en Córdoba al 1800, la filial II del Banco Israelita, diseñada por Augusto Pantarotto en 1992. Caminando desde aquí hacia Oroño, en el cruce con la calle Moreno, una casona déco de De Lorenzi, convertida en bar temático, es un espacio ideal para hacer un alto en el camino y tomar un trago en la amplia terraza llena de mesas y sombrillas.
En el noroeste de Rosario, los arbolados y serenos barrios Fisherton R y Alberdi acumulan residencias de las clases acomodadas. Al sur, en cambio, quedan numerosos ejemplos de casonas solariegas de lo que fue, antes del éxodo a la zona opuesta de la ciudad, el sector de descanso de esa aristocracia. Aunque el barrio está bastante alejado del centro y muestra signos claros de abandono, merece ser caminado. En sus calles desiertas aparecen de tanto en tanto las antiguas residencias veraniegas rodeadas de jardines. En esta época, además, la caminata sigue la cadencia de siesta que impone el chirrido metálico de las chicharras.
Todo Rosario es una invitación a caminar inventando circuitos sobre la marcha. El azar es la mejor guía porque, infaliblemente, un hallazgo sobreviene en el lugar menos esperado.
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